Capítulo 38
Capítulo Treinta Y Ocho
SHAMIRA
T ras dejar en casa de Ashlin la ropa y las cosas de aseo que me pidió Christine, regreso a mi piso.
Necesito hablar con mi marido.
Necesito contárselo todo.
Ayer, con Christine escondida en el cuarto de invitados antes de que él saliera a pasar la noche fuera para conseguir una guitarra de colección, los nervios me comían por dentro y Trent se dio cuenta.
No dejó de estudiarme con recelo, igual que cuando nos topamos con aquel tipejo en el mercado, y ya no puedo seguir así.
La verdad va a destrozarlo. Lo más probable es que acabe con nosotros.
Pero soy incapaz de mantener esta farsa.
Todo a mi alrededor parece precipitarse, como un alud inminente que no tengo forma de frenar: los accidentes de Ashlin y May, mi envenenamiento, la paliza a Christine, la sombra que acechaba a Ria.
Siento que todo se me escapa de las manos y que, si no recupero algo de control, acabaré cometiendo un disparate.
Al fin y al cabo, de eso fue el aborto: de tomar las riendas. Necesito que Trent lo entienda. Pero no lo hará. Cuando le escupa la verdad, solo verá que le he arrebatado lo que más deseaba en este mundo: ser padre.
Entro en el apartamento sin hacer ruido.
Hay un silencio espeso. Estará escuchando música con los auriculares en el despacho, así que voy directa a la cocina, deshecha por beber un vaso de agua.
Como si eso pudiera aflojar el nudo que me atenaza la garganta.
Siento la verdad encasquillada ahí dentro, amenazando con ahogarme.
—¿Dónde estabas?
El vaso se me resbala de los dedos y choca contra el fregadero de acero inoxidable. No se rompe, pero una fisura delgada resquebraja el borde. Yo soy como ese vaso. Una tara que aflora a la superficie, a punto de quedar expuesta ante la única persona a la que he intentado ocultársela.
Me giro en redondo. Se ha acercado sigilosamente por detrás y me extraña no haberlo oído; culpa de mis propios pensamientos, pues me niego a admitir que mi marido ande acechándome para darme un susto.
Y las dudas vuelven a asaltarme. Si me envenenó para darle una lección a mi pasado, ¿de qué será capaz cuando sepa lo que le hice a nuestro bebé?
—Me he pasado por casa de Ashlin para ver cómo estaba. —Suelto una verdad a medias. Menos da una piedra.
Su mirada rezuma incredulidad. —¿Por qué ibas a ir a verla? No la tragas.
Recurro a otra mentira. —Está sola. Me pareció lo correcto.
Odio que me crea tan fácilmente. Su rostro se destensa y me abre los brazos. —Eres demasiado buena para tu propio bien. Lo sabes, ¿verdad?
Callo y dejo que me estreche contra su pecho. Sus abrazos siempre han sido mi refugio. Hoy me cuesta un mundo no apartarme de un empujón.
Soy una miserable.
He hecho algo imperdonable.
¿Cómo va a perdonarme esto?
Me zafó con suavidad, con el corazón batiéndome tan desbocado que temo que escuche los latidos. —Tengo que contarte algo.
Una sombra de cautela le cruza los ojos, y no me extraña. Ya le he dado un vuelco al corazón esta semana. Le tomo la mano y lo guío hasta el salón.
—Parece grave —dice, sin soltarme los dedos mientras nos sentamos en el sofá.
Trago saliva para pasar el nudo de angustia. —Lo es.
He ensayado mil veces cómo confesarle esto, pero ahora que ha llegado el momento me he quedado en blanco.
Quiero ponerme en contexto, pero mi cabeza y mi voz van por caminos distintos.
Se me cierran los pulmones. Unas chispas negras me bailan ante los ojos y me obligo a coger aire despacio para no desplomarme.
Él me aprieta los dedos, intentando infundirme una fuerza que solo me hace sentir más ruin.
Al ver que no me salen las palabras, me estrecha la mano con más firmeza y las lágrimas empiezan a escocerme.
—¿Tiene que ver con más trapos sucios de tu pasado? —Se lleva mi mano a los labios y me besa el dorso, con ese gesto dulce y comprensivo tan característico de Trent—. Si es así, suéltalo. Te prometo que no voy a perder los papeles.
Como la última vez queda flotando en el aire, aunque ninguno de los dos lo pronuncie.
El pánico se me mete en las venas como una sustancia anestésica que me va apagando.
Me invade una pesadez enorme, como si pudiera quedarme traspuesta un mes entero.
Quizá sean secuelas del veneno, pero lo dudo.
Es mi conciencia aplastando a mi instinto de supervivencia, recordándome la estupidez de cargarme lo único bueno que tenía en la vida.
Tras otra bocanada de aire con la que fuerzo a mis pulmones a reaccionar, consigo articular palabra.
—Hace unos quince meses hice algo que tal vez no comprendas, pero te pido que me escuches hasta el final y que intentes ponerte en mi lugar.
—Me estás asustando. —Frunce el ceño y tengo que reprimir las ganas de pasarle un dedo por la frente para borrarle la arruga—. Ya te lo pregunté el otro día y me dijiste que no, pero ¿me has puesto los cuernos?
—No. —Mi indignación es real, aunque lo que he hecho sea infinitamente peor y yo lo sepa—. Te quiero y jamás te haría una cosa así.
Se pasa la mano por la frente soltando un suspiro exagerado de alivio mientras me aprieta los dedos con más fuerza.
Para que lo entienda, necesito explicarle qué me empujó a semejante locura.
Pensará que le le echando la culpa a él o a su familia, pero no es eso.
Cuantos más detalles le dé, más probabilidades tendré de que comprenda mis razones y, tal vez, de salvar esto.
—¿Te has parado a pensar alguna vez en lo mucho que exige tu familia que todo sea perfecto?
La pregunta lo descuadra; viene a cuento de nada.
—Sí, pero ¿qué tiene que ver eso con nosotros? Nosotros nunca hemos pasado por el aro.
Por «ellos» se refiere a «May». Ella maneja los hilos del clan Parker, la reina no coronada que reparte favores o te desterra según le de la gana. Todos lo sabemos; simplemente lo callamos.
—Nunca te lo he dicho, pero la presión por estar a la altura del apellido Parker me asfixia.
Su desconcierto va en aumento y me mira como si me hubiera vuelto una desconocida. —¿Por qué no me dijiste nada?
—Porque llevo buscándome la vida desde cría y me he acostumbrado a comérmelo todo sola. —Me doy un par de toques en el pecho—. Me lo trago todo y eso termina pasando factura.
Mi forma de dar rodeos antes de soltar el bombazo resulta patética, pero sigo adelante. Las palabras no salen más fluidas, aunque romper el hielo alivia un poco el peso de mi tórax.
—Una de las cosas que más me agobiaban era la idea de tener un hijo.
Me suelta la mano y noto de inmediato la falta de su contacto.
No me sorprende. Es un terreno pantanoso entre los dos: su prisa por ser padre frente a mi empeño en posponerlo.
Cedió a mis plazos por amor, igual que yo hice lo que hice por amor.
Aunque él no lo verá así. Lo verá como la prueba irrefutable de que soy un monstruo.
—No entiendo a qué viene esto. Decidimos dejarlo para más adelante, tal como querías. —Aprieta los labios en una línea fina que le conozco de sobra, la misma que pone cada vez que sale el tema de la paternidad.
Aquello se convirtió en una constante tan tensa que acabé cediendo a poner una fecha límite: empezaríamos a buscarlo en doce meses. Casi nunca discutimos, y odio la frialdad que sigue a las charlas sobre formar una familia, la única brecha en un matrimonio blindado.
Un matrimonio a punto de saltar por los aires por mi culpa.
Intento dar con las palabras adecuadas, mareando de nuevo la perdiz. —¿Te acuerdas de aquel fin de semana del año pasado que supuestamente pasé en un retiro de bienestar en Daylesford?
—Sí.
—No fui allí.
La extrañeza le vuelve a arrugar el entrecejo. —¿Dónde estuviste?
—En un hospital.
El surco de su frente se hunda todavía más. —¿Por qué?
Tengo que soltarlo. Tengo que obligarme a pronunciar cada sílaba. Tengo que poner la verdad sobre la mesa, sabiendo que puede destruirme, pero incapaz de seguir con este teatro.
—Me quedé embarazada. —Digo «me quedé» en vez de «nos quedamos», porque la decisión de interrumpirlo la tomé yo sola—.
Me aterraban las consecuencias de todo lo que consumí en el pasado, ya sabes, cuando hacía las locuras que te conté.
Me hicieron pruebas prenatales. Vieron anomalías y el ginecólogo me recomendó no seguir adelante...
—¿Abortaste y no me dijiste nada?
Se levanta de un salto, mirándome como si fuera un bicho repugnante.
Se le han quedado los labios blancos, tiene los ojos desencajados por el shock y abre y cierra los puños torpemente, como si hubiera perdido la sensibilidad en las manos.
El brillo de sus lágrimas refleja el de las mías mientras me clava una mirada donde se mezcla el dolor con algo muy parecido al odio.
Lo entiendo, porque yo también me doy asco.
Nunca sabrá cuánto quise apoyarme en él antes de entrar en aquel quirófano que me rompió por dentro.
Nunca entenderá la soledad absoluta que me envolvió al despertar en aquella cama, vacía y destrozada, como si al llevarse al bebé se hubieran llevado también un pedazo de mi alma.
Y, por la forma en que me fulmina —con una mezcla terrible de pena, despecho y rabia—, sé que jamás volverá a mirarme igual.
—No me entra en la cabeza —murmura con la voz quebrada mientras una lágrima le resbala por la mejilla.
Esa lágrima me remata. Siento que me ahogo en un sollozo atascado en la garganta, pero lo único que quiero es acercarme a Trent y pedirle perdón.
Doy un paso hacia él, pero retrocede instintivamente, como si mi cercanía le secara la garganta.
—¿Por qué me lo ocultaste? —Niega con la cabeza, y la angustia de su tono me hace encogerme abrazándome el vientre—. Tenía derecho a opinar...