La última esposa Capítulo 38 #2
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Capítulo 38 #2

Puede que tenga razón, pero sigo pensando que hice lo correcto.

Me desgarró las entrañas, pero tomé la decisión dura, como he hecho siempre.

Prostituirme para pagar los médicos de mi madre, fijarme en Trent para salir del pozo, abortar para no destrozarnos la vida.

Ninguna de esas cosas me enorgullece, pero hice lo que había que hacer para salir adelante.

Sé que contarlo no va a curarme. La culpa seguirá ahí, royéndome por dentro como de costumbre. No puedo borrar lo que hice de joven ni puedo dar marcha atrás a aquel legrado, pero si Trent conoce todo de mí, al menos me quedaba la remota esperanza de salvar algo.

—Me partió el alma quitarte la ilusión de ser padre, pero no me veía capaz de contarte las malformaciones y obligarte a pasar por ese calvario...

—Qué detalle por tu parte. —El sarcasmo de su voz retumba en el salón del único hogar de verdad que he tenido—. ¿Y cómo sé que no te lo estás inventando? No quieres tener hijos, lo has dejado clarísimo siempre. ¿Por qué iba a creerte ahora?

La pena le desencaja las facciones mientras se deja caer de rodillas, con los hombros hundidos y la cabeza entre las manos, destrozado. Yo le he hecho esto. Yo. Me darían ganas de meterme en la cama y no volver a levantarme; el dolor me atraviesa el pecho como un corte limpio.

—Tengo los informes del hospital, si quieres leerlos...

—Mataste a nuestro hijo. —Levanta la cabeza despacio y el despecho de sus ojos me deja sin aire.

Entonces rompo a llorar sin contención; las lágrimas me resbalan por las mejillas, me entran en la boca y me gotean por la barbilla. Tengo las mismas probabilidades de frenar el llanto que de arreglar mi matrimonio: ninguna.

—Sé que te cuesta entenderlo, pero déjame intentarlo. Nunca me he sentido aceptada por tu familia. Me aguantan, que no es lo mismo. Exigen que todo sea perfecto y me aterraba la idea de traer a un niño con problemas a ese entorno.

Niego con la cabeza mientras las lágrimas me empañan la vista. Me froto los ojos con el dorso de la mano para no perderlo de vista. El desprecio sigue intacto en su cara. Me aborrece, pero ya no puedo callarme. Tengo que intentar que lo comprenda.

—Soy vulnerable y la maternidad me da pavor por todo lo que mamé de pequeña.

Sé que a un hijo nuestro no le faltaría de nada, pero no consigo sacarme ese trauma del cuerpo.

Lo llevo marcado a fuego. Forma parte de mí.

—Me llevo la mano al pecho, suplicándole con la mirada—.

Con ese lastre encima, ya me va a costar la vida ser madre incluso con un niño sano.

Por eso, cuando el médico me dio aquel diagnóstico, sentí que no tenía alternativa.

Me mira con los ojos desorbitados, espantado, pero la tensión de su cuello afloja un poco y me agarro a la esperanza de que su ira ceda. —Siempre hay alternativas, Shamira. Tu obligación era contármelo para decidirlo los dos. Tú y yo. El equipo perfecto, ¿te acuerdas?

Claro que me acuerdo. Nos bautizó así la noche que me pidió matrimonio, la noche en que creí haber dejado atrás el pozo de mi pasado para construir una vida sólida.

Y hemos sido el equipo perfecto, compenetrados en todo excepto en esto. Su ilusión por ser padre y mi pánico visceral a fallar como madre nos dejan un abismo por delante, si es que alguna vez logramos salvarlo.

—Diera igual lo que hubieras dicho. —Muestro las palmas de las manos, vacías—. No iba a dar a luz a un bebé condenado a sufrir.

Ya está todo dicho. Estoy deshecha. Tengo las piernas de trapo y me dejo caer sobre las alfombras, sintiendo que no me van a quedar fuerzas para ponerme en pie.

Tampoco puedo mirarlo a la cara. No me atrevo a contemplar el destrozo que le he provocado al hombre que amo.

Así que me fijo en sus zapatillas. No se mueve; se mantiene a distancia.

—Tendría que haber estado allí. —Habla tan bajito que dudo de si lo he oído bien; parece que la furia ha dejado paso a una lástima infinita—. Tenías que haberme dejado estar.

Ya no me quedan argumentos. Se me ha agotado la voz. Podría haber confiado en él cuando los médicos me dieron aquel mazazo, pero no lo hice y ya no hay marcha atrás.

—Te mataría ahora mismo —masculla, y alzo la vista de golpe; esas palabras tan duras chocan de frente con el matiz desgarrado de su voz de hace un segundo.

—¿Acaso no lo intentaste ya?

Sé que es lo peor que puedo soltar si pretendo amansar la fiera, pero no me contengo. Necesito saber si el único hombre en el que he confiado a ciegas se ha vuelto en mi contra por no encajar en su ideal de esposa. Quién sabe, tal vez sea tan Parker como los demás.

Entreabre los ojos, sin perder un ápice de frialdad. —¿Piensas de verdad que yo te eché algo en la copa?

—No sé qué pensar. Estabas fuera de ti cuando te hablé de mi pasado. Quizá quisiste darme un escarmiento...

—¿Tan poco me conoces como para creer que te haría daño?

Se pone en cuclillas, apoya los codos en las rodillas y se tapa la cara con las manos. Le tiembla la espalda y descubro que está llorando. Me desgarra verlo así. Me arrastro hacia él. Me siento a su lado en el suelo y levanta la cabeza. La desolación de su rostro me clava una daga en el estómago.

—Lo siento. —Le pongo una mano en la rodilla, aliviada de que no me aparte de un manotazo—. Siento todo esto.

Me mira con los ojos inyectados en sangre; los regueros de las lágrimas aplacan la tirantez de sus facciones. —Yo jamás te pondría una mano encima.

Se levanta cuan largo es y me mira desde arriba. —Ojalá tú pudieras decir lo mismo.

Echa a andar hacia la puerta, la abre y me dedica una última mirada por encima del hombro. Inescrutable. Siento un tirón en el pecho por el desastre que he provocado. Toda esta familia me ha vuelto paranoica y destructiva; en este momento, aborrezco el apellido Parker.

Daría lo que fuera por decir algo que lo hiciera dar media vuelta, pero cuando la puerta retumba al cerrarse, me vengo abajo sobre el parqué. Me quedo allí tirada diez minutos, veinte, tal vez una hora. Dudo que volvamos a ser los de antes, pero decir la verdad me ha quitado un peso de encima.

Por fin mi marido me conoce sin filtros.

Y si le creo, sigo sin tener ni idea de quién intentó envenenarme.

He vuelto a los viejos tiempos, cuando no sabía de quién fiarme, cuando mis corazonadas me vendían y cualquier indeseable se aprovechaba de mi ingenuidad.

Pero se acabó. Esta vez no voy a bajar la guardia y no me queda nada con lo que me puedan chantajear.

Si el cobarde que intenta hundirme vuelve a dar la cara, me va a encontrar de frente.

Y no me temblará la mano para defenderme.