HUGO Barcelona, noviembre de 1938 #3
Los días pasaban rápidos, pero las noches eran las peores. El hambre no me dejaba dormir hasta que tenía que salir corriendo al refugio.
La guerra no solo nos quitaba la comida, sino también la esperanza. Pero, a pesar de todo, nos aferrábamos a la vida, a los pequeños momentos de alegría que encontrábamos en medio del caos. Porque, cuando llegaba la noche, eso era lo único que teníamos.
—Sabes, Carme —le dije—, a veces me pregunto cómo habrías sido si hubieras podido seguir tu sueño de estudiar Bellas Artes sin interrupciones.
Siempre la llamaba Carme. Había pasado gran parte de mi vida sin verla, sin apenas conocerla ni recordar su cara.
Tras la mudanza de mis padres a Oviedo, su presencia en mi vida se había reducido a la correspondencia que mantenía mensualmente con mi madre, que siempre me había hablado de una tal Carme que vivía en Barcelona y que era mi abuela.
Alguna Navidad la había pasado con nosotros, pero aquello me sonaba lejano, yo era demasiado pequeño, como cuando había conocido a aquellas primas de mi padre que habíamos visitado en Bilbao cuando, en 1924, una señora le había dicho a mi madre por la calle que yo estaba empachado.
Nunca volví a ver a aquellas brujas que, a ojos de mi madre, me habían salvado del empacho, mientras que, a los de mi padre, por más familia que fueran, eran unas charlatanas.
No fue hasta septiembre del 35 que conocí a mi abuela.
Tras muchas horas de tren, llegué a la estación de Barcelona y allí estaba.
Debí de bajar perdido, porque una señora con el pelo totalmente blanco y perfectamente arreglada se me acercó y me dijo: «¿Eres Hugo?
Anda, nen, sóc Carme, la abuela. Dame un abrazo. Eres igual que ton pare ».
Por aquel entonces yo llevaba una melena corta, con mis rizos castaños desordenados hacia el lado derecho y la barba de tres días. Ella era igual que mi madre. Y a partir de ahí nació mi historia con Carme, mi abuela.
Se sonrió y miró el cuadro que teníamos sobre la mesa que la miseria nos había respetado.
Vendíamos todo lo que considerábamos vendible, pero aquella mesa sustentaba nuestros cimientos.
Allí, Carme había dado desayuno a su hija, María, mi madre desde que se había casado con Juan, un futuro médico ovetense que estudiaba su licenciatura en la ciudad.
Mi madre se enamoró perdidamente de mi padre y a los pocos meses ya estaban casados y yo a punto de nacer.
Todo iba así para la hija de los Agraït, que me dio a luz en la ciudad de Oviedo, donde su marido empezó a trabajar como médico y ella, como buena señorita ovetense, pintaba en herencia de su madre, una señora progresista, en el salón de aquel piso en pleno centro de la ciudad, y leía compulsivamente las corrientes literarias frente a la chimenea plantando cara al invierno asturiano, testigo en vena que había heredado de su padre, aquel catalán marxista del que lo había aprendido todo.
Ella me miró con ternura y respondió:
—La vida nos lleva por caminos inesperados, nen .
Lo importante es que, a pesar de todo, encontramos la manera de ser felices y de seguir adelante.
No había tantas mujeres en las aulas, lo que sé de pintura lo aprendí por mi cuenta prácticamente.
A mi padre le hubiera hecho ilusión verme allí, pero mi madre hubiera enfurecido al pensar que su hija quería ir a la universidad.
Mi abuela era una intelectual. Sabía de pintura, filosofía, música e idiomas.
Había crecido en una familia de abogados en aquella misma casa que, un día, tuvo lujos.
La cultura siempre había estado a su alcance.
Después, se casó con mi abuelo, profesor catedrático en Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona y tuvieron a mi madre, no sin antes tres abortos y muchos intentos, en aquel mismo piso en el que vivíamos.
La casa era enorme y los techos, altos, con decoraciones de estilo rococó, y los suelos de mármol tan blanco que parecían un quirófano.
Un hogar inmenso que hablaba de que un día había tenido mucha vida.
El pasillo era largo y oscuro y solo dejaba pasar las luces de la calle que entraban por las puertas abiertas de las múltiples habitaciones deshabitadas de la casa.
Sus palabras resonaron en mi mente mientras terminaba mi desayuno.
—¿No es un poco tarde? ¿A qué hora tienes las clases?
Asentí mientras daba el último trago a aquel café y me despedí de ella.
Al salir de la cocina, me topé de bruces frente al salón.
Estaba vacío, medio opaco con las persianas bajadas.
Solo había una tenue luz que entraba por las rendijas de estas.
Una chimenea en el centro de la pared y dos sillas frente a ella.
Ni rastro del piano, los libros o jarrones de porcelana china.
No quedaba nada. Me ajusté la camisa dentro del pantalón de traje y, después, me acomodé dentro de un viejo abrigo de paño gris.
—Cuídate, nen —dijo, mientras me despedía con una sonrisa, a pesar de que pude ver la preocupación en sus ojos .