PABLO París, agosto de 1939
N os habíamos instalado en un pequeño apartamento en Montmartre, donde él pudo retomar su pintura y yo, yo al final, encontré trabajo en una librería.
No hablaba mucho francés, a Hugo se le daba mejor eso de los idiomas, pero iba aprendiendo alguna palabra.
Lo básico para encolar libros, reparar lomos y vender lo que los clientes pedían.
Cada día era una nueva aventura, una nueva oportunidad para construir nuestra vida juntos.
Días después de marcharnos de Barcelona, los nacionales la habían tomado.
¿Estarían bien los nuestros? ¿Qué habría pasado con mi familia, judíos, en un régimen autoritario como el franquista?
¿Habría sobrevivido Carme, tan roja como era, a la toma de Barcelona?
Todo aquello me rondaba la cabeza, así como muchas otras cosas a las que tenía que hacer frente en mi vida diaria.
En los boletines de noticias franceses, se hablaba de la instauración de la dictadura franquista.
Las imágenes en blanco y negro mostraban a Franco en su uniforme militar, rodeado de sus seguidores.
Las palabras «orden» y «disciplina» resonaban en cada discurso, mientras las libertades que una vez se dieron por sentadas se desvanecían como el humo de las chimeneas en las noches frías de esas casas con pan que había prometido.
Los meses pasaron y el verano llegó, trayendo consigo un calor sofocante que parecía intensificar el ambiente de tensión y vigilancia que se respiraba en París.
En las noticias, se mencionaban las purgas y las represalias contra aquellos que habían apoyado al bando republicano.
Las cárceles se llenaban y las ejecuciones se convirtieron en un oscuro recordatorio de que la guerra podía haber terminado, pero la lucha por el control y la venganza apenas había comenzado.
Y yo, al igual que creo que le pasaba a Hugo, por más que lo intentara disimular con su plácida sonrisa y los días que pasaba entre sus lienzos, sentía una mezcla de impotencia y tristeza.
Había desaparecido de la faz de la Tierra, pero en esa desaparición me había encontrado con una aparente tranquilidad en el corazón de París.
Una tranquilidad mía, una suya y una que era mutua.
La encontraba cada mañana cuando le besaba el cuello y veía que se sonreía, y se le marcaban los hoyuelos bajo aquella barba que quería aparentar descuido, pero que todos sabíamos que se perfilaba cada mañana; cuando lo tenía encima y yo estaba abajo o cuando él estaba abajo y yo encima y una mano suya me reptaba por la espalda; o cuando los besos sabían a croissant en el desayuno.
Las noticias hablaban de una España que se reconstruía lentamente, como hacíamos nosotros desde lejos, pero también de una nación dividida, no como nosotros, que nos sentíamos más unidos que nunca.
En España, sin embargo, la desconfianza y el miedo eran compañeros constantes.
Y también lo eran en Europa, pero, a pesar de todo lo que habíamos dejado atrás, sabíamos que habíamos encontrado algo invaluable: la libertad y el amor.
Y eso, en medio de todo el caos y la incertidumbre, era lo que realmente importaba.
Casi todas las mañanas eran iguales. Dejaba el periódico que Hugo me había traído en su viaje a comprar el pan sobre la mesa de la cocina, junto con la taza de café.
El apartamento era feo, estaba en una buhardilla cochambrosa y todo se caía a trozos.
Las paredes, cubiertas de manchas de humedad, parecían susurrar historias de tiempos mejores.
El suelo de madera crujía con cada paso, y las ventanas, apenas sostenidas por marcos corroídos, dejaban entrar el frío viento de la ciudad y los calores del verano.
Habíamos encontrado refugio en ese lugar gracias a la ayuda de Sira y Marta.
Ellas vivían a un par de calles y conocían bien los peligros y las dificultades del exilio.
Sira, con su carácter decidido, había negociado con el casero para conseguir un alquiler asequible, mientras que Marta, siempre práctica, se encargaba de llevar los pagos al casero para que, así, llamáramos la atención lo menos posible.
A nadie le interesaba por qué habíamos llegado a París y, mucho menos, de dónde veníamos.
El tren desde Perpiñán llegó a la estación de Lyon en París en una fría mañana de finales de enero.
Hugo y yo, demacrados por el largo y agotador viaje, descendimos del tren con pasos vacilantes.
Nuestros rostros reflejaban el cansancio y la incertidumbre, pero también una chispa de esperanza al saber que pronto nos reencontraríamos con Sira y Marta.
Poder reconocer dos rostros tras todos los que habíamos tenido que superar, engañar y comprar hasta llegar allí era como un remanso de paz en mitad del caos.
Nos dirigimos a Montmartre. Las calles empedradas y las luces tenues de los faroles nos guiaban hacia la casa de nuestras amigas. Lo único que teníamos para encontrarlas era el remitente de una de las cartas que habían llegado a Barcelona tras su marcha.
Al llegar, tocamos la puerta con nerviosismo, pero no hubo respuesta.
Decidimos esperar en aquel rellano solitario.
Exhaustos, nos dejamos caer en el suelo, esperando.
Durante horas. Hasta que la puerta se abrió de golpe.
Sira y Marta entraron, con la misma mezcla de sorpresa y alivio reflejada en sus rostros.
—¡Hugo! ¡No puedo creer que seas tú! —gritó Sira mientras dejaba caer lo que llevaba entre las manos en el suelo.
—¡Estáis aquí! Después de todo este tiempo… ¿Cómo habéis llegado? —nos preguntó Marta, con los ojos abiertos como platos. Como si hubiera visto a dos fantasmas.
—Ha sido una larga historia —añadió Hugo con los ojos llenos de lágrimas, mientras me miraba.
—No sabéis cuánto os hemos echado de menos.
Sira y Marta, con su amor y apoyo incondicionales, nos ofrecieron un refugio no solo físico, sino también emocional.
En medio de la oscuridad de la guerra y el exilio, encontramos en nuestras amigas una fuente de fortaleza y esperanza.
Las noches en el apartamento se convirtieron en momentos de compartir historias, sueños y planes para un futuro mejor, unidos por la solidaridad y el cariño que nos mantenían a flote.
Y nosotros nos fuimos recuperando, poco a poco, de las heridas de la guerra.
Sabíamos que el conflicto había acabado en una derrota para los nuestros, pero, al final, todo aquello sonaba muy lejano.
Demasiado lejano. Diría que casi difuso.
Y las noches en París se llenaron de una mezcla de melancolía y esperanza.
Sira y Marta nos presentaron a un grupo de artistas surrealistas que frecuentaban los cafés de Montmartre y, entre ellos, el café y el olor a cigarrillo que lo impregnaba todo, conocimos a figuras cuyas ideas y obras nos ofrecían un escape temporal de nuestras propias realidades.
Cada encuentro era una ventana a un mundo nuevo, lleno de creatividad y rebeldía; todo estaba permitido allí, pero, aun así, el clima en París estaba enrarecido.
Las conversaciones en los cafés a menudo derivaban hacia la política y los rumores de un nuevo conflicto que se avecinaba mientras Alemania extendía su sombra sobre Europa.
Las nubes de la guerra nunca estaban demasiado lejos. No para nosotros, que veníamos de una.
Poco a poco, nos convertimos en parroquianos del Café de Flore, o de sitios anónimos donde sabíamos que íbamos a encontrar aquellos amigos que fuimos haciendo.
Una noche, mientras caminábamos de regreso a nuestro pequeño apartamento, vi como las luces de la ciudad se reflejaban en sus ojos color caramelo y, por un momento, me p ermití soñar con un futuro juntos, lejos de las sombras del pasado.
Pero la realidad siempre encontraba la manera de infiltrarse en esos momentos de paz.
—Pablo, ¿crees que alguna vez hallaremos la paz? —me preguntó Hugo, su voz apenas un susurro.
Iba apoyado sobre mi hombro. Aquello nunca lo hubiéramos hecho en Barcelona, pero en París era diferente.
Aquí podíamos amarnos libremente, sin el temor constante de ser descubiertos o juzgados.
No vivíamos libres, nunca lo fuimos, pero las calles de Montmartre se convirtieron en nuestro refugio, un lugar donde podíamos ser nosotros mismos.
—Nunca pensé que encontraría un lugar donde pudiera ser yo mismo —dijo con un hilo de voz.
—París tiene esa magia —respondí, acariciando su mejilla—. Aquí podemos ser libres.
—No lo sé, Pablo, Europa está muy nerviosa. No sé en qué va a derivar todo esto —me contestó, tomándome de la mano—. No puede estallar otra guerra.
Vi cómo se separaba de mi hombro y me miraba a los ojos. Sentí su preocupación, su miedo. Vi bajo los kilos que había conseguido ganar en París a ese chico delgado cuyos huesos bailaban bajo la ropa, asustado, sin saber a dónde ir. Y no pude contestarle.
Apretó mi mano con fuerza, como si temiera que, si la soltaba, pudiera desvanecerse en el aire. Yo quise decirle algo, asegurarle que todo estaría bien, que la guerra había terminado y que nada como aquello volvería a suceder. Pero no podía mentirle. No después de todo lo que habíamos visto.
—Tal vez no estalle otra guerra —repuse al fin, tratando de infundirle algo de esperanza—. Tal vez ahora aprendamos.
Él soltó una risa breve, seca, como si dudara de que el mundo pudiera realmente aprender de sus errores. Luego apoyó la frente en mi hombro y suspiró.
—Solo quiero vivir, Pablo. No quiero volver a escondernos. Me gusta dormir desnudo a tu lado, sin los zapatos puestos por si hay que salir corriendo.
Lo abracé. No tenía palabras para aquello.