La última frontera
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HUGO Barcelona, noviembre de 1938
A ndaba decidido calle arriba con los zapatos de cuero cubiertos de polvo blanco.
Los pantalones, que se movían a medida que lo hacían mis piernas, se llenaban de la nube de destrucción que nos rodeaba manchándolo todo con el polvo en suspensión que habían dejado los enemigos a su paso sobre la ciudad.
La ciudad estaba revuelta. Barcelona se veía deshecha, herida y triste.
Las calles estaban destartaladas, los cristales tapados con sábanas en casas en las que antes había vidrieras de colores que se mezclaban con el ambiente burgués del Ensanche, y todo aquello se respiraba nada más salir de casa.
No había modernismo, ni arte ni tan siquiera ese tiempo que se generaba en Barcelona en otoño.
La llegada del frío mezclado con el aire de la sal, la bruma del mar, que otorgaba a la ciudad la apariencia de un posible verano eterno al fundirse con los sueños de los que vivíamos allí. De eso no quedaba nada.
Solo había una atmósfera agotada, hambrienta y desganada. Un ambiente que hablaba de desolación.
Las noticias que llegaban no eran mejores. Cientos de soldados iban pasando junto a mí a medida que enfilaba la calle. Hacía dos días que se sabía: habíamos perdido el Ebro.
Al subir por las calles, el sonido de las sirenas, gritos y movimiento de escombros resonaba como un eco profundo y asentado entre todos, el recuerdo constante de la brutalidad de nuestra realidad que, desde hacía años, llamábamos «guerra».
Los edificios del centro, muchos de ellos destruidos, eran testigos mudos de la destrucción que había arrasado con todo.
Los niños, que antes jugaban alegremente en las plazas, ahora se escondían en los refugios todas las noches y sus risas habían sido reemplazadas por el llanto.
Ellos también tenían la misma hambre que nosotros, pero mucho menos miedo.
Los adultos temíamos mucho más que los niños porque ellos, al final, desconocían lo que había al otro lado de la trinchera.
Nosotros teníamos miedo y hambre, lo que, a la suma de la operación, se convertía en una resta a nuestro favor.
En cada esquina, se podían ver grupos de personas discutiendo en voz baja, compartiendo las últimas noticias y rumores.
La derrota en el Ebro había sido un golpe devastador para la República, que, herida de muerte, resistía con un hilo de voz.
Y, como ella, la gente hablaba, entre susurros, tratando de pasar de boca en boca lo que los periódicos no nos contaban, lo que los dirigentes se callaban con la intención de mantener vivo el espíritu republicano que todos sentíamos decaer.
A pesar de los esfuerzos por ocultarlo, el miedo se filtraba en cada palabra, en cada mirada furtiva que se cruzaba entre los vecinos.
Las calles, años antes llenas de fervor revolucionario, parecían ahora cargadas de incertidumbre.
Los carteles de propaganda, que habían adornado las paredes con promesas de libertad y justicia, se despintaban a contrarreloj, como si incluso el papel hubiese comenzado a resignarse.
Una anciana, envuelta en un chal raído, murmuraba a su compañera sobre el destino incierto de los prisioneros, mientras un grupo de jóvenes, con el rostro pálido y las manos inquietas, debatía si intentar cruzar la frontera rumbo a Francia.
Su vecino, o quizás amigo, puede que hermano, desde el otro lado del corrillo, le decía que aquello era imposible.
Que ni lo intentara. Que valía la pena resignarse.
Ambos con la mirada al cielo, en busca de aviones enemigos, lo que se había vuelto una costumbre nerviosa, una señal de que la guerra, aunque en retirada, seguía respirando sobre ellos.
En una esquina, un hombre de mediana edad, con la cara surcada de arrugas y las manos temblorosas, sostenía un periódico clandestino.
Alzaba apenas la voz para leer un párrafo suelto, casi como si las palabras mismas fueran culpables de traición.
La falta de víveres, los bombardeos, la traición de aquellos que se suponía que eran aliados…
todo se entremezclaba en una confusión que asfixiaba el aire.
«¿Y después del Ebro qué nos queda?», preguntó la anciana, con la voz entrecortada por el frío y el horror. Nadie respondió. Las miradas se cruzaron en silencio, como si todos esperaran que alguien más tuviera las respuestas, pero el silencio fue más elocuente que cualquier discurso.
Los soldados, jóvenes en su mayoría, caminaban con la mirada perdida, conscientes de que cada día podía ser el último.
Algunos se detenían a hablar con los vecinos, buscando consuelo en palabras de aliento, mientras otros simplemente seguían adelante, arrastrando sus pies por las calles polvorientas mientras los vecinos que encontraban en cada esquina los aplaudían y daban palabras de ánimo a los héroes derrotados del Ebro.
Se los veía destrozados, por la pérdida y la posible represalia posterior ante el avance de los sublevados, claro, pero también porque, tras la pérdida del Ebro, habían tenido que volver a pie a sus casas: los más afortunados, cerca, y los más desfavorecidos, teniendo que ir a cualquier lugar de la República, desde Barcelona a Alicante, comiendo hierbajos y pasando sed, frío y todas las calamidades posibles.
Corriendo para no ser alcanzados. Estaban devastados, pero supuse que era por la caminata tras la contienda.
El aire estaba cargado de tristeza y resignación, pero también de una determinación silenciosa.
A pesar de todo, había quienes aún mantenían la esperanza, convencidos de que la lucha no había sido en vano y de que, de alguna manera, Barcelona resurgiría de sus cenizas.
Había algo que nos invitaba a seguir. Un germen interior, una semilla que empujaba a los llamados a filas a ir a los frentes y, a los civiles, a los refugios con tal de aguantar un día más.
La gente tenía hambre, aunque, después de aquellos tres años, podíamos llamarlo «hambruna».
Todos la teníamos, aunque tratábamos de andar y seguir sin llegar a poder cumplir todos nuestros propósitos.
Otro año más, más hambre, menos dinero y mucha más miseria, menos trabajo y víveres básicos a favor de más munición y bombardeos.
Esa era la ecuación de la guerra, y a nosotros, los que andábamos por la calle, los que no ocupábamos salones y grandes despachos, siempre nos salía negativa.
Las tiendas de la Diagonal estaban cerradas y las pocas que permanecían abiertas apenas tenían suministros.
Los comerciantes hacían por sobrevivir, pero aquello se iba volviendo insostenible porque la lista de fiados cada vez era mayor y la gente, entre quienes me incluía, contábamos con menos dinero y objetos para vender.
Eso sí que lo habíamos aprendido: que todo era vendible en la guerra.
Las sillas de la cocina, los vestidos de seda china de mi abuela, las camisas de algodón, los cuerpos… Todo tenía un precio en Barcelona.
La gente hacía largas colas para conseguir un poco de pan o agua, con los rostros marcados por la fatiga y el miedo, los ojos saltones, la cara pálida y ojerosa, azotada por el hambre, y los pómulos prominentes.
Rostros hambrientos que, de pasar tanta escasez y de ser tantos, vivíamos en la hambruna como si de una enfermedad más se tratara.
Si andabas por la calle, pongamos que por la Diagonal como lo hacía yo, y pasaba alguien por tu lado, podía caerse desmayado al suelo y no estar muerto. Bueno, muerto sí, pero de hambre.
La miseria era tal que buscábamos entre los escombros de las casas algo que llevarnos a la boca y en los campos de las afueras de la ciudad, gusanos u hormigas para, con las pocas lentejas que nos daban con las cartillas de racionamiento, hacer un caldo que nos engañara el estómago.
Sentía el peso de la hambruna en cada paso que daba.
El estómago me rugía constantemente, un recordatorio implacable de la escasez de alimentos que asolaba la ciudad.
Había días en los que apenas lograba conseguir un mendrugo o una pequeña ración de sopa aguada que tenía que compartir, insuficiente para calmar el hambre que arrastrábamos desde hacía tres años.
Recordaba con nostalgia los tiempos antes de la guerra, cuando mi madre preparaba abundantes comidas que inundaban la casa de Oviedo de aromas reconfortantes.
Ahora, esos recuerdos parecían pertenecer a otra vida, una que se desvanecía cada vez más con cada día de conflicto.
Una vida que se había llevado todo contacto con aquellos que habían quedado en la otra zona.
Nadie sabía nada de nadie que estuviera en el otro bando.
Tras el asedio de Oviedo por parte del ejército sublevado y su caída posterior a principios de la guerra en el 36, dejé de tener noticias de mis padres.No sabía si vivían, habían muerto o si, como yo, morían de hambre lentamente.
Nada. A aquello habíamos llegado. A la nada entre unos y ot ros por meras divisiones territoriales causadas por conquistas y pérdidas, por bandos de unos y contrarios.
Caminaba por la avenida Diagonal de vuelta a mi piso en la calleAribau.
Aquello, a primeras horas de la mañana, ya se había convertido en una forma de vida.
Dormíamos vestidos y con los zapatos puestos, como si hubiera que salir corriendo en cualquier momento al refugio que teníamos a un par de manzanas de casa.
Llevaba pasando un par de semanas sin tregua.
Las sirenas empezaban a sonar sobre las doce de la noche, quizás un poco más tarde, a veces bien entradas las dos de la madrugada cuando todos dormíamos en una falsa calma, y teníamos menos de diez minutos para correr hasta el refugio antiaéreo.
Estábamos demasiado cerca del mar y eso impedía a las sirenas sonar antes, con la previsión de que quizá sí lo hacían en Madrid.
Aquí, en caso de sonar, había que salir corriendo con lo puesto.