La última frontera HUGO Barcelona, enero de 1939 #3
11%

HUGO Barcelona, enero de 1939 #3

Todos sabíamos que estábamos muertos de miedo, demasiado para dos personas tan jóvenes como nosotros y demasiado para ella también, tan mayor como estaba. Si la guerra la había rematado, el hambre la había masacrado. Bebía sin parar aquella sopa que no sabía más que a agua caliente.

—Necesitamos documentos falsos. —Pablo rompió el silencio—. Conozco a alguien que podría ayudarnos, pero es arriesgado.

—Eso ya está hecho.

Carme se acercó a la mesa y dejó caer un sobre grueso frente a Pablo.

—Aquí están los documentos —dijo con voz firme—. Pasaportes, identificaciones, todo lo que necesitáis para cruzar la frontera sin levantar sospechas. Falta añadir tu foto. No tenía una como la de Hugo. Van pegadas.

Pablo tomó el sobre y lo abrió con manos temblorosas. Dentro, encontró dos pasaportes con nombres falsos. También había permisos de trabajo y cartas de recomendación, todo perfectamente falsificado.

—¿Cómo conseguiste esto tan rápido? —preguntó Pablo, impresionado—. Además, no sabías que me iba a ir con Hugo.

Carme sonrió con un aire de misterio.

—Martí tiene sus contactos. No pregunté muchos detalles, pero parece que esta persona tiene experiencia en ayudar a gente en situaciones como la nuestra.

Y soy vieja, pero no tonta. Sabía que te ibas con él.

Es importante que tiréis vuestros documentos cuanto antes.

Deshaceos de ellos. Esas personas ya no existen.

Rompedlos y tiradlos. O coméroslos, yo qué sé… Lo que consideréis más seguro.

Yo, que había estado escuchando en silencio, me acerqué y tomé uno de los pasaportes. Lo examiné detenidamente antes de mirar a Carme.

—¿Es seguro? —pregunté con preocupación.

—Tan seguro como puede ser en estos tiempos —respondió Carme—. Pero no tenemos otra opción. Tenéis que salir de aquí antes de que sea demasiado tarde.

Pablo asintió, sabiendo que Carme tenía razón. La guerra civil había convertido nuestro hogar en un lugar peligroso, y cada hora que pasábamos allí aumentaba el riesgo. A mí se me acababa el tiempo y a él eso, al final, lo mataba.

—Entonces, ¿cuál es el plan? —pregunté decidido.

Carme desplegó un mapa sobre la mesa y señaló una ruta.

—Saldréis antes del amanecer. Para cuando despunten los primeros rayos de la mañana, estaréis ya bien lejos de Barcelona.

Un chófer os llevará hasta los Pirineos.

Tomaréis caminos secundarios para evitar los puestos de control y preguntas innecesarias.

Las salidas por carretera están todas controladas, por lo que os tendrá que dejar en la senda que conecta con Francia y esté más lejos de los puestos.

Con suerte, llegaréis a la frontera en dos días.

Pablo y yo intercambiamos miradas, conscientes de los peligros que nos esperaban. Pero también sabíamos que era su única oportunidad de escapar y empezar una nueva vida.

—Entonces estamos listos —dijo Pablo finalmente, con determinación en su voz.

—No tenemos otra opción —respondí—. Si nos quedamos, tarde o temprano nos encontrarán.

Pasamos horas discutiendo cada detalle, como si nuestras vidas dependieran de ello, porque, en realidad, así era.

Desde cómo cruzar la frontera sin ser detectados, hasta cuál sería el primer pueblo que buscaríamos para refugiarnos, todo debía ser planificado al milímetro.

Cada paso, cada desvío en el camino, cada lugar donde podríamos escondernos, todo estaba en juego.

No había margen para el error; cualquier equivocación significaba el fin.

La ruta hasta París se dibujaba como una línea difusa en nuestras mentes, pero trazábamos un plan con la esperanza de que fuera nuestra salvación.

Sabíamos que las montañas supondrían un desafío, y que los controles militares no nos lo pondrían fácil.

Pero, con la guerra devorándolo todo a nuestro alrededor, no había otra opción. Escapar era lo único que nos quedaba.

Cuando llegó el momento, el silencio se apoderó de nosotros.

Las palabras ya habían sido dichas, los planes hechos, pero ahora el miedo se colaba por cada rincón de la habitación.

Nos miramos, intentando transmitirnos valor.

En nuestros ojos se leía la misma mezcla de miedo y determinación.

El nerviosismo nos consumía por dentro, y lo sentíamos como un peso en el pecho.

Pablo no paraba de temblar, sus manos agitadas se aferraban al abrigo como si fuera lo único que lo mantuviera en pie.

Quería decirle algo, cualquier cosa que lo calmara, pero yo mismo me sentía paralizado.

Mi mente corría a toda velocidad, pero mi cuerpo no respondía.

El miedo era tan grande que casi no podía moverme.

Sabía que no podía permitirme dudar en ese momento, pero la verdad es que no sabía qué hacer.

Todo lo que habíamos planeado, todo lo que habíamos discutido parecía tambalearse en ese instante.

Pero no podíamos echar marcha atrás. Con un último intercambio de miradas, tomamos aire y, aunque ambos estábamos aterrorizados, sabíamos que había llegado la hora de actuar.

—Lo haremos —dije, sintiendo una mezcla de miedo y esperanza—. Nos iremos de aquí y empezaremos una nueva vida en París.

Pablo asintió y, por un momento, el peso de la guerra pareció desvanecerse. Teníamos un plan y, lo más importante, nos teníamos el uno al otro.

Carme había empaquetado lo esencial y mientras ella se paseaba en silencio arriba y abajo del pasillo, llenando las bolsas, nosotros nos despedimos de los lugares que habíamos conocido toda nuestra vida.

Cada paso que dábamos nos acercaba más a la libertad, pero también aumentaba el riesgo.

Y llegó la hora de irnos. Con el corazón latiendo con fuerza, nos dirigimos a la puerta de la casa.

El viaje sería largo y peligroso, pero sabíamos que era nuestra única oportunidad.

—¿Estás listo? —pregunté, tomando la mano de Pablo.

—Sí —respondió, apretando la mía con fuerza—. Juntos podemos hacerlo.

Pablo se acercó a Carme y la abrazó. Como un nieto abraza a su abuela. Mi abuela se sonrió y lo acercó a su cuerpo, débil, pero apretándolo con fuerza contra ella. Hacía mucho que no la veía sonreír, aunque lo hacía con pena.

—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer tú? —le pregunté con los ojos llenos de lágrimas.

— Nen, el que he fet sempre : sobrevivir. Vivo sola y no busco remedio contra la soledad.

Me sonreí mientras empezaba a llorar. Era tan inevitable.

Carme se lanzó sobre mí y me abrazó, acariciándome suavemente el pelo antes de soltarme. Sus ojos reflejaban una mezcla de tristeza y determinación.

—No te preocupes por mí, nen —me dijo con una sonrisa forzada—. Lo importante es que estéis a salvo.

Asentí, aunque la preocupación no me abandonaba. Sabía que dejar a Carme atrás era una de las decisiones más difíciles que tendría que tomar.

—Prométeme que te cuidarás —dije con la voz quebrada.

Carme asintió lentamente.

—Lo prometo. Y ñas , que se me olvidaba darte esto.

Me dio otro sobre, lleno de pendientes, pulseras y colgantes de oro.

—Carme, no puedo aceptar esto.

—Claro que puedes. El dinero republicano no vale nada en Francia y, dentro de poco, aquí lo hará menos.

Eso es tu billete a París. Es lo que me queda por vender.

Tú lo necesitas más. Y la foto que nos hicimos los dos cuando dimos aquel paseo por la Barceloneta cuando llegaste, ¿te acuerdas?

Te la he guardado. Así te acordarás de mí en París.

—Volveré a por ti —le dije, mirándola a los ojos.

—Lo sé —respondió ella, con una sonrisa triste—. Ahora idos. Ya.

Me despedí de Carme con un abrazo largo y lleno de promesas. Aquello terminaría muy pronto y volvería a casa. Volvería a llamar «casa» a Barcelona muy pronto.

Mientras bajábamos por las escaleras, no podía dejar de pensar en Carme. En lo mayor que estaba, en lo débil, en lo que se quejaba siempre que le dolía la cadera y las migrañas; en que no le debía de quedar nada de dinero para sobrevivir. Cada paso que daba me alejaba más de ella.

—¿Crees que estará bien? —me preguntó Pablo, rompiendo el silencio.

Asentí con una falsa determinación.

—Sí, es fuerte. Siempre lo ha sido. Y volveremos pronto. Ya verás.

Pero la vida nos tenía su destino planeado.

El silencio volvió, denso, casi sagrado. Al cruzar la puerta del edificio modernista de la calle Aribau, fuera, Barcelona agonizaba, y entre nosotros dos quedaba suspendido el último gesto de un tiempo que ya se estaba desmoronando.