HUGO Barcelona, enero de 1939 #2
Al salir a la calle, el aire frío de la mañana de la ciudad me sorprendió con las diminutas gotas que caían, sin parar, sobre mí, mojándome a medida que corría calle abajo.
El rostro, el pelo despeinado que no había perdido el tiempo en arreglar, la camisa de algodón, el pantalón, todo iba empapándose mientras yo trataba de llegar a aquel edificio del Gótico.
Corría y corría, pero sentía que dentro de aquel sueño que estaba viviendo no me obedecían el corazón, ni las piernas, ni los brazos, ni la mente, que iba mucho más rápida de lo que lo hacían mis piernas, mis brazos, mi corazón.
Mil vueltas a la cabeza, mil cosas rondándome.
La ciudad estaba vacía, era demasiado pronto para que los pocos que quedaban en ella estuvieran despiertos.
A mi paso, solo encontraba a los escasos comerciantes que podían mantener abierto su establecimiento apilando lo poco que tenían en los mostradores, o sacando a la puerta lo que se les había puesto malo para que alguien con menos suerte que sus compradores tuviera algo que llevarse a la boca, o hablando con algún vecino con insomnio como yo; también me encontraba con patrullas de milicianos, que siempre iban de dos en dos, buscando pisos, entrando en ellos tras llamar a las puertas y, suponía, dando la misma noticia que me habían dado a mí.
Imaginaba todo. Mi mente no paraba de funcionar.
Imaginaba a sus madres llorando, a sus padres —si habían tenido la suerte de no ser enviados al frente anteriormente— conteniendo el llanto, a los hermanos y hermanas corriendo de aquí para allá si los tenían los llamados, buscando lo necesario para meterlo en los zurrones.
Y los imaginaba a ellos, con sus dos reacciones posibles.
Imaginaba a los decididos, que no valientes sino inconscientes, preparados para ir a luchar armados con su desconocimiento sobre el campo de batalla frente a los ejércitos profesionales de los nacionales y sus aliados; y a los prudentes, asustados, que irían, a sabiendas de que morirían allí porque no resistirían; y a los que quedarían como unos cobardes, como yo, a los traidores de la patria.
A ellos también, que estarían tratando de huir a la desesperada.
Imaginaba a sus madres, padres, abuelos y abuelas, moviendo cielo y tierra, como Carme, para sacarlos de Barcelona, pero también imaginaba a las familias que alentaban a sus hijos a marchar a aquel infierno «por la República».
La puerta del averno estaba allí, en el frente, entre muertes y soldados.
Entre unos y otros, entre fuego y disturbios.
Entre las ideas de unos y otros y nosotros, que éramos los que nos jugábamos la vida. Los peones.
—Más vales traidor que muerto, Hugo —me había dicho mi abuela antes de salir de casa de un portazo, y así lo creía yo también.
Llegué a la calle Aviñón empapado. Subí las escaleras hasta aquel último piso y, de pie frente a la puerta de madera, empecé a aporrearla mientras trataba de recuperar el aliento.
—¡Hugo! —exclamó Pablo al abrir la puerta con sorpresa—. ¡Estás empapado! Entra, entra.
Me agarró por la espalda con su mano y me empujó al interior de su estudio mientras cerraba la puerta. Estaba temblando, por frío y miedo, una mezcla curiosa de ambos.
Iba arreglado, preparado para irse a trabajar enfundado en su traje de invierno con rayas diplomáticas y su pelo moreno perfectamente peinado.
Me sentó en una silla y él lo hizo en otra frente a mí.
—¿Qué ha pasado? —me preguntó tratando de tranquilizarme mientras su mano rozaba la palma de la mía.
Sorbía los mocos que se me habían acumulado en la nariz. Seguía temblando, pero logré responderle en un tartamudeo:
—Que me han llamado a filas.
Su rostro se volvió serio, mucho más de lo que ya estaba, y su mano se fue soltando, poco a poco, de la mía mientras la mirada se le iba perdiendo entre las manchas de humedad que se habían ido formando en la pared.
—¿Y qué vas a hacer? Tú no puedes ir al frente. Aquello no es para ti.
No era para mí, claro que no, pero aquello no se lo merecía nadie.
—No voy a ir, Pablo —le respondí tratando de que volviera a centrar sus pupilas con las mías.
Se levantó de la silla y las perneras de sus pantalones, que habían dejado visibles los calcetines al sentarse, volvieron a caer sobre sus zapatos.
Fue moviéndose, lentamente y con la mirada perdida, por la habitación.
Iba y venía, en silencio, hasta que se posó sobre la única ventana que había, esa por la que un vez entraban los rayos que un día me habían dejado pintarlo en ese retrato que había arrumbado junto a muchos otros en un lado, y me preguntó:
—¿Y dónde vas a ir?
—Me voy de España. He pensado —tartamudeé—, bueno, Carme ha pensado en que me vaya a París. Sira y Marta están allí. Debimos de habernos ido con ellas.
—¿Está loca? ¡Te van a matar!
Pablo se quedó en silencio, mirando por la ventana como si buscara respuestas en el horizonte de nuestra Barcelona enmarañada entre nubes de tormenta.
Los tirantes que le ajustaban el pantalón a la cintura le apretaban la camisa en la zona de las escápulas, marcándoselas ligeramente bajo su camiseta interior.
Finalmente, se giró hacia mí, con los botones desabrochados hasta la mitad del pecho, enseñando el vello y la piel clara, casi transparente.
Tenía una mezcla de tristeza y determinación en los ojos.
—No puedo dejar que te vayas solo —dijo con voz firme—. Si te vas, yo también me voy contigo.
—¿Qué? ¡No puedes hacer eso! —exclamé, sintiendo una mezcla de alivio y preocupación—. Tu familia te necesita aquí.
—Y yo te necesito a ti —respondió, acercándose y tomándome las manos—. No puedo quedarme aquí sabiendo que estás en peligro. No quiero que te vayas solo con la idea de que no volvamos a vernos. París puede ser nuestra oportunidad de empezar de nuevo, lejos de esta guerra.
—Pablo… no puedes irte así.
—La guerra está perdida, Hugo. —Bajó la mirada—. No podemos quedarnos a esperar a que entren. Ya sabes lo que harán con los que estuvimos del lado republicano… Has visto lo que les hacen los nuestros a los que eran del otro bando. Desaparecen.
—No todo está perdido —repliqué, con la voz quebrada—. Barcelona aún resiste. Todavía hay quienes luchan.
—¿Luchar? —dijo con amargura—. ¿Con qué?
¿Con fusiles sin munición? ¿Con esperanzas rotas?
Mira alrededor, Hugo. La ciudad se muere de frío y de hambre.
Solo quedan los que no tienen a dónde ir.
Nosotros tenemos la oportunidad y yo estoy enamorado de ti.
Creo que esto es lo que la gente llama «amor». Y me quiero ir contigo.
—¿Y tus padres?
—Mis padres podrían entenderme, Hugo. Ellos también se casaron por amor. Vinieron a Barcelona por amor, por intentar criarnos libres, por formar una casa. Quizá la libertad desaparezca de Barcelona cuando entren, y yo no quiero tener mi casa sin ti.
Nos quedamos en silencio, mirándonos a los ojos, sintiendo el peso de la decisión que estábamos a punto de tomar mientras las gotas de lluvia golpeaban el cristal con fuerza.
Sabíamos que no sería fácil, pero también que no podíamos seguir viviendo con el miedo y la incertidumbre que la guerra nos había impuesto.
—Está bien —dije finalmente, apretando sus manos—. Nos iremos juntos. Pero tenemos que ser cuidadosos. No podemos permitirnos cometer errores.
Pablo asintió y, por primera vez en mucho tiempo, vi una chispa de esperanza en sus ojos. Éramos conscientes de que el camino sería difícil, pero mientras estuviéramos juntos sentía que podría enfrentarme a todo.
Esa noche, mientras el sonido lejano de los bombardeos resonaba en la ciudad, comenzamos a planear nuestra huida en casa con mi abuela. Sabíamos que no podíamos confiar en nadie más que en ella, así que cada detalle debía ser cuidadosamente pensado entre los tres.
—No se lo puedes decir a tus padres, Pablo. No puedes volver a casa. Yo se lo diré cuando sea seguro.
Pablo miró a Carme, al otro lado de la mesa de la cocina, mientras revolvía su sopa de agua caliente.
—No puedo irme así, Carme —respondió con la vista clavada en su plato—. Los voy a matar.
— Anem a vore, xiquet . Si no los matas tú, lo harán ellos, a hambre o lo que sea, si no te presentas en el frente. Porque hoy han venido a por Hugo, pero ¿cuánto crees que queda para que vayan a por ti? Es mejor que no sepan nada.
—¿Y cuando vayan a buscarme y no esté?
—Un desaparecido de guerra más. Será que no hay…
Pablo se quedó mirándola. Tenía todo muy bien atado, pero siguió retándola, tratando de buscar la fisura en su plan:
—¿Y Hugo? Porque van a venir a preguntar. ¿Dónde estará Hugo?
—Hugo estará muerto —respondió tajante Carme.
La miré y después crucé la mirada con Pablo. El corazón empezó a latirme muy rápido, como si fuese a pararse en cualquier momento. Parecía que lo tenía todo controlado y yo, a cada paso que mi abuela iba dando sobre el tablero, parecía que iba a perder el control.
— Ai, collons , no me miréis así —añadió Carme con su acento catalán—.
Muerto, sí. Hay muertos todos los días. A montones.
Tifus, o el hambre. Mi amigo, el doctor Llor, me traerá esta misma noche el acta de defunción de Hugo.
Esta vieja lo ha tenido que vender todo, pero aún le quedan buenos amigos que la salven.
El reloj en la pared marcaba cada segundo con un tictac que parecía resonar en toda la habitación. Afuera, la lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas, una melodía melancólica que acompañaba nuestro mutismo.
La tensión en el aire era palpable, como si una sola palabra pudiera hacer que todo se desmoronara y, sin embargo, en ese silencio incómodo había una verdad que todos conocíamos pero que ninguno se atrevía a pronunciar.