La última frontera PABLO Barcelona, noviembre de 1938 #3
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PABLO Barcelona, noviembre de 1938 #3

La realidad de la represión en las zonas ocupadas nos llegaba a través de relatos desgarradores.

Sabíamos que, en el norte, en las áreas bajo control fascista, los rojos como nosotros eran sometidos a torturas para que hablaran y que, si hablaban, automáticamente los mataban.

Las historias de paseítos, de ejecuciones en campos de concentración improvisados, eran tan terribles como frecuentes.

Estas historias se filtraban entre las noticias oficiales y los rumores, y cada relato era un recordatorio de la brutalidad del enemigo.

Entre los miembros de nuestra organización, el temor de ser atrapados se hacía más palpable con cada día que pasaba.

El hecho de que la represión pudiera extenderse en cualquier momento y en cualquier forma hacía que la situación fuera aún más desesperada.

Nos encontrábamos constantemente en la cuerda floja, con la certeza de que un simple desliz, una acción sospechosa, podría ser suficiente para convertirnos en las próximas víctimas.

Hugo cerró los ojos y supe que era momento de irnos, que no podía aguantar aquello.

Al llegar a mi casa, subimos los estrechos escalones de madera que crujían bajo nuestros pies.

El aire estaba impregnado del aroma de las especias que subía desde la tienda de la planta baja.

Al abrir la puerta, una brisa fresca entró por la ventana abierta, trayendo consigo el murmullo lejano de la ciudad.

Me acerqué a la pequeña mesa junto a la ventana y encendí una lámpara de aceite.

La luz cálida llenó la habitación, creando un ambiente acogedor.

Desde allí, podía ver los tejados del barrio, un mar de tejas rojas que se extendía hasta el horizonte.

En la distancia, las campanas de la catedral del Gótico resonaban, marcando el paso del tiempo en una ciudad que parecía suspendida entre el pasado y el presente mientras el atardecer se deslizaba lentamente sobre la ciudad, pintando el cielo con matices dorados y anaranjados que contrastaban con la dureza de la vida cotidiana.

Los tejados rojos y las callejuelas angostas se extendían como un laberinto de sombras y luces, mientras la catedral se erguía, omnipresente y solemne, en el centro de todo.

Las gárgolas y los arcos de la catedral parecían vigilar la ciudad, como centinelas de piedra que, a pesar de su inmovilidad, parecían percibir el flujo incesante de la vida que se desarrollaba a sus pies.

La luz del sol se desvanecía lentamente, dejando que las sombras se alargaran y envolvieran la ciudad en un manto de melancolía.

Era un momento en el que el bullicio de la vida cotidiana parecía reducirse a un susurro, y el frío que se colaba por las rendijas de la ventana me recordaba la cruda realidad de la situación que vivíamos.

Nos sentamos en el suelo, sobre unos cojines que había dispuesto alrededor de una mesa baja. Hablamos durante horas, compartiendo historias y sueños, mientras la noche avanzaba y las estrellas aparecían en el cielo.

—La guerra está perdida, Pablo —me dijo como si vaticinara algo.

Lo miré, sentado a mi lado. Tenía la mirada perdida en la ventana.

Hugo y yo nunca hablábamos de la guerra en mi piso. Era como si evitar el tema hiciera que todo se desvaneciera. Como si realmente no hubiera guerra a pesar de que, a pocos metros de allí, una casa estuviera en llamas.

—¿Por qué dices eso? —pregunté en voz baja, aunque ya conocía la respuesta.

Él suspiró, apoyando los codos sobre las rodillas.

—Porque ya no luchamos por ganar. No nos queda nada, solo no rendirnos.

El silencio que siguió fue denso, casi físico. Afuera, el viento golpeaba las persianas con un lamento que parecía acompañar sus palabras. Quería contradecirlo, decirle que aún había esperanza, que resistir significaba algo más que aguantar. Pero me faltó el valor, o quizá la fe.

—A veces pienso —continuó— que, cuando todo esto acabe, no sabremos qué hacer con tanta calma.

Sonreí apenas, sin alegría.

—Si es que llega la calma —añadí dándole un beso en la cabeza.

A pesar de la incertidumbre y el miedo que nos rodeaba, en ese pequeño estudio, en lo alto de un edificio del Gótico, encontramos un refugio. Un lugar donde, aunque solo fuera por un momento, podíamos olvidar la guerra y recordar lo que significaba vivir.

Lo besé como lo hacía siempre, en aquel piso y con las persianas bajadas.

A escondidas del resto del mundo. Él empezó a desnudarme mientras se sentaba sobre mí, y mis manos, poco a poco, fueron bajando desde su nuca hasta sus glúteos, que comencé a tocar tras haberle quitado de un tirón los pantalones.

Aquello venía sucediendo meses. Siempre era igual, yo pasaba a recogerlo tras mis clases e íbamos a mi estudio, donde pasábamos horas y horas. Sus manos se confundían con las mías y al final dejábamos de sentir los labios.

Allí podíamos querernos, el resto de Barcelona no lo entendería.

La República y España se creían muy modernas, pero aquello, lo que Hugo y yo habíamos entendido que teníamos, era algo que se les escapaba a los de las calles.

Una cosa era lo que pasaba en los congresos y lo que pensaran los intelectuales y otra lo que dijera y pensara la calle.

Pero a mí, en aquel estudio, me daba igual lo que pasara fuera. A mí me latía el corazón con él.