HUGO Barcelona, diciembre de 1938
M e desperté ante un ruido en la calle. Era una sirena que iba a toda velocidad a un par de manzanas de donde estábamos. ¿Qué hora era?
Me giré y lo vi, allí tumbado, boca arriba. Tenía la respiración lenta del que duerme plácidamente. Hacía demasiado tiempo que aquello no me pasaba, siempre tenía un ojo abierto por si acaso. Ya no recordaba lo que era que me despertaran, sino solo el estar pendiente de que sonaran las sirenas.
Estábamos agotados, pero todavía nos quedaban fuerzas para querernos.
Habíamos pasado la tarde desnudos entre sus sábanas.
Besándonos. Sintiéndonos. Mis pómulos rozaban contra su barba, sus labios contra mi cuello.
Todo lo que al otro lado de aquellos metros cuadrados nos era permitido, pero no bien aceptado, allí pasaba por partida doble.
Casi todas las tardes hacíamos lo mismo, desde que nos habíamos atrevido a dar el paso.
Íbamos paseando desde la puerta de la universidad hasta su estudio de la calle Aviñón lentamente, hablando del día y comentando todo lo que nos pasaba y dejaba de hacerlo.
Con él me era fácil hablar, lo sentí así desde el principio, cuando solo era ese amigo que tenía conversación. Ese chico que daba buena conversación.
Le gustaba pasar la tarde con nosotros, viendo cómo pintábamos. Decía que lo relajaba. Un día, me besó. O quizá fui yo, no me acuerdo, pero solo sé que luego me evitó un tiempo hasta que, cuando ya me había acostumbrado a que estuviera demasiado lejos, volvió a aparecer en mi vida.
Desde aquel día, nuestras caminatas se volvieron una rutina.
Cada paso que dábamos juntos hacia la calle Aribau parecía acercarnos más.
Las conversaciones se hacían más profundas, y las risas más sinceras.
A veces, en lugar de que me acompañara él, íbamos a casa de sus padres, a unas diez manzanas de la mía.
Por aquel entonces, Pablo y su familia, sus padres y cinco hermanos, vivían de una joyería que tenían en los bajos del edificio unifamiliar.
Pablo era judío.
Un día, a principios de año, mientras estábamos en su estudio y ya no era ese amigo de la buena conversación, me contó algo que nunca había mencionado antes.
—Hay algo que quiero que sepas —dijo, con una seriedad inusual en su voz.
Me senté a su lado, esperando que continuara.
—Soy judío —confesó, mirándome a los ojos para ver mi reacción.
Le sonreí, tratando de transmitirle tranquilidad mientras le daba la mano.
—¿Eso cambia algo? —le pregunté mirándolo fijamente.
Pablo suspiró aliviado y me tomó de la mano, con una risa nerviosa.
Después, fui yo el que lo besé. Y él siguió.
Algo en nosotros sabía lo que había, a pesar de no saber ponerle nombre ni palabras.
Yo veía a Pablo como mucho más que un amigo y sentía lo que, al final, pensaba que compartía con él.
Una amistad que se mezclaba con el amor, que lo rozaba y acariciaba, que lo sobaba y apretaba, pero que, en el exterior, debía mantenerse oculta.
En España, por lo menos en la que vivíamos nosotros, ser judío no significaba nada, pero ya se avecinaban las sombras desde Europa.
El avance del Tercer Reich era imparable según nos dejaban ver los diarios.
Los pogromos, esos ataques violentos y sistemáticos contra los judíos, ya se estaban propagando por el continente como una enfermedad incurable.
Los odiaban, los culpaban de todos los males, sentían asco, y yo, al final, no llegaba a entender cómo alguien que yo quería tanto podía provocarles ese rechazo.
Todavía vivíamos en territorio republicano, pero lo que Pablo y yo sentíamos no podía entenderse por todos.
Él era judío y la República lo respetaba, pero ¿qué pasaría cuando cayera Barcelona?
¿Y con nosotros? Para nosotros no importaba que ganaran unos u otros.
Les quedaba grande el amor a muchos, o lejano, o quizá difusos nuestros límites, pero aquello era amor.
Yo no quería salir de su estudio y él no quería que me fuera, ¿podía haber algo que se manifestara así y no fuera amor?
Antes de la llegada de la Segunda República, la homosexualidad en España no estaba oficialmente castigada por la ley, pero el peso del juicio social era innegable.
Para muchos, era vista como un vicio propio de una sociedad en decadencia, algo que debía esconderse en las sombras.
En algunos sectores progresistas, era condenada como una desviación moral, mientras que la ciencia de la época la clasificaba como una enfermedad, un mal que debía ser curado o reprimido.
Durante la dictadura de Primo de Rivera, cuando todavía era muy pequeño y no entendía ni lo que era el amor, esta visión se cristalizó en el código penal.
La homosexualidad fue reconocida como un delito y aquellos que eran descubiertos sufrieron las consecuencias: multas, cárcel y la imposibilidad de ocupar cargos públicos.
La vergüenza se imponía como ley y las vidas de muchos quedaron marcadas por la represión.
Se vivía en una sociedad donde el miedo y la ocultación eran constantes compañeros para quienes no encajaban en la norma establecida.
Y los amigos de mis padres, aquellos que habían creado en círculos diversos en Oviedo, tuvieron que irse para seguir adelante.
Pero entonces llegó la República y, con ella, la promesa de un nuevo comienzo.
Las leyes que criminalizaban la homosexualidad fueron eliminadas y, por primera vez, se abrió una puerta a la posibilidad de una sociedad más justa e igualitaria.
Bajo el nuevo régimen, las autoridades decidieron dejar atrás las sanciones penales por cuestiones de orientación sexual, dando un paso hacia la tolerancia.
Sin embargo, la realidad social era otra.
Las leyes podían cambiar, pero las mentalidades, arraigadas en años de prejuicios y miedo, no se transformaban con la misma rapidez.
La sociedad seguía siendo estrecha de miras, conservadora en muchos aspectos, a pesar de las banderas de libertad y progreso que ondeaban en las plazas.
Bajo la promesa de un futuro digno para todos, el camino hacia la aceptación real apenas había empezado, y lo amenazaban dificultades y resistencias.
Las miradas de sospecha seguían acechando a aquellos que se atrevían a vivir su verdad, pero algo, aunque fuera pequeño, empezaba a cambiar en el aire.
Para la primavera de 1938, Pablo nos había invitado a Carme y a mí a celebrar la Pascua judía con su familia.
Mi abuela accedió, lo había conocido un día que me acompañaba a casa y ella salía a vender media colección de tazas chinas para comprar un poco de carne.
«¿Este es el teu amiguet ? ¡ Quina alegría, noi !
Subid si queréis, estás en tu casa», le dijo mientras se iba.
Aquel día estuve nervioso, pero también emocionado por conocer a las personas que habían formado parte de su vida desde siempre.
Lo hacía en virtud de su amigo, sabía que sus padres tenían otros planes para él, pero ¿qué importaba aquello?
Cuando llegamos, fuimos recibidos con calidez y hospitalidad por aquella familia inmensa y tan diferente a la nuestra. Estaban todos unidos en plena guerra.
La mesa rebosaba de platos que desprendían aromas irresistibles, y la atmósfera, cargada de risas y conversaciones animadas, hacía olvidar por un momento que la guerra seguía fuera, como una sombra lejana.
Allí, en ese rincón donde la vida parecía detenerse, nos sumergimos en los rituales que ellos practicaban con devoción, mientras nosotros los observábamos con curiosidad.
Cada gesto, cada palabra en su lengua desconocida, era un misterio que nos fascinaba.
Carme, siempre más expresiva, me daba alguna patada por debajo de la mesa, sorprendida, o me susurraba emocionada: «Mira, mira, nen ».
Para nosotros, era como asistir a un espectáculo nuevo, lleno de tradición, y, aunque no entendíamos del todo su significado, lo vivíamos con intensidad, como si formáramos parte de algo más grande.
La comida, abundante y exótica, era un festín.
Carme y yo no paramos hasta que cada plato quedó vacío.
Teníamos tanta hambre que apenas podíamos disimularlo.
No comíamos, engullíamos, como si cada bocado fuera una carrera para llenar ese vacío constante que llevábamos dentro.
A mi abuela, sentada a mi lado, se le notaba el esfuerzo por mantener las formas.
Su porte, que en otro tiempo había sido el de una señora bien educada, ahora se veía torpemente desdibujado por la crudeza que la guerra le había enseñado.
Aun así, hacía lo posible por mantener una dignidad que, en aquel contexto, parecía un lujo innecesario.
Los ojos de los anfitriones nos seguían con una mezcla de compasión y simpatía.
Ellos parecían entender que, aunque estábamos en su mesa, aún arrastrábamos el peso de la guerra en nuestras entrañas.
Al final, cuando ya no quedaba nada, nos recostamos en las sillas, agotados pero satisfechos.
Por un momento, el hambre y el miedo se habían desvanecido, reemplazados por una extraña sensación de pertenencia.
Fue una noche mágica, llena de risas, canciones y bendiciones.
Tras aquel día, Pablo siempre aparecía en la puerta de la universidad con algo para llevarme a casa y repartirlo con Carme.
Que si un trozo de queso que había hecho su hermana Isabela, que si unos pasteles que su madre había comprado en una pequeña pastelería que quedaba abierta en la Plaza de Cataluña y que no les apetecían tanto, que si unas hierbas para preparar una infusión y templar el cuerpo que había encontrado en la cocina del colegio, que si unas pinturas que su madre había hallado por casa y a las que pensaba que yo daría mejor uso…
Pablo se despertó mientras el sol se escondía detrás de los edificios y me miró a los ojos.
—¿Te has dado cuenta de lo felices que somos aquí?
Asentí, sintiendo una calidez en el pecho que solo él podía provocar.
—Es como si el mundo se detuviera cuando estamos juntos—, añadió, y en ese momento supe que no había otro lugar en el mundo donde preferiría estar.
Las tardes en su estudio se convirtieron en nuestro refugio.
Mi grupo de pintura se había deshecho en el último mes.
Sira y Marta, a principios de noviembre y con la noticia de la caída del Ebro y el avance nacional, habían huido de la ciudad con una intención: cruzar los Pirineos, con el poco dinero que tenían ahorrado de lo que habían vendido pintando, y llegar a París para empezar una nueva vida lejos de lo que se cernía sobre Barcelona.
«Y vosotros también deberíais hacerlo. Esto va a terminarse.
Es cuestión de tiempo», me repitió Sira antes de subirse a aquel coche que les iba a llevar fuera de la ciudad.
Yo me limité a sonreírle y abrazarla antes de que cerrara la puerta del automóvil.
Tras la batalla del Ebro, las tropas franquistas habían desgastado gravemente a los ejércitos republicanos acantonados en Cataluña, quienes vieron reducida su capacidad operativa por la pérdida de material de guerra y por las bajas en combate de soldados veteranos.
La aviación republicana tampoco se hallaba en buenas condiciones, al tener casi un tercio de sus aparatos en mal estado e incapaces de operar en combate.
La retirada de las Brigadas Internacionales en octubre de 1938 había privado a la República de un contingente de tropas que, si bien resultaban muy pequeñas en número, sí eran experimentadas en la lucha.
A este factor se unía la mala situación estratégica de Cataluña, rodeada por el Mediterráneo y por la zona bajo control franquista, aunque conservaba la frontera con Francia en su extremo norte, susceptible de ser atacada por los flancos sur y oeste y contando solo con los ríos Ebro y Segre como defensas naturales.
Cataluña, a ojos del mundo, estaba perdida y Barcelona se perdería con ella.
Al irse mis amigas, yo dejé de ir a pintar todas las tardes.
Tristán seguía en la universidad, pero demasiado atareado como para continuar con nuestro grupo reducido.
Se limitaba a dar clases y poco más. Siempre iba perdido, buscando algo, tras sus gafas de culo de botella.
Así que establecí mi sitio de pintura en el piso de Pablo con el caballete que su hermana, licenciada en Bellas Artes, me había prestado.
Me quedaban meses para terminar, pero ¿qué iba a hacer si el mundo se estaba desmoronando?
Pintábamos, reíamos y, a veces, simplemente nos quedábamos en silencio, disfrutando de la compañía del otro. Era mi confidente, mi compañero, mi amor.
Aquella tarde, mientras pintaba casi desnudo un retrato de él solo con la camisa puesta, me di cuenta de cuánto había cambiado mi vida desde que lo conocí.
Los colores parecían más vivos, las sombras menos oscuras.
Pablo se acercó y sonrió. Me gustaba verlo sonreír.
No lo hacía muy a menudo. No teníamos muchas excusas.
—Eres increíble.
Y supe que, pasara lo que pasase, siempre tendría su apoyo. Mientras durara la guerra o si terminaba.
—¿Qué vais a hacer en Nochebuena? —le pregunté sin sacar la vista del lienzo.
Me dijo que nada, que cenarían, pero que nada más que aquello.
—Carme quiere que vengáis a cenar a casa —añadí finalmente.
—Hugo, no tenéis qué comer vosotros. No hace falta que nos invitéis —me dijo mientras se acercaba al caballete con su característica sonrisa.
—Sabes lo insistente que puede ser. Aceptad y ahorradme más trabajo. Además, le quedaba un collar de perlas que ha vendido. Igual hasta cae un trozo de carne.
Sonrió y me dio un beso en la frente justo antes de que volviera a meter la cabeza en su pintura, mientras él se marchaba pasándome una mano por mi hombro desnudo.