La última esposa Capítulo 37
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Capítulo 37

Capítulo Treinta Y Siete

ASHLIN

N o me lo puedo creer.

Shamira y Christine están fuera. No han avisado.

Se han presentado sin más y han llamado al timbre.

Christine está medio escondida detrás de Shamira y parece encorvada.

Qué raro. Se aparta un poco y ahogo un ahogo de sorpresa.

Tiene el cuello plagado de hematomas, el labio hinchado y un ojo a la funerala.

Podría cerrarles la puerta en la cara, pero ante semejante aspecto no soy tan despiadada.

Además, me quema la curiosidad por saber qué hacen aquí estas dos.

En cierto modo, llegan en buen momento. Llevo todo el día sin saber qué hacer con mi vida, deambulando por la casa sin rumbo, examinando cada habitación con ojo crítico de decoradora y sopesando lo fácil que sería venderla.

Llevo tiempo planteándome si deshacerme de esta casa o seguir viviendo una mentira.

Porque eso ha sido mi matrimonio; y si me quedo aquí cuando el divorcio sea definitivo, los recuerdos de un pasado que preferiría olvidar no van a dejar de atormentarme.

Además, ahora que May me ha cortado el grifo de la fortuna familiar, mi propiedad es el único activo que me queda. No me quedará más remedio que venderla, invertir el dinero con cabeza y apañármelas con unos ingresos miserables.

Me estremezco solo de pensar en apretarme el cinturón y abro la puerta de todo. —Vaya sorpresa.

—Perdona que nos presentemos así —dice Shamira con una firmeza insólita en ella—, pero Christine necesita un sitio donde quedarse un par de noches.

Me muerdo la lengua para no soltar la puya de turno —«¿Acaso esto parece un hotel?»— y me hago a un lado. —Entrad.

—Gracias —murmura Christine al cruzar el umbral.

Cojea, evitando cargar el peso sobre la pierna derecha, y lleva unos pantalones de chándal que no son de su talla y una camiseta holgada. Va con la cara lavada y el pelo recogido en una coleta baja desflecada. Jamás la había visto sin ir impecable. Con esos moratones parece un despojo humano.

Las acompaño al salón donde suelen reunirse mis hijas.

Es una estancia espaciosa, con ventanales de techo a suelo que dan a la piscina infinita.

Los sillones de cuero están dispuestos estratégicamente frente a una pantalla de televisión descomunal, flanqueada por todas las videoconsolas imaginables.

Tampoco es que las niñas jueguen mucho últimamente; viven pegadas al móvil.

—¿Os apetece algo? —Suno como una anfitriona atenta recibiendo a unas amigas, lo cual resulta ridículo. No tengo nada en común con estas mujeres, nunca lo he tenido, más allá del apellido—. ¿Quizá un filete crudo para ese ojo?

—No te pases de lista. —Shamira ayuda a Christine a acomodarse en un sillón y se sienta frente a mí. Me choca su aplomo, sobre todo recordando que la última vez que hablamos estaba temblando en mi habitación del hospital, mendigando para que no le contara a Trent su turbio pasado.

Quizá me haya pillado caritativa, o tal vez solo esté rematadamente sola, pero me trago el sarcasmo y me limito a preguntar: —¿Se puede saber qué ha pasado?

—La verdad es que prefiero no hablar de ello. —Christine se pasa las yemas por la mejilla, donde un hematoma morado empieza a oscurecerle la piel bajo la cuenca del ojo—. Solo te diré que me lié con la persona equivocada. Me ha dejado así y no puedo volver a casa de mamá.

Me sostiene la mirada con una lucidez aplastante.

—Tenía previsto ingresar en una clínica de rehabilitación, pero les he pedido aplazarlo unos días.

Esto —señala su rostro magullado— solo desencadenaría un interrogatorio al que no pienso someterme.

Si me ven en público hecha un cuadro e ingresando en un centro, ya sabemos lo que le pasaría al insigne apellido Parker, y no tengo fuerzas para soportar la bronca de mamá.

No logro disimular mi asombro al enterarme de que piensa ponerse en manos de profesionales. —Me impresiona que hayas tomado la iniciativa de buscar ayuda.

Un leve rubor le sube a las mejillas. —Mamá y un médico me acorralaron para que lo hiciera, pero no les falta razón. Ya toca tomar las riendas.

—Pues me alegro —digo, deseando poder reconducir mi propia vida con la misma determinación.

—¿Puede quedarse aquí unos días? —interviene Shamira—.

Ha pasado las dos últimas noches en mi casa.

La primera no hubo problema porque Trent ya dormía, y ayer se marchó temprano para pasar la noche en Adelaida.

Pero regresa hoy y Christine no puede cruzarse con él porque empezaría a formular preguntas.

Como tus hijas están con May y Justin anda fuera, hemos pensado que este es el sitio más seguro.

El cuerpo me pide decir que no. No soy una ONG, y lo último que necesito mientras rehago mi vida es tener a la hermana de mi marido pululando por mi casa.

Pero tampoco soy un monstruo. Veo el pánico en los ojos de Christine y la desconfianza en los de Shamira.

Darían por hecho que las mandaría a paseo; nunca les he dado motivos para confiar en mí.

En el mejor de los casos soy distante; en el peor, una harpía pasivo-agresiva.

Me alimento del cotilleo y disfruto usándolo para someter a los demás, como hice con Shamira.

Pero que te necesiten te da ventaja, y para acudir a mí deben de estar al límite.

—Claro, puedes quedarte. —Intento sonar hospitalaria, pero no cuela. Tampoco las culpo; soy como un depredador invitando a un cordero a pasar a su guarida. Tienen claro que en algún momento pediré algo a cambio y no están seguras de querer pagar el peaje.

Shamira duda, como si le temblaran las piernas al dejar a Christine a mi cargo. —Esto no puede salir de aquí. Nadie de la familia puede enterarse.

Me aguanto las ganas de poner los ojos en blanco ante una obviedad semejante. —Tu secreto está a salvo conmigo. —Hago el gesto de sellarme los labios mientras miro a Christine—. Aunque, un consejo: para la próxima elige mejor tus aficiones.

—Sabía que esto era un error —refunfuña Christine. Me lanza una mirada entre furiosa y asustada, sin saber muy bien hacia dónde tirar.

—La puerta sigue ahí. —Señalo hacia la salida. Reconocen de inmediato mi tono habitual y eso hace que Christine relaje los hombros.

—Menos mal. Por un momento me ha aterrado que te estuvieras volviendo blanda. —Christine amaga con secarse el sudor de la frente y los labios de Shamira se esbozan en una leve sonrisa.

—¿Y la ropa? —La repaso con la mirada de arriba abajo—. No voy a ser yo quien juzgue tu fondo de armario, pero no te vendría mal algo más digno.

—Shamira ha tenido el detalle de prestarme algo limpio. —Christine me sostiene la mirada, retándome a soltar alguna impertinencia. No lo hago—. Necesito lo básico para ir tirando hasta que me ingresen.

Arqueo una ceja. —¿No tienes todas tus cosas en casa de May? Sabrá que ocurre algo raro si la esquivas por completo antes de irte.

Christine resta importancia al tema con un ademán. —De mamá me encargo yo.

Por mí encantada. Lo último que me apetece es otro cara a cara con esa matriarca omnipresente.

—Iré a buscar lo que necesitabas y vuelvo en un rato. —Shamira se pone en pie con prisas por marcharse. Se vuelve hacia mí por puro compromiso—: ¿Necesitas algo?

—Un abogado de divorcios que sea un perro de presa.

Se instala un silencio espeso y, por primera vez desde que Justin me soltó la bomba, me descubro extrañamente expuesta. Jamás seré amiga de estas mujeres, pero celebro que estén aquí. Estoy sola. Lo he estado siempre, incluso casada.

—Si te sirve de algo, creo que te quitas un peso de encima —suelta Christine con amargura—. Justin es un miserable egoísta.

Me quedo helada. Daba por sentado que el clan Parker adoraba al primogénito. Shamira guarda silencio, pero su mirada complice revela que ya han rajado de él a gusto.

Me llevo la mano al pecho fingiendo indignación para quitarle hierro al asunto, no sea que pierda los papeles y me ponga a llorar delante de ellas.

Siento un nudo en la garganta que me oprime el pecho y el escozor inconfundible de las lágrimas.

Me estoy ablandando y me da rabia. Este divorcio me ha desarmado por completo.

—Solo digo la verdad. —Christine se encoge de hombros y se le escapa una mueca de dolor, lo que me hace dudar de la verdadera extensión de esos hematomas—. Mi hermano se cree el ombligo del mundo. Siempre ha sido así. Es un desalmado y pisoteará a quien haga falta para salir ganando.

Shamira se va desmarcando hacia la puerta, claramente incómoda al oír hablar así de Justin. Odia el conflicto; por eso me chocó tanto que viniera a plantarme cara al hospital.

Levanta la mano a modo de despedida. —Vuelvo enseguida.

Al cerrarse la puerta tras de sí, nos envuelve una calma enrarecida. No se me da bien la conversación trivial y entre Christine y yo no hay puntos en común; salvo, por lo visto, nuestro desprecio compartido hacia Justin.

Así que tiro de ese hilo. —Siempre pensé que te llevabas bien con él.

—Y me llevo bien, pero eso no me impide ver de qué pie cojea. —Se pasa los dedos con cuidado por los moratones, rozándolos apenas—. Me juzgaría por esto, igual que mamá. Son clavados. Su único dios es el dinero; las personas son secundarias.

—A todos nos gusta el dinero. —Sueno como si estuviera justificándolo, justo lo último que pretendo—. Supongo que haber nacido entre algodones te hace querer proteger lo tuyo a toda costa.

Tuercen la boca. —Es lo único que valoran. Cualquier persona o cosa que no encaje en su mundo perfecto pasa a ser basura.

Desconozco qué hay detrás de semejante resentimiento, pero agradezco tener una aliada. Ya me enteraré de qué le ha hecho Justin para ganarse su odio; de momento, prefiero cambiar de tercio. —Sin ánimo de ofender, tienes un aspecto nefasto. ¿Te ha visto un médico?

Pone los ojos en blanco con amago de sonrisa. —Hablas igual que Shamira.

—De vez en cuando hasta dice cosas con sentido.

Christine suelta una risita ante mi concesión. —Me tendió la mano cuando más lo necesitaba. No lo olvidaré.

Le lanzo la pregunta inevitable. —¿Por qué fuiste a buscarla a ella?

—Porque estaba por su barrio intentando pillar algo. —Se le empañan los ojos y entreveo una grieta de dolor.

No quiero hurgar, pero presiento que necesita desahogarse y, aunque no vayamos a ser íntimas, me sale de dentro arroparla. Es mi cuñada. Es de la familia. Puede que la mayor parte del tiempo no actúe como tal, pero no me da igual.

—Deduzco que salir a buscar material no ha sido un hecho aislado.

—Me engancha el colocón, así que no, no era la primera vez. —Sonríe con resignación—. Pero me imagino que ya lo sabías.

Dudo un segundo antes de asentir. —Te he visto en las fiestas de May. Conozco a bastantes mujeres de mi círculo que le dan a las drogas recreativas; sé reconocer los síntomas.

—Me gusta evadirme —confiesa con nostalgia—. Es liberador.

—¿May lo sabe?

Asiente. —Supongo que no disimulo tan bien como creo. —Arruga la nariz—. Supongo que te habrás dado cuenta de que mi relación con mamá nunca ha sido para tirarle cohetes, sobre todo porque siempre ha tenido debilidad por mis hermanos.

No digo nada; percibo que Christine tampoco busca respuesta. Tiene la mirada perdida, atrapada en sus propios pensamientos, así que espero a que siga. No tarda.

—Que me pidiera quedarme después de la fiesta y me hablara por primera vez como a una igual fue descubrir una faceta suya que desconocía. Y cuando me afeó lo de la bebida, lo hizo sin juzgarme, así que acabé confesándole también lo de las drogas.

Se señala la cara destrozada. —Quería despedirme a lo grande y sé que esto no lo va a entender. Se lo tomará como una traición personal. Y con lo encauzadas que estaban las cosas entre nosotras, no pienso arriesgarme a que me retire la palabra ahora que por fin cuento con ella.

Parpadea, vuelve al presente y frunce el ceño con una expresión calcada a la de May. —Por no hablar de que últimamente le ha dado la neura de «evitar el escándalo a toda costa» y no me juego el pellizco que piense dejarme en herencia. Es una enferma del control.

Entiendo perfectamente el pavor a que te excluyan de la fortuna Parker, pero hay algo más profundo ahí.

Me pregunto si eso fue lo que empujó a Christine a las drogas en primer lugar: una madre asfixiante de la que necesitaba escapar.

Crecer con May debió de ser insufrible; casi siento lástima de que necesitara vía química para sobrellevarlo.

—Está claro que va a mover los hilos de Justin durante todo el divorcio.

—Mi voz rezuma rabia y me da igual. Es la pura verdad.

Justin acatará todo lo que ordene May. No me importaba al principio del matrimonio, cuando asumía que mostrarme sumisa ante mi suegra me sumaría puntos.

Y funcionó un tiempo; parecía tenerme en estima.

Pero esa sintonía se fue agrietando con los años y, antes de que Justin dinamitara nuestro matrimonio, May y yo apenas guardábamos las formas.

Una cordialidad que yo misma salté por los aires al amenazar con filtrar trapos sucios de los Parker a la competencia.

Tampoco es que fuera a hacerlo, pero quería desestabilizarla tanto como este divorcio me está desestabilizando a mí.

—No dejes que te pisoteen. —Christine me apunta con el dedo y hasta ese gesto mínimo parece dolerle, a juzgar por cómo se le tensa el rostro—. Mantente firme y no des el brazo a torcer si no es estrictamente necesario.

Está de mi parte, lo que me deja desencajada.

—No esperaba que nadie de tu familia lo entendiera —digo, buscándole segundas intenciones sin encontrar rastro de ellas.

Por otra parte, ¿qué ganaría Christine echando pestes de su hermano y de su madre delante de mí? —Gracias por el capote.

—Oye, me estás acogiendo en tu casa; es lo mínimo. —Una sombra extraña le cruza la cara… algo turbio, casi malévolo, que no alcanzo a descifrar—. Además, nadie es intocable y me da que Justin va a aprenderlo por las malas.

No tengo la menor idea de qué habla. Pero de algo estoy segura: si Justin y May pretenden ir a por todas esperando que yo me rinda sin plantar cara, van listos.

Aunque jamás le filtraría secretos a Aaron ni le abriría la puerta a la competencia en Parker Partnership, ellos no lo saben; como órdago, puede hacer estragos. Desde luego, a May la desencajó.

No voy a ceder el control. Seguiré marcando el paso.

Aunque por dentro me esté desmoronando y me muera por haber hecho las cosas de otra manera.