La última frontera HUGO Barcelona, enero de 1939
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HUGO Barcelona, enero de 1939

S onó el timbre. Me despertó de mi sueño. Era la primera noche en muchos meses que nadie me despertaba: ni las sirenas, ni un ruido lejano, ni tan siquiera yo con las palpitaciones que se habían apoderado de mi corazón.

Me despertó el timbre, pero vi pasar a Carme corriendo como lo hacía: con su delgadez extrema y arrastrando sus manoletinas de estar por casa hacia la puerta principal.

Escuché el ruido de la puerta, dos hombres y una conversación con mi abuela. «Gracias, gracias. Sí, sí. Adeu, adeu », y después cerrar la puerta y echar el cerrojo. Poco a poco, sentí que las manoletinas volvían a acercarse a mí.

— Nen , despierta —dijo Carme mientras corría hacia la persiana para abrirla de un manotazo.

La luz de la calle entraba en la habitación. Era una luz de enero. Una luz de una mañana de enero en Barcelona. Los rayos del sol se filtraban a través de las cortinas, dibujando patrones dorados en el suelo de mármol. Me desperté, tratando de abrir los ojos entre la neblina del sueño.

Carme estaba nerviosa, daba vueltas sin parar por la habitación. Iba y volvía y deshacía lo andado para volver a recorrerlo. De repente, abrió el armario y empezó a meter ropa dentro de una mochila.

—¿Me vas a decir qué pasa? —le pregunté mientras me incorporaba en la cama.

—Que te han llamado a filas.

En ese momento, me quedé callado. La noticia me golpeó como un mazazo. Carme seguía metiendo ropa en la mochila, sus manos temblaban ligeramente. Me levanté de la cama y me acerqué a ella, intentando procesar lo que acababa de escuchar.

—¿Cuándo? —pregunté, tratando de mantener la calma.

Me senté en el borde de la cama, sintiendo el peso de la situación. La habitación, que momentos antes parecía tan tranquila, ahora se sentía opresiva. Finalmente, Carme se detuvo y se volvió hacia mí, sus ojos llenos de preocupación.

—No quiero que te vayas —susurró.

Me levanté y la abracé, sintiendo su cuerpo tembloroso contra el mío. No sabía qué decir para consolarla, porque a mí también me invadían el miedo y la incertidumbre. Pero, en ese momento, lo único que importaba era estar juntos.

Carme se apartó de mi abrazo y me miró con determinación.

—No podemos dejar que te lleven —dijo con su voz firme—. No eres un soldado, Hugo. Eres un artista. No sobrevivirías en el frente.

Me quedé en silencio, asimilando sus palabras.

Carme comenzó a caminar de un lado a otro, su mente sin duda trabajando a toda velocidad.

Era rápida a pesar de su edad y audaz en tomar decisiones.

Movía los hilos en Barcelona, conocía a todo el mundo, aunque la guerra la había arrastrado a la ruina. Sabía de dónde tirar y de dónde no.

—Tengo una idea —dijo, finalmente—. Conozco a alguien que puede ayudarte a salir de la ciudad. Un amigo de la familia que tiene contactos en la Resistencia. Podríamos conseguirte un pasaje seguro fuera de Barcelona.

—Y, luego, ¿qué? —pregunté, sintiendo una mezcla de esperanza y miedo.

—Luego te vas con tus amigas a París. Tienes la dirección de Marta y Sira, te escribieron hace poco.

Nadie te buscará allí. Tu sitio es París, Hugo .

Tuets un artista. Barcelona caerá en manos dels fills de putes estos en qualsevol moment.

Podrás seguir pintando, nen , escribiendo, haciendo lo que amas, hasta que todo esto termine.

La idea de escapar me llenó de alivio, pero también de preocupación por Carme.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿Qué harás tú?

—Me quedaré aquí y haré todo lo posible para mantenerte a salvo. No te preocupes por mí, Hugo. Lo más importante es que estés a salvo. Se lo prometí a tu madre y lo voy a cumplir.

En otoño de 1935, España vivía momentos de gran agitación y tensión política. La Segunda República, instaurada en 1931, atravesaba una de sus etapas más convulsas.

El 19 de septiembre de 1935, había estallado el escándalo del estraperlo, un caso de corrupción que sacudió los cimientos del gobierno.

En las ciudades, la gente se enfrentaba a una creciente polarización política.

Las discusiones sobre el gobierno y los escándalos de corrupción eran comunes en los cafés y plazas.

Las manifestaciones y huelgas se volvieron más frecuentes, lo que a menudo resultaba en enfrentamientos con la policía.

La tensión era tal que muchas personas temían por su seguridad y la de sus familias, y mi madre, al final, también lo había hecho por mí.

Temía por su hijo, el artista, que creía en el arte y la libertad que le había inculcado en una casa acomodada y que, en Oviedo, aquello cada vez era más complicado.

La situación era tensa y cargada de recuerdos recientes de la Revolución de Asturias de 1934.

Aunque la insurrección había sido sofocada, las secuelas seguían presentes en la vida cotidiana de la ciudad.

Los mineros y trabajadores de la región, liderados por socialistas, comunistas y anarquistas, tomaron las armas y se enfrentaron al ejército en una lucha feroz.

Oviedo fue uno de los principales escenarios de este conflicto, con combates calle a calle y una represión brutal por parte del gobierno.

Para septiembre y octubre de 1935, Oviedo aún se recuperaba de los estragos de la revolución.

La ciudad estaba marcada por la destrucción y la represión.

Muchas familias habían perdido a seres queridos y la desconfianza hacia el gobierno central era palpable.

La economía local también sufría, con muchas minas y fábricas cerradas o funcionando a medio gas debido a los daños y la falta de inversión.

Una mezcla de miedo y esperanza impregnaba la vida cotidiana en Oviedo.

Miedo a nuevas represalias y a la inestabilidad política, pero también esperanza de cambio y justicia social.

Las conversaciones en las tabernas y plazas giraban en torno a la política y las injusticias sufridas, y la solidaridad entre los trabajadores se mantenía fuerte.

Por eso mis padres me habían enviado a Barcelona. Para protegerme.

En un par de llamadas y cartas, mi abuela se había puesto al corriente de mi llegada y organizado todo en la universidad a través de unos conocidos y tirando de otros hilos que recordaba tener.

«Hazle caso a tu abuela, Hugo. Ella conoce Barcelona.

Y nos vemos pronto», me dijo mi madre despidiéndonos en la vía del tren.

Después estalló la guerra, cayó Oviedo, cesaron las comunicaciones…

y mi abuela se convirtió en la reina del estraperlo para que yo sobreviviera y pudiera estudiar.

Asentí a Carme, sabiendo que no tenía otra opción para salvar mi vida que irme lejos.

Ella comenzó a hacer llamadas y a organizarlo todo con una eficiencia que me sorprendió.

En cuestión de horas, ya teníamos un plan en marcha.

Esa misma noche, con la mochila al hombro, me iría a París.

Solo quedaba un problema. Más que un problema era un amor, pero parecía que el amor no nos estaba permitido, escondidos siempre en aquel estudio de la calle Aviñón. ¿Qué pasaría con Pablo?

Me senté en el borde de la cama con la mirada perdida y sentí que Carme me observaba desde el armario mientras esperaba a que los contactos que había movido le dieran una respuesta.

—¿Qué pasa, nen ?

Negué con la cabeza, pero insistió en saber:

—¿Es por el xicot este?

Volví a negar con la cabeza mientras contenía la respiración.

—Va, nen , que no me la das. Sé lo que hay entre vosotros, esa mirada no puede fingirse ni esconderse. ¡ Això és amor!

—¿Cómo lo sabes? —pregunté abriendo los ojos como platos mientras empezaba a llorar.

— Home , Hugo, os tengo muy vistos —comenzó a decir acercándose a mí, con sus pasos lentos, arrastrando las manoletinas, hasta sentarse a mi lado en el límite de la cama—.

He tenido muchos amigos como vosotros, nen .

Carolo y Luccio, ¿te acuerdas de ellos? Los amigos de tus padres, con los que coincidí aquellas navidades en Oviedo, ¿recuerdas?

Eran pareja. Es natural. El amor no lo habéis inventado vosotros.

Y esta guerra de merda acabará y los tiempos están cambiando, pero, mientras, tienes que irte.

Y Pablo debería irse contigo. En París seréis libres y, cuando hayamos ganado la guerra, volveréis a Barcelona. Esto es cuestión de meses.

Y me dio la mano. Mi abuela me tendió la mano y yo apoyé mi cabeza sobre su hombro, que olía a hogar. Era una mezcla entre café y el jabón que usaba para lavarse el batín de andar por casa. Era el olor de lo que, a esas alturas, ya se había convertido en mi hogar.

—¿Crees que ganaremos la guerra? —le pregunté con angustia.

Ella me miró.

—Pues más nos vale, porque tú no tienes edad para entender lo que hacen los vencedores con los que han perdido.

Aquella mañana empezó a llover en Barcelona.

Enero nos saludaba así, con la distancia de la gente que formaba cuadrantes en las calles.

La lluvia se abatía sobre la ciudad, rápidamente, sin tiempo para pensar en qué estaba pasando realmente.

Caía sin cesar, precipitada y húmeda sobre el balcón de mi habitación.

—Y ahora ve a contárselo —fue lo último que dijo saliendo de la habitación— y yo me encargaré del resto.

Me vestí con lo primero que encontré. Una camisa blanca de la que dejé dos botones desabrochados y los puños de las mangas abiertos. Me puse unos pantalones de pinzas que tenía tirados por el suelo y los zapatos antes de salir corriendo por la puerta de casa.