PABLO Barcelona, diciembre de 1938
I ba cargado mientras bajaba por el Ensanche. Llevaba cuatro sillas, mi padre otras dos y mi hermano Kelim tres más. «Lo único: traeros sillas. Las hemos tenido que vender todas para comprar comida. Solo nos quedan dos», me había avisado Hugo cuando me invitó.
El frío se colaba por mi viejo abrigo de paño y el viento helado nos azotaba la cara mientras avanzábamos por las calles desiertas.
La ciudad, que antes bullía de vida, ahora era un paisaje desolado de edificios medio derruidos y escombros.
A lo lejos, se escuchaban los ecos de los bombardeos, recordándonos que la guerra no daba tregua ni siquiera en Navidad.
Al llegar a la casa de Hugo, nos recibió con una sonrisa cansada pero sincera.
—¡Pasad, pasad! El fuego está encendido y la comida casi lista —nos dijo mientras nos ayudaba a entrar las sillas.
Me saludó con un gesto de complicidad, mientras vi a mi madre y a Carme cruzar miradas.
No sabía qué significaba aquello, pero tampoco quería.
Deseaba que todo siguiese así. Un grupo de personas que se habían encontrado y decidían compartirse en un mundo en el que vivir ya no valía nada. Compartir lo poco que quedaba.
Dentro, el ambiente era cálido y acogedor, un contraste marcado con el exterior. No había muebles, solo una mesa de cocina que habían movido al centro del salón. Solo tres sillas en ella.
La chimenea crepitaba alegremente, y el aroma de la carne asada llenaba la habitación, mezclándose con el olor a pino del árbol de Navidad improvisado con ramas recogidas del parque.
—¿Dónde habéis conseguido toda esa leña? —le pregunté a Hugo.
—Carme lleva toda la tarde yendo al parque a por ella. Igual que el árbol de Navidad. Son del mismo sitio —me respondió entre risas.
Nos sentamos alrededor de la mesa, cada uno en su silla traída de casa y, por un momento, la guerra pareció un recuerdo lejano. Carme sirvió la comida con manos temblorosas y todos nos miramos, conscientes de la fragilidad de ese instante de paz.
—Brindem —dijo aquella mujer con el pelo blanco, perfectamente peinado y bajo su vestido aterciopelado, levantando su vaso de vino aguado.
Estaba tan delgada que podías ponerle una vela detrás y ver su interior—.
Por la familia, por los amigos, y por la esperanza de que el próximo año sea mejor. Collons, que açò acabarà, dic jo.
La cena transcurrió entre risas y recuerdos, cada uno compartiendo anécdotas de tiempos mejores. Carme, con su voz grave y pausada, nos contó cómo había conseguido la carne a través de un viejo amigo que aún tenía contactos en el mercado negro.
—No es molt , pero es suficiente para que esta noche sea especial —dijo, mirando a su nieto con ternura.
Mi hermano Kelim, siempre el más optimista, empezó a hablar de sus planes para el futuro.
—Cuando todo esto termine, quiero abrir una pequeña tienda de comestibles —anunció, con un brillo de esperanza en los ojos—. Un lugar donde la gente pueda encontrar todo lo que necesita, sin tener que preocuparse por la guerra o la escasez.
Mis hermanas comían y mi madre reía sin parar, como hacía meses que no la veía, tras cada ocurrencia de Carme.
Como si no estuviéramos en una guerra fratricida.
La conversación se desvió hacia los sueños y las aspiraciones de cada uno, los pasados y presentes, y, por un momento, todos nos permitimos imaginar un futuro sin conflicto.
Mi padre, que rara vez hablaba de sus sentimientos, confesó que lo único que deseaba era vernos a todos seguros y felices.
—No importa dónde estemos o qué tengamos, mientras estemos juntos —dijo, apretando la mano de mi madre.
De repente, empezaron a sonar las sirenas. No había tregua para nosotros. Por mucho que nos divirtiéramos, por mucho que tratáramos de celebrarnos, pero, si aquello no era el amor, en tiempos de guerra debía de asemejársele mucho.