La última esposa Capítulo 42
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Capítulo 42

Capítulo Cuarenta Y Dos

ASHLIN

M ilagrosamente, mi huésped no me ha destrozado los nervios. Christine es tan silenciosa que apenas se nota su presencia y, a la hora de cenar, resulta de lo más agradable.

De todos modos, me alivia que se haya desvanecido un rato y esté junto a la piscina para evitar a Justin y darme margen de maniobra. Por la aspereza con la que me ha hablado hace un rato por teléfono, viene con los perros azuzados.

Me da exactamente igual.

Igual en otra época me tragaba sus arranques, pero hoy no paso por ahí.

Escucho el chasquido de la llave girando en la cerradura principal.

Un recordatorio urgente de que debo cambiar el resbalón cuanto antes.

Aunque, técnicamente, esta casa figure a nombre de los dos, me interesa no encender los ánimos justo antes de meternos en el laberinto del divorcio.

Ya va a ser un infierno de por sí como para ir sembrando más minas por el camino.

Echo un vistazo al espejo sobre la consola de cristal del recibidor y me felicito por el resultado: luzco impecable a pesar del calvario reciente.

Llevo un maquillaje bien ejecutado que camufla el tono morado que me quedaba, melena reluciente, chaqueta vaquera de firma sobre un polo rojo y capris blancos.

Quiero que le quede clarísimo lo que deja escapar.

Aunque, para lo poco que nos acostábamos y la indiferencia con la que me miraba en los últimos tiempos, tanto le va a dar lo que lleve encima o los tres cuartos de hora que le haya dedicado al secador.

La puerta de entrada se abre de golpe y me descuadra por completo.

Viene con los ojos inyectados en sangre y hecho un cuadro: el primer botón desabrochado, la corbata cruzada de mala manera y la camisa medio desmandada por fuera del pantalón, que da pena verlo. Esas ojeras de metro y medio cantan que el insomnio se ha vuelto su sombra.

—¿Hay alguien más en casa? —Da un portazo seco y enfila el pasillo directo hacia mí a pasos agigantados.

Tardo un segundo en responder por no traicionar la confianza de Christine, aunque a fin de cuentas es su propia hermana.

—En la casa no, pero Christine anda por el jardín.

Me atraviesa con la mirada, como si la sola presencia de su hermana allí fuera una provocación personal.

—¿Por qué demonios no está ingresada?

—Es una historia larguísima, pero entra esta tarde. —Despliego mi mejor sonrisa de superioridad—. ¿A qué has venido?

—No estoy para tus jueguecitos de mierda —suelta pasándose los dedos por el pelo, alborotándose el peinado y acentuando esa fachada desquiciada—. ¿Tienes la menor idea del estropicio que has montado?

—¿De qué me estás hablando ahora? —Hago un gesto con la mano para quitarle hierro a su monólogo, sabiendo que no conviene pincharlo estando así de alterado, aunque la verdad es que dejó de imponerme hace mucho tiempo.

—Lo tuyo con Aaron puede costarle millones a la firma.

Su voz cae en un tono bajo y mordaz. Preferiría mil veces un grito a esta furia sorda; me entra un escalofrío helado por la nuca. Justin jamás me ha puesto una mano encima, pero la forma en que me clava los ojos, como si estuviera a un soplo de perder la cabeza, me pone los pelos de punta.

—Yo no le he filtrado nada de nada...

—Y una leche. Mamá cree que no me he enterado, pero tiré del hilo y he visto que nos están reventando las operaciones ofreciendo precios tirados por los suelos. Nos están pisando las ventas. —Se me echa encima y le palpita una vena gruesa en la sien—. Vas a cortar esto ya.

Me pide el cuerpo soltarle un «¿o qué?», pero la chispa perversa de su mirada me frena: está a milímetros de saltar.

—Que no soy yo tu topo —suelto con un aplomo de fachada, tratando de proyectar un control absoluto cuando por dentro me estoy descomponiendo y luchando contra las ganas primarias de salir echando leches de aquí.

—Das lástima, ¿te lo han dicho alguna vez? —Su desprecio es un dardo venenoso; parece a punto de estamparle un puñetazo a algo, y rezó para que ese algo no sea mi cara.

El timbre del interfono rompe la tensión y me da la vida.

—¿Esperabas a alguien?

—No teniéndote a ti aquí dentro —replico dirigiéndome a la entrada con andar firme, fingiendo que todo esto me resbala aunque la llegada de cualquier desconocido me sepa a gloria—. Jamás le desearía este trago a nadie.

Masculla un exabrupto entre dientes mientras abro la puerta y me tropiezo con Ria en la entrada.

—Hola, Ria. —Llega con los ojos desorbitados, clavados en mí con la misma ansiedad que traía Justin. Me pregunto si el cruce de tiempos significa que viene con malas noticias. Abro del todo—. Pasa, siéntate al espectáculo.

Duda al reparar en Justin, que al instante muta la postura para parecer templado y normal, como si el cara a cara salvaje de hace diez segundos nunca hubiera existido.

Menudo pedazo de cínico.

—¿Pasa algo, Ria? —Justin avanza hacia la entrada y se me apalanca al lado.

Por una milésima de segundo presiento que le encantaría agarrarme del moño y empotrarme contra el quicio de la puerta.

Irradia un peligro sordo, una tensión de perro rabioso, y me asalta la duda de qué pensaría Ria si pudiera ver al verdadero Justin, al tipo que habita debajo de la máscara perfecta que vende fuera.

Ella lo fulmina con un desprecio descarado que me descoloca por completo.

—¿Tuviste tú algo que ver con el accidente de Ashlin?

Me quedo helada, mirando a uno y a otro sin crédito.

A Justin se le desencaja la mandíbula mientras Ria se mantiene sobre las puntas de las zapatillas, rígida como un junco. Me dedica un segundo de compasión antes de volver a clavarle las garras con la mirada entornada.

El silencio se vuelve espeso, sofocante, hasta que Justin niega despacio con la cabeza.

—Pues claro que no. ¿De dónde te sacas esa chaladura?

—Porque en la oficina estás conectado a la red a todas horas.

Estoy flotando.

¿Qué coño tiene que ver su conexión en la oficina con mi coche volcando?

Si Ria ha venido a cantársela a la cara tendrá sus motivos, de modo que me callo y la dejo rascar. Nadie me dio el beneficio de la duda cuando denuncié que un coche oscuro me sacó de la carretera a propósito, así que dejé correr el tema.

Pero si Ria me cree ahora, ¿significa que Justin pagó a un matón para quitarme del medio? ¿Tan desesperado estaba por ser libre?

Madre mía, Ria también se pasa el día pegada al ordenador por trabajo. ¿Habrá descubierto algún pufos en la Parker Partnership o algo infinitamente más turbio? ¿Mi queridísimo esposo no se conformaba con pedir el divorcio, sino que quería garantizarse mi entierro?

—Mamá es la única que gestiona los servidores del trabajo, no yo.

—Se cruza de brazos y mira a Ria como si fuera un bicho asqueroso pegado a la suela del zapato.

De forma absurda y mezquina, me reconforta ver que no guardaba esos desprecios solo para mi persona—.

Ella controla el departamento de informática, supervisa el software a medida y es la única con claves de administración global.

A Ria se le va el color de la cara y trastabilla hacia atrás.

—¿May controla el departamento informático?

—Es lo que te acabo de decir —recalca él metiendo las manos en los bolsillos del pantalón—. ¿A qué viene esta paranoia?

—Me tengo que ir. —Da media vuelta y sale pitando hacia su coche, dejándonos a los dos tirados en el umbral mirando su estampida con el mismo ceño fruncido.

—¿A qué narices ha venido este número?

Él se encoge de hombros sin ganas.

—Ni la menor idea, pero me voy a enterar ahora mismo.

Saca el móvil del bolsillo. Me da igual a quién marque, pero cuando le oigo soltar un seco «Soy yo», la curiosidad me puede. Detesto coger las conversaciones a medias, y esta dura apenas tres segundos.

—Ria está fuera de sí. No sé qué coño ha descubierto, pero quería ponerte sobre aviso. —Calla un instante y asiente—. Luego nos vemos.

En cuanto cuelga, le disparo:

—¿Con quién hablabas?

—No te importa.

Pongo los ojos en blanco.

—Seguro que con otro de los impresentables de tu familia. Sois una panda de chivatos, manipuladores y miserables.

—Por eso encajabas tan bien aquí. Aunque por suerte tu caducidad está cerca —suelta con un rictus indescifrable antes de dar media vuelta y largarse a zancadas sin mirar atrás.

—Pedazo de imbécil —mascullo entre dientes, planteándome si las once de la mañana es una hora muy descabellada para prepararme una jarra de sangría para Christine y para mí.

He intentado recortar con la bebida desde que la pelea que tuve con Justin, borracha perdida, tras el cumpleaños de May hizo saltar todo por los aires, pero después de este circo me pide el cuerpo una copa como el comer.