PABLO Barcelona, noviembre de 1938
A hí estaba él. Al fin. Veinte minutos después de la hora acordada.
Pero, al fin, estaba ahí. Con su camisa blanca manchada de pintura cian, al igual que el pantalón beis y la camisa arremangada, el chaleco a juego con el pantalón mal abotonado y la chaqueta, a juego con el resto del traje, colgando del brazo izquierdo.
Era una tarde gris, con el cielo encapotado y el aire cargado de tensión.
La puerta, con sus marcos metálicos y clavos visibles, brillaba bajo la luz tenue del día, creando un juego de sombras y destellos que parecían danzar al ritmo de los acontecimientos.
Se reflejaban sobre la piel de Hugo, ligeramente tostada.
A mi alrededor, el bullicio de la ciudad se mezclaba con el eco de los pasos apresurados de estudiantes y profesores, quienes, a pesar de la incertidumbre, continuaban con su rutina. Era lo único que podíamos hacer los que seguíamos vivos. Seguir vivos, que no vivir.
Guardias civiles, con sus uniformes oscuros y semblantes serios, custodiaban la entrada, recordando a todos la presencia constante del conflicto.
El edificio, aunque majestuoso, mostraba las cicatrices de los bombardeos que habían afectado la antesala del Rectorado, que, en marzo de ese mismo año, se había convertido en un escenario de devastación y desolación debido a los bombardeos que azotaron la ciudad.
Era una tarde como la que vivíamos, con el cielo cubierto de nubes o scuras que presagiaban la tormenta de acero y fuego que estaba por venir.
El rugido de los aviones se escuchaba a lo lejos, cada vez más próximo, hasta que el estruendo de las explosiones rompió la calma tensa del ambiente.
La antesala, que solía ser un lugar de tránsito y reflexión, se vio transformada en un caos de escombros y polvo.
Y el portal, con su mezcla de modernidad y tradición, se mantenía firme, como un faro de esperanza y resistencia en medio de la tormenta que azotaba a España.
Lo saludé desde la acera de enfrente y me vio, sonriéndose. En los diez segundos que tardó en cruzar la avenida, completamente vacía, me dio tiempo a pasarme la mano por el pelo engominado hacia atrás y arreglarme el bigote.
Me puse nervioso cuando lo vi. Llevábamos quedando casi año y medio, desde que nos conocimos poco antes de que me licenciara en Magisterio en la misma universidad de la que él salía. Le sacaba un año, pero él estaba a años luz de mí.
La primera vez que me fijé en él, iba con dos compañeras y un profesor que, posteriormente, me contaron que era de una asignatura que tenían dedicada a las nuevas corrientes que venían de Europa.
Llevaba el pelo mucho más corto, de manera que apenas se distinguían sus rizos.
Los cuatro echaban horas en una habitación que había al cruzar el patio, subiendo las escaleras a mano izquierda.
Era amplia, luminosa y llena de cosas que, a mí, me parecían inútiles.
Un jarrón que, por ejemplo, rompían y lo pintaban roto para, al cabo de un tiempo, jugar a pegarlo en vano porque les faltaba un fragmento; o un montón de manzanas que se iban pudriendo día a día y les llamaba la atención cómo la piel se arrugaba y las hojas se marchitaban.
«Es el paso del tiempo, habla de nosotros si te das cuenta», decían.
Allí pasaban las tardes, fumando y pintando todo lo que era digno de ser pintado.
Hasta sus propios cuerpos. Decían que todo se podía pintar, por lo que no les costaba desnudarse sobre un viejo sofá polvoriento y esperar a que, tras varios días de posados, lo que conseguían sus compañeros no se pareciera en nada a los cuerpos que tenían delante.
«Ahí está el arte, Pablo —me explicaba siempre Hugo—, para pintar la realidad existen las cámaras, tenemos la memoria.
¿Quién quiere pintar nuestra realidad?».
Yo no terminaba de entenderlos, siempre envueltos en esa parsimonia que lo bañaba todo y se ¿escapaba?
(no logro saber con certeza si es esta la palabra correcta) de la física, pero sí que entendía que entre aquellos cuatro excéntricos se podía ser uno mismo.
Las tardes se les escurrían lentamente por los dedos, agarrando sus pinceles, en aquel rincón apartado del mundo, donde el tiempo parecía detenerse.
Las risas y las conversaciones se mezclaban con el humo de los cigarrillos, creando una atmósfera casi mágica.
Cada objeto en aquella habitación tenía una historia, una vida propia que ellos se encargaban de descubrir y reinterpretar.
Me gustaba unirme a ellos, a pesar de que no llegaba a entenderlos por completo, pero ¿qué importaba aquello?
Hugo era un surrealista, un soñador que veía el mundo a través de un prisma de colores y formas imposibles.
Su mente era un torbellino de ideas que se materializaban en cada rincón de aquella habitación mágica que habían construido.
Era su paraíso inhabitado. Mientras sus compañeros se dedicaban a sus propias exploraciones artísticas, Hugo se sumergía en sus pensamientos, creando universos paralelos donde lo ordinario se transformaba en extraordinario.
Era capaz de bajar al infierno de sus sueños y volver a subir frente al trozo de madera que pintaba, como Orfeo en el mito, aunque para salir de él parecía necesitar solo su pincel.
Un día, decidió que el techo de la habitación necesitaba un toque de su imaginación desbordante.
Con una escalera y un pincel en mano, comenzó a pintar un cielo nocturno lleno de estrellas fugaces y constelaciones inventadas.
Cada pincelada era un reflejo de sus sueños, de sus anhelos de escapar de la realidad y perderse en un mundo de fantasía.
Sus compañeros observaban fascinados cómo el techo se transformaba bajo la mano de Hugo.
Era como si el espacio mismo se hubiera abierto sobre sus cabezas y los invitara a volar entre las estrellas.
Inspirados por su visión, comenzaron a añadir sus propios toques: una luna de colores vibrantes, planetas con anillos de arcoíris, y cometas que dejaban estelas de purpurina.
Poco a poco, empecé a ver el mundo a través de sus ojos, que no estaban preparados para el horror de la guerra.
La crudeza de la realidad contrastaba con la belleza y la inocencia de sus creaciones.
Cada pincelada era un intento de escapar de las sombras que acechaban fuera de nuestra burbuja de creatividad.
Esa burbuja que aquellos cuatro incomprendidos habían creado y de la que yo había querido formar parte en mis tiempos libres.
Hugo, con su espíritu indomable, se convirtió en mi guía en este nuevo mundo de colores y formas.
Me enseñó a hallar belleza en lo efímero, a apreciar la poesía en lo cotidiano.
Pero también me mostró la fragilidad de nuestros sueños frente a la brutalidad del mundo exterior.
Sus ojos, siempre vitales y curiosos, se ensombrecían cuando hablaba de la guerra, de las cicatrices invisibles que dejaba en aquellos que la vivían.
Era un niño al que la guerra había arrojado a la realidad. Éramos tan jóvenes.
Pasar tiempo con él era como descubrir un refugio en medio de una tormenta implacable.
Cada sonrisa, cada toque, era un acto de desafío en un mundo que nos decía constantemente que no teníamos derecho a sentir lo que sentíamos.
Había momentos en que el miedo era tan grande que sentía que me ahogaría en él, pero Hugo siempre encontraba una forma de tranquilizarme, de recordarme que, a pesar de todo, había belleza en lo que compartíamos.
Todo comenzó una tarde de finales de otoño hacía año y medio, en la sala de pintar de la universidad, bañada en la luz dorada que se filtraba a través de los ventanales que tras el bombardeo quedaron tapados por maderas. Fue la primera vez que me dejé retratar por él.
La habitación olía a óleo y a lienzo fresco, un aroma que me resultaba familiar y reconfortante. El lugar estaba vacío, solo quedábamos él y yo. Era un viernes y, a pesar de todo, el resto se iba demasiado pronto los viernes. Todos menos él, que se quedaba pintando lo que tuviese entre manos.
Hugo seguía allí, frente a un caballete, trabajando. Mi mente estaba demasiado ocupada con la sensación de nerviosismo y anticipación que me invadía cada vez que estaba cerca de él. Cada vez me ponía más nervioso y no entendía nada de lo que me pasaba.
Nos miramos y sentí cómo el corazón me latía con fuerza, un ritmo frenético que apenas podía controlar.
Me acerqué a él, con mis pasos lentos, como si cada movimiento fuera un acto de desafío contra el miedo que sentía.
Hugo, al igual que yo, estaba paralizado, sus ojos fijos en los míos, como si estuviera esperando que yo diera el primer paso.
Finalmente, estuve lo suficientemente cerca para sentir su respiración y, entonces, de forma instintiva, incliné mi cabeza hacia la suya.
El primer contacto fue eléctrico, un roce suave y tembloroso que me erizó la piel.
Luego, sin poder detenerme, lo besé. Fue un beso suave al principio, lleno de ternura y de una promesa de algo más profundo.
Fue breve. Nos separamos ligeramente, con una mezcla de sorpresa y deseo en los ojos.
La conexión que sentí fue tan intensa que me asustó.
Nos miramos, sabiendo que acabábamos de cruzar una frontera que no podía volver atrás.
Fue entonces cuando el miedo a lo que podría significar todo eso para nosotros comenzó a brotar con fuerza en mí.
Durante esas dos semanas, el dolor de mi silencio y mi evitación fueron constantes.
Cada vez que lo veía por los pasillos, sentía un nudo en el estómago, una mezcla de culpa y deseo que me atormentaba.
A pesar de mi esfuerzo por ignorarlo, cada pensamiento, cada sueño, estaba lleno de él.
La distancia que intentaba mantener solo acentuaba mi deseo, y el sentimiento de pérdida por no estar cerca de él me resultaba insoportable.