HUGO Céret, Pirineo francés, enero de 1939
E l sol comenzaba a despuntar en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados.
A pesar del cansancio, aquella visión nos llenó de una energía renovada.
Algo somnoliento, me froté los ojos y miré a Pablo con una mezcla de curiosidad y determinación.
Entre la nieve, sobre aquella manta empapada y debajo de otra, arropados en nuestros abrigos también empapados.
—¿Cuánto falta para llegar a Céret? —pregunté, con la voz más fuerte ahora que el día comenzaba.
—No mucho, solo unas horas más —respondió, tratando de sonar optimista.
Sabía que el camino sería arduo, pero cada paso nos acercaba más a la libertad.
—No tienes ni idea, ¿no? —le pregunté con una sonrisa sincera.
—Exactamente.
Y empezamos a reírnos. Allí, en medio de la nieve y la nada más absoluta, había motivos para reírnos.
La risa brotó de lo más profundo, como un torrente que rompe una presa.
Era una risa liberadora, una válvula de escape para el estrés y la tensión acumulados.
En ese momento, la risa nos recordó que, a pesar de todo, seguíamos siendo humanos.
Nos conectó, nos hizo sentir vivos y unidos en nuestra lucha.
La ironía de nuestra situación también tenía su parte cómica. Perdidos en medio del Pirineo, empapados y sin un plan claro, la absurda realidad de nuestra travesía nos arrancó carcajadas. Era como si, al reírnos, estuviéramos desafiando a la adversidad, afirmando que no nos había derrotado.
Cada risa era un acto de resistencia, una chispa de esperanza que iluminaba nuestro camino.
A pesar de no saber exactamente dónde estábamos o cuánto faltaba para llegar a nuestro destino, nos dio la fuerza para seguir adelante.
En medio de la guerra y la incertidumbre, encontramos un momento de luz y humanidad en nuestra risa compartida.
Caminamos toda la mañana en silencio, mientras arrancábamos unas migas al poco pan que teníamos y buscábamos, a la desesperada, algún matojo que creciera rebelde entre el frío para comerlo; escuchando el crujido de la nieve bajo nuestros pies y el canto de los pájaros que despertaban con el amanecer.
Finalmente, después de lo que parecieron horas interminables, divisamos las primeras casas de Céret.
Un suspiro de alivio escapó de mis labios y sentí que una carga se aligeraba de mis hombros.
Pablo sonrió y después, sin previo aviso, se puso a llorar.
Por primera vez en días, vi un destello de esperanza en sus ojos y, cuando me acerqué a él, lo sentí fuerte, decidido, con ganas.
—Lo logramos —dije, más para mí mismo que para él.
Pero sabía que este era solo el comienzo. Aún quedaba mucho por hacer, muchos obstáculos que superar. Pero, por ahora, estábamos a salvo. Habíamos cruzado la frontera. Y eso era todo lo que importaba.
Desde que nos habíamos despertado, ya no nevaba, pero las afueras del pintoresco Céret, enclavado en los Pirineos Orientales, ofrecían un paisaje bucólico y sereno, donde la naturaleza y la historia se entrelazaban en un abrazo eterno.
Los caminos polvorientos, llenos de nieve, serpenteaban entre campos de cerezos sin flor, cuyas ramas cargadas de copos blancos se mecían suavemente con la brisa.
El aire estaba impregnado del fresco perfume de los pinos, ocultos bajo el frío y el susurro lejano del río Tech, que corría cristalino entre las rocas.
A lo lejos, las montañas del Canigó se alzaban majestuosas, con el brillo de sus cumbres nevadas bajo el sol del mediodía.
Las colinas circundantes estaban salpicadas de viñedos y olivares, donde los campesinos trabajaban diligentemente, mientras sus voces y risas resonaban en el aire tranquilo.
Las casas de piedra, con sus tejados de tejas rojas, se agrupaban en pequeños caseríos, cada uno con su propio huerto y jardín, sin vidas silvestres por el frío de enero.
Allí no había guerra, ni barbarie, aunque sí que llegaba el eco de los temores que azotaban a nuestra vieja España. Abracé a Pablo y él apoyó su cabeza sobre mi hombro, mientras lloraba y reía a la vez, y sentía alivio y miedo, y temblaba y quería gritar. Era una mezcla de todo.
Allí, en aquel rincón de paz, ese rincón exquisito, lejos del estruendo de las bombas y el silbido de las balas, nos sentíamos como náufragos que, tras una tormenta feroz, habían encontrado una isla desierta.
La guerra había quedado atrás, pero sus sombras seguían persiguiéndonos.
Cada ruido nos hacía dar un respingo, cada sombra nos parecía una amenaza.
Pablo, con los ojos aún húmedos, me miró y dijo:
—¿Crees que algún día podremos olvidar todo esto?
No supe qué responder. Solo me eché a llorar yo también y me senté en el suelo, exhausto como estaba. Allí nos estaba permitido llorar. O no, no me importaba. Allí, después de todo lo vivido, los hombres lloraban.
La guerra nos había marcado de una manera que ni el tiempo podría borrar. Habíamos dejado atrás nuestras casas, nuestras vidas, y a muchos de nuestros seres queridos. Pero, al mismo tiempo, habíamos encontrado una nueva fuerza, una resiliencia que nunca supimos que teníamos.
La huida no solo fue física, sino también emocional.
Cada paso que dábamos nos alejaba de la destrucción, pero también nos acercaba a un futuro incierto.
Sin embargo, en ese momento, abrazados y compartiendo nuestras lágrimas y risas, sentí que, a pesar de todo, había esperanza.
La guerra nos había arrebatado mucho, pero no había podido destruir nuestra humanidad.
Fuimos a buscar al cabrero, que nos habían indicado que nos llevaría a Perpiñán por un precio justo cuando fuese a llevar la leche a los establecimientos.
No nos costó encontrarlo, era el único que estaba por el pueblo aprovechando los rayos de sol antes de que volviera a nevar, paseando al ganado, con todo el paisaje nevado a su alrededor.
Pablo sacó unos billetes, pero le dijo que no con la mano.
Era dinero republicano y la guerra, a ojos de Europa, estaba perdida.
Pronto, aquello no sería más que papel mojado e inservible a ojos de cualquiera.
El mundo tenía la mirada puesta en España.
Tuve que sacar el sobre que Carme me había dado y ofrecerle unos pendientes de oro por el trayecto.
El cabrero los observó con detenimiento, sopesándolos en su mano, pensando mientras observaba las piedras que llevaban incrustadas.
Finalmente, asintió con la cabeza y guardó los pendientes en el bolsillo.
Nos indicó que subiéramos al carro, donde ya había varios bidones de leche listos para el viaje.
Nos habían dicho que nos llevaría en furgoneta, pero no pusimos ningún inconveniente.
Queríamos alejarnos al máximo de la frontera.
Subí al carro y le tendí la mano a Pablo para que subiese. Nos pusimos al fondo, uno a cada lateral.
El trayecto hacia Perpiñán transcurría en un silencio tenso, solo interrumpido por el crujido de las ruedas del carro sobre la nieve y el ocasional balido de las cabras.
A medida que avanzábamos, el paisaje nevado se extendía hasta donde alcanzaba la vista, creando una atmósfera casi irreal.
De repente, a lo lejos, divisamos una patrulla de guardias que se acercaba lentamente.
El cabrero frunció el ceño y nos lanzó una mirada de advertencia girándose hacia nosotros desde su posición de conductor.
—No digáis nada innecesario —murmuró, mientras el carro se detenía.
Los guardias se acercaron con paso firme, sus uniformes oscuros contrastando con el paisaje nevado. Uno de ellos, con una expresión severa, nos hizo una señal para que bajáramos del carro.
—Pasaportes —pidió, extendiendo la mano.
Pablo y yo intercambiamos una mirada rápida. Sabíamos que nuestros documentos eran falsos, y cualquier error podría delatarnos. Con manos temblorosas, saqué mi pasaporte y se lo entregué. Pablo hizo lo mismo, tratando de mantener la calma.
El guardia examinó los pasaportes con detenimiento, observando los documentos y nuestros rostros alternativamente.
El silencio se volvió insoportable, cada segundo parecía una eternidad.
Sentí cómo el sudor frío recorría mi espalda, y noté que Pablo apretaba los puños, tratando de controlar el temblor en sus manos.
—¿De dónde venís? —preguntó el guardia con un tono lleno de sospecha.
—De un pequeño pueblo al sur —respondí, tratando de sonar convincente—. Estamos de paso hacia Perpiñán.
El guardia asintió lentamente, pero no parecía convencido. Justo cuando pensé que todo estaba perdido, el cabrero intervino.
—Son amigos míos —dijo con firmeza—. Les estoy llevando a la ciudad. No hay nada de qué preocuparse. Llevan en Francia desde antes de que empezara la guerra. Trabajan allí, conmigo, me ayudan con el ganado.
El guardia dudó un momento más, pero finalmente nos devolvió los pasaportes y nos permitió continuar.
Subimos al carro de nuevo, con el corazón aún latiendo con fuerza.
Sentí un nudo en el estómago y mis manos seguían temblando ligeramente.
Pablo, a mi lado, soltó un suspiro de alivio y se pasó una mano por el rostro, tratando de calmarse.
El cabrero nos lanzó una mirada de alivio y continuamos nuestro camino, sabiendo que habíamos estado a un paso de ser descubiertos.
Huíamos. No podíamos mirar atrás. Volver no era posible, solo buscar un futuro. Quizás un futuro en el que pasar media vida huyendo y, otra media, con miedo, pero no podíamos volver.
Cuando al mirar hacia atrás solo tienes recuerdos difusos, la búsqueda de un futuro alentador es lo que te hace seguir adelante.
A pesar del frío, que era inhumano; a pesar del hambre, que rugía como un león en el estómago; a pesar de todo aquello, la silueta de Perpiñán se dibujaba frente a nosotros.
Miré a Pablo y le extendí mi mano, congelada, por el suelo del carro. Me la tomó, sin dudarlo. Sentí cómo su frío calentaba el mío. Sus dedos, congelados, transmitían algo de calor a los míos y me quemaban.
Aquello era aceptar que ni pasado ni futuro pudiesen decidir una vida honesta. ¿Aquello era amor? Solo si lo probaba lo sabría. Con sus manos frías, que me calentaban tanto que me ardían.