La última esposa Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

—Sigo sin encajar qué fue lo que descubrí por accidente en su día, pero tuvo que ser muy gordo para que me obligaran a desaparecer y a separarme de ti.

Hay tanta amargura en su voz que, por instinto, le pongo la mano sobre la suya. Él baja la vista y traga saliva, aguantándose las ganas de venirse abajo.

—Jamás me habría ido por gusto —suelta con un hilo de voz ahogado.

Quiero decirle «lo sé», pero me callo porque, en el fondo, sigo pensando que tendría que haberse quedado y haber peleado esto juntos.

—Me quema no saber quién mueve los hilos, y solo espero que mi vuelta no os haya puesto en la diana a Shelby y a ti. —Quita su mano de debajo de la mía y se pasa los dedos por el pelo—. Pero cuando me escribiste, no me quedó otra que volver.

—¿Y no se te ha ocurrido que quien te la jugó entonces pueda haberme mandado esos correos para hacerte saltar? Quiero decir, si llevas cinco años bajo tierra, a lo mejor han usado mi cuenta como cebo.

—¿Pero cómo iban a saber que me pedirías ayuda?

—¿Porque saben de lo que eres capaz?

Se le escapa una sonrisa de medio lado, divertida.

—Me alegra que por fin lo reconozcas.

—Cállate. —Me sale una risita floja a juego con la suya.

—Puede que no vas desencaminada. Hice lo imposible por no dejar rastro al salir de Melbourne. —La boca se le tuerce en una mueca triste—. Cambiaba de sitio continuamente; no podía jugármela a que me localizaran.

Miro de reojo al monitor.

—¿Y mientras dabas tumbos de un lado a otro te metías en la red oscura a investigar?

—Eso es. Analicé los correos y di con la cuenta, pero el tipo ha blindado su identidad que da gusto.

—Pues le da mil vueltas a lo que consiguió mi contacto.

—Cuando me has llamado diciendo que te estaban siguiendo... —Señala un punto en la pantalla—. He entendido que el tipo ha subido la apuesta.

—¿Tienes nombres?

—Estoy a esto. —La forma en que esquiva la mirada me confirma que sabe más de lo que suelta, pero necesito que siga tirando del hilo y, si me pongo borde ahora, se me va a cerrar en banda.

—¿A esto cuánto es?

Se pone colorado.

—Vas a tener que confiar en mí.

—¿Confiar en el tío que me borró de su vida hace cinco años sin dar explicaciones? —Me doy un toque en el labio inferior, fingiendo dudar—. Complicado.

Pasa de mi sarcasmo.

—Dame algo de tiempo para apretarle las tuercas al sistema.

—Pues date prisa, porque que May, Ashlin, Shamira, Christine y yo hayamos tenido "sustos" no es ninguna casualidad.

Abre los ojos de par en par.

—¿Qué le ha pasado a Christine?

No me gusta ir con chismes, pero a estas alturas la discreción nos sobra.

—La han acorralado y le han dado una paliza.

Niega con la cabeza y vuelve a revolverse el pelo. Siento un hormigueo en la palma de la mano al recordar la textura de sus rizos.

—No creo en las casualidades. Por eso hay que cerrar esto ya. Con un día más me sobra.

Vuelve a fijar los ojos en la pantalla y en las líneas de código que pasan a toda pastilla, mareándome si las miro fijo.

—En cuanto le ponga cara y ojos a este elemento, nos vamos directos a la policía.

Le lanzo la duda que me quema por dentro.

—¿Por qué no fuiste a la policía hace cinco años?

Tarda en responder. En lugar de eso, me sostiene la mirada con frialdad.

—¿Y por qué no fuiste tú en cuanto te llegaron los correos, en vez de buscarme a mí?

Touché. Es una verdad amarga en la que no he querido pensar con tanto lío de por medio. Ahora que la tengo delante, aborrezco la conclusión: me he vuelto igual que el resto de los Parker, hermética, pagada de mí misma y obsesionada con resolver los trapos sucios en casa.

Al principio me excusé pensando en evitarle el escandalo a la familia por lo delicado de los correos. Y no sospeché que fuera tan complejo rastrear al emisor. Pero cuando empezaron los accidentes, tendría que haber ido a comisaría de cabeza.

—A lo mejor tendría que haberlo hecho, pero pretendía proteger a la familia... y me creí capaz de apañármelas sola —admito con un hilo de voz antes de carraspear—. Ya me conoces, me huele a exclusivilla y me pierdo.

—Si te sirve de algo, me alegro de que me buscaras.

Me pasa el brazo por los hombros y me da un apretón suave. Me dejo querer un segundo, reconfortada, antes de darme una orden mental. Depender de este hombre para algo que no sean códigos informáticos va a acabar como el rosario de la aurora.

Señalo la pantalla.

—Sigue buscando, por favor.

—Hecho.

Me suelta y vuelve al ataque; sus dedos vuelan a una velocidad ridícula sobre el teclado antes de cerrar la sesión. Solo entonces se vuelve a mirarme.

—¿De verdad solo querías hablar conmigo para esto? ¿Para ver quién nos está pisando los talones?

—Pues claro. ¿Por qué si no?

Me regala esa sonrisa de medio lado tan suya, la misma que me encandiló hace doce años cuando nos cruzamos en aquella tienda de informática.

—¿No será que después de tanto tiempo te sigo gustando y no sabes estar sin mí?

—Sí, claro, síguete contando películas. —Me pongo en pie con prisas por marcharme, porque su comentario me ha dado donde me duele.

Por más que hayan pasado cinco años desde que me rompió los esquemas, la química sigue intacta, más ahora que sé que no se marchó por gusto.

Estar con él es facilísimo; siempre lo ha sido.

Nuestro matrimonio era así, fluido, salvo por las típicas discusiones domésticas.

Lo echo de menos. Echo de menos esto. Esa habilidad suya para hacer que me sienta cómoda, como si me leyera por dentro.

Y por eso mismo tengo que poner pies en polvorosa.

—Manténme al tanto, ¿vale?

Me siento atada de manos, dependiendo de él para tener respuestas y a la espera de un desenlace que se me escapa. Odio la sensación. Necesito moverme, no quedarme a verlas venir. Pero ¿qué otra opción me queda?

Él también se levanta y acorta la distancia.

—Andate con ojo.

Nuestras miradas se cruzan y el ambiente se vuelve denso. Definitivamente, me tengo que ir. Grayson no confió en mí para contarme la verdad en su momento y ahora me toca a mí ponerme en sus manos. Y eso me pone los pelos de punta. ¿Qué demonios va a destapar?

¿Y qué precio vamos a pagar por ello?