La última esposa Capítulo 43
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Capítulo 43

Capítulo Cuarenta Y Tres

MAY

G rayson no se marcha inmediatamente después de que Ria se vaya en coche.

En lugar de eso, atiende una llamada breve y se queda plantado al inicio del camino de entrada como un perrito faldero.

No soporto esa clase de patetismo. Decidió dar la espalda a su familia hace cinco años; ahora tiene que encajar las consecuencias en lugar de venir a remover la mierda.

No entiendo a mi hijo pequeño; jamás lo he entendido. Supuso un alivio cuando se marchó. La única razón por la que trabajaba en Parker Partnership era que no valía para otra cosa.

Ahora, mientras regresa a la casa arrastrando los pies con la vista pegada al teléfono, me pregunto si por una vez será capaz de soltarme la verdad sobre el verdadero motivo de su vuelta.

—Tienes que marcharte —digo en cuanto se guarda el teléfono en el bolsillo.

—¿Por qué?

Ni se inmuta. Su resignación desprende ese aire de abatimiento tan familiar que siempre lo ha caracterizado, salvo por ese extraño brote de soberbia durante la reunión.

—Porque estás jugando con Ria y no lo voy a tolerar.

—Ria ya es mayorcita. Sabe cuidarse sola. —Cruza los brazos y se apoya en el marco de la puerta, como si la cosa no fuera con él. Esa actitud displicente me desquicia desde que era un crío—. ¿A qué viene tanto interés por quitarme de en medio?

Hago una pausa, guardándome todavía las cartas. —Estás desestabilizando a la familia.

Suelta una carcajada seca. —¿Y eso qué significa exactamente? —Se endereza y descruza los brazos—. ¿O prefieres que lo adivine yo?

Lo sabe. Le brilla en la mirada. —Todo el mundo vivía en paz antes de que volvieses...

—Querrás decir que Ria y Justin vivían en paz. —Sacude la cabeza y la rabia le tensa la boca—. No soy idiota, mamá. Veo cómo la mira él, como si ya fuera de su propiedad. Y me da la impresión de que tú estarías encantada de apadrinar esa boda.

—No digas estupideces, no soy una alcahueta. —Detesto que me acorralen, y menos aún mi hijo menor, a quien solo le importa su propio ombligo—. Pero quiero que Justin rehaga su vida después del infierno que ha pasado y, si Ria le corresponde, ¿qué problema hay?

—Estás completamente loca. —Señala el aparador de caoba, repleto de retratos familiares—.

Según tú, Justin y Ashlin eran la pareja ideal cuando empezaron, pero eso solo significaba que su patrimonio encajaba con el nuestro.

Y ahora que ella ha demostrado que no se deja pisotear, te da igual tirarla a la basura...

—Se frena en seco y abre mucho los ojos, desencajado.

Hasta aquí hemos llegado. —Si no vas a marcharte hoy de Melbourne, búscate un hotel. Ya no eres bienvenido en esta casa.

—Me echas del lugar donde me crié. Qué detalle.

Me repatea la forma en que me mira, como si supiera demasiado y le diera asco. —Siempre tendrás un sitio aquí, Grayson, pero ahora mismo no es el momento.

—Para ti nunca es el momento, mamá. —Una comisura de sus labios se curva en una sonrisa amarga—.

Eres la persona menos maternal del planeta.

Te has pasado la vida tratándonos como a piezas de ajedrez, intentando moldearnos según tu canon de perfección.

Solo Justin es lo bastante ingenuo para dejarse anular, y aun así lo tratas como a un empleado.

—Resopla—. Lo único que te mueve es tu preciada empresa, tu cuenta bancaria y el apellido Parker. Todos los demás somos meros accesorios.

No me molesto en rebatir el ataque. A fin de cuentas, ¿qué voy a responder cuando mi hijo pequeño tiene toda la razón?

—Me voy ahora mismo —dice, y tras negar con la cabeza una última vez, me deja sola en mitad del salón, contemplando las fotos familiares y sintiendo el impulso de reorganizarlas.

—¿Te importaría hacerme un favor antes?

Se detiene en el pasillo. —Solo a ti se te ocurriría echarme a la calle y pedirme un recado antes de cruzar la puerta.

—La rodilla izquierda me está matando y necesito que me recojan una medicina en la farmacia, pero el ama de llaves ya se ha ido. ¿Te importa acercarte un momento? Estoy esperando al jardinero de un momento a otro para revisar el paisajismo.

Cuento con que se niegue, y no se lo tendría en cuenta. Pero me encargué de grabarles el sentido del deber a fuego, y solo tarda un segundo en asentir, aunque sea de mala gana.

—¿Dónde está la receta?

—En la consola del recibidor, junto al bolso y las llaves. Coge el dinero de ahí y llévate mi coche.

Suelta un chasquido de hastío antes de alejarse a pisadas fuertes. Espero a oír el portazo de la entrada para dirigirme al jardín delantero.

Mi visita no tardará en llegar y tengo que estar lista.

Detesto las sorpresas. Jamás me han gustado.

Como la noche en que Percival metió en casa a una prostituta para celebrar su trigésimo quinto cumpleaños y pretendió obligarme a participar.

O el día en que me empujó a la piscina a traición sabiendo el pánico que le tengo al agua.

O cuando me humilló delante de los accionistas porque le cerré con llave la puerta de mi dormitorio.

No, no tolero las sorpresas.

Sé perfectamente lo que me va a decir mi visita. Al fin y al cabo, el guion lo he escrito yo.

Ojalá no hubiéramos tenido que llegar a esto. Cuando tomé la iniciativa imaginé mil finales, pero jamás este.

Me produce cierta tristeza. Me apasiona tener el control absoluto sobre todo y sobre todos.

Pero ¿a qué precio?

Grayson no lleva ni dos minutos fuera cuando un coche entra marcha atrás por la curva del camino. Nuestras miradas se cruzan un segundo en el espejo retrovisor. Tenía razón. Mi visita ha atado cabos.

Eso vuelve mucho más amargo lo que estoy a punto de hacer.

Sin comprobar si me sigue los pasos, me doy la vuelta y rodeo la casa hacia el jardín trasero. Este cara a cara va a desarrollarse bajo mis reglas, donde el control siga estando de mi lado.

Sé exactamente en qué rincón lo vamos a resolver.