HUGO Barcelona, noviembre de 1938 #2
El silencio de la noche era interrumpido solo por el eco lejano de los bombardeos.
Y, cuando me quería dar cuenta, me encontraba en una pequeña habitación compartida con otros refugiados, con los zapatos negros embarrados.
La luz de una bombilla colgada del techo parpadeaba con cada impacto de los nacionales, proyectando sombras inquietantes en las paredes desnudas del refugio.
Me aferraba a los recuerdos de mi infancia en Oviedo, como si fueran un ancla en medio de la tormenta.
Recordaba los domingos en familia, cuando mi madre preparaba su famoso cocido y mi padre contaba historias de su juventud.
Esos momentos, tan simples y cotidianos, ahora parecían joyas preciosas, inalcanzables en el presente.
La falta de noticias de mis padres era una tortura constante. Cada día me preguntaba muchas cosas: desde mi realidad republicana hasta su Oviedo nacionalista. La incertidumbre era un peso que me aplastaba, una sombra que no me dejaba respirar.
En las noches más oscuras, cuando el hambre y el miedo se volvían insoportables, cerraba los ojos y me imaginaba de vuelta en Oviedo, sentado a la mesa con mi familia.
Podía casi sentir el calor del hogar, el aroma de la comida recién hecha, las risas y las conversaciones.
Pero, al abrir los ojos, la realidad me golpeaba con toda su crudeza.
La guerra nos había arrebatado todo: nuestras casas, nuestras familias, nuestra dignidad.
Nos había dejado en un limbo, una tierra de nadie donde la esperanza era un lujo que pocos podían permitirse.
Los hermanos se peleaban entre ellos, las familias se disparaban de lado a lado, el hambre y el dolor de lo que habían hecho unos por lo de otros creaban un ambiente insostenible.
Las calles de Barcelona eran un hervidero de ideas.
Igual que debía de pasar en el otro lado, aquí habían quedado atrapadas personas que no comulgaban con la República.
El odio se expresaba contra ellos. Ser uno de ellos, con los años y el conocimiento de lo que sucedía en la otra zona, se convirtió en algo extremadamente peligroso.
Los partidarios del bando nacional se veían obligados a esconder sus opiniones y, a menudo, a vivir en la clandestinidad para evitar represalias.
Las milicias republicanas y los comités de defensa patrullaban constantemente en busca de aquellos que consideraban enemigos de la República.
Mi vecina del primero, Soledad, lo había vivido en sus carnes.
Ella siempre arremetía, públicamente y en la intimidad, contra la dictadura republicana izquierdista que, con la victoria del Frente Popular en las elecciones del 36, le habían impuesto.
Meses más tarde, cuando España se fracturó en dos, desapareció.
Fue a finales de agosto de ese año. O quizás a principios de septiembre, pero fue como si se la hubiera tragado la tierra.
Nunca volvimos a saber nada de ella. Ni si consiguió huir de Barcelona o si, como decía mi abuela, «se la habrían cargado por facha».
No sabíamos nada. Solo que desde que no estaba, teníamos más hambre.
Ya no nos daba comida como al principio de la guerra.
A pesar de todo, del tiempo convulso, de la Barcelona que me había tocado vivir y el miedo al que estábamos sometidos todos, me aferraba a la idea de que algún día, de alguna manera, volvería a ver a mis padres con vida. Que esta pesadilla terminaría y podríamos reconstruir nuestras vidas.
Mis padres eran rojos en una zona de sublevados.
Algo en mí quería creer que seguían vivos por su posición de gente bien: un médico y una señora de buena familia catalana, pero eso ya no valía nada.
Pensaba en Soledad, la del primero que había desaparecido, viuda de un empresario textil y posible fusilada, y perdía cualquier esperanza.
Las posesiones ya no valían nada, solo el color de los pensamientos.
Todas las mañanas volvía a casa y, cuando cruzaba la esquina de la Diagonal, empezaba a sentir que no sería capaz de llegar.
Cada paso hacía que me pesaran más los pies.
Temblaba sin cesar hasta que veía la silueta del edificio y miraba a la tercera planta.
Ningún daño. Todo en orden. Los cristales intactos y ningún rastro de la noche anterior sobre la fachada.
El interior del piso en la calle Aribau reflejaba la dureza y el deterioro de aquellos tiempos.
Las paredes, en otro tiempo blancas y limpias, ahora mostraban manchas de humedad y grietas debido a los bombardeos y la falta de mantenimiento.
Los suelos de mármol blanco, aunque aún conservaban su elegancia, estaban desgastados y llenos de polvo.
En los rellanos, la situación era aún más desoladora.
Los vecinos, en su desesperación por conseguir dinero, habían vendido todo lo que podían.
Los buzones de correo, antaño de metal brillante, ahora eran simples huecos en la pared.
Las luces de los pasillos habían sido desmontadas, dejando en la penumbra los espacios comunes.
Incluso las barandillas de hierro forjado de las escaleras mostraban signos de haber sido parcialmente desmanteladas.
Subía piso arriba por aquellas escaleras de mármol blanco y me iba enganchando por la barandilla de la escalera de hierro hasta que mi cuerpo conseguía llegar al tercero.
Miraba mi puerta de madera y arriba percibía la palabra derecha escrita en negro sobre un fondo dorado.
Lo único que quedaba intacto: las direcciones de los pisos.
Dos por planta. Derecha e izquierda. Quizá no los vendimos para que, si alguien venía a visitarnos, pudiese encontrarnos.
Al abrir la puerta, sentía un silencio que precedía a un « nen , ya estás aquí.
Quina alegría. Ven a desayunar. Els fills de putes estos no han parat en tota la nit ».
Era mi abuela, Carme, asomada a la puerta de cristal opaco que teníamos en la cocina, en una mezcla de catalán y castellano para que llegara a entenderla.
Yo no hablaba nada de catalán y ella tenía el castellano atravesado, pero en los años que llevaba viviendo con ella había aprendido lo básico para entendernos diariamente.
El aroma del café recolado que consumíamos en cuentagotas y disolvíamos en agua llenaba la cocina, creando una atmósfera cálida y acogedora que desde hacía años se había convertido en mi hogar. Me senté a la mesa, y mi abuela, con su andar pausado, se acercó con una bandeja.
—Toma, nen , come algo. Necesitas fuerzas para el día que tienes por delante —me dijo mientras me servía un plato con un chusco de pan y un vaso de aquello que llamábamos «café».
La cocina estaba vacía, solo quedaban la mesa y dos sillas: una para ella y otra para mí.
Habíamos tenido que vender la cubertería de plata en los primeros meses de la guerra en el 36, cuando todo empezaba a escasear.
También quedaba la encimera de la cocina, desgastada.
No la habíamos vendido porque no debía de valer nada.
Había llegado a la ciudad meses antes de que la guerra empezara, para estudiar Bellas Artes en la Universidad de Barcelona.
Era septiembre del 35 y yo tenía dieciocho años recién cumplidos.
Era menor de edad y por eso y por mi objeción de conciencia había sorteado el ser llamado a filas desde el principio. Por todo ello pude seguir en Barcelona.
Mi abuela me había dicho, en marzo de ese mismo año, que era demasiado vieja para correr a los refugios a medianoche.
Yo le había insistido durante varias noches y semanas, pero siempre me decía « ves-te'n a la merda » con su redecilla de dormir puesta y su camisón de seda que hablaba de que, un día, en aquella casa de la calle Aribau, había habido algo de lo que ya no quedaba nada.
Mientras desayunábamos, me contaba historias de su juventud, de cómo había conocido a mi abuelo en las fiestas de la Mercè o de la primera vez que me vio, en el salón de esta misma casa, tras haber salido del útero de mi madre, asistida en el parto por ella y por mi padre.
Sus ojos brillaban con una mezcla de nostalgia y tristeza, siempre envueltos entre las arrugas de expresión que le salían cuando sonreía al recordar los buenos momentos.
Siempre hacíamos lo mismo cuando comíamos lo poco que conseguíamos.
La comida que nos daban con la cartilla de racionamiento era insuficiente.
Cada día, Carme se esforzaba por hacer milagros con lo poco que teníamos.
Solía mezclar las patatas con un poco de aceite y sal, intentando que parecieran más de lo que realmente eran.
Por eso creo que me contaba historias de tiempos mejores mientras comía, como si las palabras pudieran llenar el vacío en nuestros estómagos.