La última frontera PABLO Barcelona, noviembre de 1938 #2
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PABLO Barcelona, noviembre de 1938 #2

Mi corazón me llevó de regreso a él y, aunque el miedo seguía presente, supe que no podía continuar con la farsa de mi silencio.

Cuando volvimos a hablar, era como si todo lo que había sentido en esas dos semanas de ausencia se derramara en palabras y emociones, dejando claro que, a pesar de mis temores, lo que sentía por Hugo era real y profundo.

A pesar de todo, de él y de mí, seguíamos creando. Era nuestra forma de resistir, de mantener viva la esperanza en medio del caos. Él creaba y yo, al final, lo admiraba. Con su parsimonia, por su mundo interior. Yo lo admiraba y lo quería. A partes iguales.

Las tardes en aquella habitación se convirtieron en un refugio, un santuario donde podíamos ser nosotros mismos sin miedo a ser juzgados. Pintábamos, escribíamos, soñábamos juntos, construyendo un universo paralelo donde la guerra no tenía cabida.

—¿Cómo ha ido el día? —me preguntó conforme se iba acercando.

Había empezado a trabajar hacía tres meses en una escuela a un par de kilómetros de allí.

Yo era un firme defensor de la Libre Enseñanza y de una escuela pública y laica, para todos, y cada día me esforzaba por transmitir a mis alumnos no solo conocimientos, sino también valores de libertad y justicia.

Ya no nos veíamos en la universidad, pero nos encontrábamos cada tarde en la puerta principal.

Yo lo esperaba, a veces diez minutos, y otras, media hora, hasta que salía manchado de pintura y sonriendo, arreglándose el pelo rizado que había dejado de cortarse, con sus dientes alineados y sus pómulos marcados, más por el hambre que pasaba que por la forma de su cara.

Barcelona estaba sumida en el caos, era un hervidero de emociones y tensiones. La guerra llenaba las calles y el sonido de lo que pasaba lejos de allí se fundía en el bullicio cotidiano y, a pesar de todo, la ciudad seguía latiendo con una fuerza inquebrantable.

Cada mañana, al cruzar la plaza de Cataluña, veía a los milicianos con sus fusiles al hombro, y no podía evitar sentir una mezcla de miedo y esperanza.

La escuela se había convertido en un refugio, un pequeño oasis de paz en medio del caos.

Los niños, ajenos en su mayoría a la gravedad de la situación, seguían jugando y riendo, y sus risas eran un bálsamo para el alma.

Una tarde, mientras corregía unos ejercicios, escuché el estruendo de un bombardeo cercano.

Nos tomó por sorpresa: las sirenas no habían sonado.

Las ventanas temblaron y los niños se acurrucaron bajo sus pupitres.

Me acerqué a ellos, tratando de calmarlos con palabras suaves y una sonrisa que ocultaba mi propio temor.

En esos momentos, la responsabilidad de protegerlos se sentía más pesada que nunca.

La guerra nos había arrebatado demasiado, pero también nos había unido de formas inesperadas.

En la escuela, maestros y alumnos éramos una familia que compartía no solo conocimiento, sino también la esperanza de un futuro mejor.

Nos aferrábamos a la educación como nuestra arma más poderosa contra la oscuridad que nos rodeaba.

Le respondí que bien, que los niños estaban tranquilos a pesar de que cada día iban viniendo menos a la escuela porque muchas familias estaban abandonando Barcelona hacia otros sitios, que algunos cruzaban la frontera con sus familias a Francia o trataban de salir por mar.

—Aquí cada día somos menos —añadió.

Enfilamos calle abajo, hacia el Gótico, donde había alquilado un pequeño estudio en la última planta de un edificio. Era pequeño, todo por ancho, más que suficiente para mí. Más que suficiente para compartirnos los dos.

Las paredes, de un blanco envejecido, estaban adornadas con algunos cuadros que había encontrado en el mercado de Sant Antoni.

Cada uno de ellos contaba una historia, un fragmento de la vida de la ciudad antes de que la guerra lo cambiara todo.

Él siempre se quedaba embelesado mirándolos. Solo por eso, habían merecido la pena.

Pasamos frente a una iglesia, en nuestro paseo, en la que unos milicianos arrastraban al párroco y a unas monjas hacia un furgón, mientras otros sacaban cuadros, esculturas y bienes a la puerta y los colocaban en el centro de la acera, tirados, esperando a tenerlos todos reunidos para quemarlos.

Aquello era horrible y venía pasando desde el principio del conflicto, pero en los últimos meses, desde marzo y aquel bombardeo fascista de tres días, la tensión y la violencia en las calles habían aumentado.

Las empujaban, apuntaban con sus armas y arrastraban por la calle.

A una de ellas le habían quitado la cofia y la arrastraban del pelo y a la otra le habían dado una patada en la cara y tenía la nariz ensangrentada.

« Si us plau, ¡clemència! », le imploraba una mientras la otra no hacía más que llorar. El párroco no decía nada, solo callaba.

Nos quedamos mirando, con la garganta seca y sin tragar saliva, conteniendo la respiración.

El espectáculo brutal de aquella escena en la calle era un recordatorio escalofriante de lo que la guerra había traído a nuestra puerta.

La imagen de los milicianos arrojando los bienes eclesiásticos en la acera, mientras arrastraban a los prisioneros con una crueldad casi ritual, se clavaba en nuestras mentes como un presagio ominoso.

No era solo la violencia física lo que se desplegaba ante nosotros, sino la representación tangible de la deshumanización y el odio que se estaban apoderando de las calles de Barcelona.

Los gritos de las monjas, la sangre en el rostro de una de ellas, y el silencio resignado del párroco formaban un cuadro macabro que contrastaba dolorosamente con el bullicio de la ciudad que intentaba seguir adelante con su vida.

El olor a humo y destrucción era omnipresente, el recuerdo del reciente bombardeo fascista que había dejado cicatrices visibles en la ciudad.

Nosotros, los que habíamos logrado mantenernos relativamente a buen recaudo, sentíamos el peso de la desesperanza.

La lealtad a la República y la lucha contra el fascismo nos mantenía unidos a los que resistíamos en la ciudad, pero también nos sumía en una creciente angustia.

Cada noticia de represión, cada rumor de lo que ocurría en las zonas ocupadas, alimentaba nuestro miedo y nuestra determinación.

¿Qué pasaría si caía Barcelona en manos de los sublevados?

Se decía que, en la zona ocupada, a los rojos nos daban el paseíto.

Nosotros, como media Barcelona, estábamos afiliados a las Juventudes del Partido Comunista.

Las víctimas en las zonas ocupadas siempre eran simpatizantes de la República o miembros de partidos de izquierda.

Los sacaban de sus casas o lugares de detención y los llevaban a sitios apartados donde eran asesinados, sin piedad ni clemencia alguna. Sin juicio ni ley de por medio.

La discusión entre los compañeros en las reuniones a las que de vez en cuando íbamos se volvió inevitable.

Algunos decían que debíamos hacer algo, que no podíamos quedarnos de brazos cruzados mientras la barbarie se desataba en nuestras calles.

Otros, sin embargo, temían que cualquier acción precipitada pudiera agravar la situación y conducirnos a un destino aún más oscuro.

Nos debatíamos entre el deseo de resistir y el miedo a la represalia que azotaría a una posible Barcelona caída, herida y entregada a los nacionales.