Capítulo 35
Capítulo Treinta Y Cinco
SHAMIRA
S i ya estaba harta de las atenciones de Trent cuando salí del hospital, un día después su empeño en estar encima de mí me está sacando de quicio: las tazas de té interminables, la insistencia en preguntarme si me encuentro bien, los ofrecimientos de prepararme algo de picar.
Se está comportando como el marido perfecto y debería estar agradecida, pero no estoy acostumbrada a recibir tantas atenciones y eso me hace sospechar, como si se esforzara demasiado por compensar algo.
—¿Qué tal un masaje de pies? —Se sienta en el extremo del sofá y me toca los pies, y yo aprieto los dientes para contener el impulso de apartarlos.
—Has estado increíble, Trent, pero me apetecería mucho estar un rato a solas, así que ¿por qué no te vas a la cama?
Debe de percibir algo en mi fingida solicitud, porque frunce el ceño como si lo hubiera ofendido.
Pero ya no aguanto más. Sus atenciones exageradas y asfixiantes no encajan en absoluto con su reacción a lo que le revelé sobre mi pasado, y no logro quitarme de la cabeza que alguien, probablemente cercano a mí, intentó envenenarme para darme una lección.
—¿Seguro? —Se pone en pie y se alza sobre mí de una manera que, por algún motivo, me incomoda.
—Estoy segura. Gracias. —Le lanzo un beso y él se inclina para rozar mis labios con los suyos, pero no prolonga el contacto como haría normalmente.
—No te acuestes muy tarde y despiértame si necesitas algo.
Fuerzo una sonrisa. —Lo haré.
Me roza la mejilla con los nudillos en un gesto cariñoso habitual. Normalmente me encanta. Esta noche intento no estremecerme.
Es una locura sentir que no puedo confiar en él. Nunca ha hecho nada que me induzca a dudar de su palabra y, ni siquiera ahora, logro asumir que tuviera algo que ver con que aquellos analgésicos acabaran en mi bebida.
Pero estoy nerviosa y vulnerable. Necesito espacio para pensar en todo esto con lógica.
—Buenas noches —digo cuando se dirige al dormitorio, y él levanta una mano a modo de respuesta.
Espero a que cierre la puerta antes de dejarme caer sobre los cojines.
La cama cruje cuando se acomoda y, treinta segundos después, oigo sus suaves ronquidos.
Siempre se duerme en cuanto apoya la cabeza en la almohada, pero esperaré otra media hora antes de acostarme yo también. No puedo enfrentarme a él esta noche.
Mi móvil vibra en la mesita que tengo al lado y me sorprende ver que es un mensaje de Christine.
¿Estás en casa?
Casi nunca me escribe, así que vacilo, preguntándome qué querrá, antes de responder.
Sí.
Responde enseguida.
¿Trent sigue despierto?
Su pregunta es extraña, como si no quisiera ver a su hermano. De hecho, ¿por qué no le ha escrito a él en vez de a mí? No tiene sentido.
No.
Su respuesta es inmediata.
Estoy fuera y necesito verte. Es urgente.
Esto es raro. Christine y yo no nos relacionamos fuera de las reuniones familiares, así que resulta extraño que quiera verme a mí y no a Trent a estas horas de la noche.
Por no mencionar que haya aparecido sin avisar.
Todos los Parker tienen unos modales impecables y jamás se presentarían en casa de nadie sin previo aviso.
Abro la puerta del apartamento y me quedo atónita cuando Christine entra tambaleándose, dando bandazos a izquierda y derecha antes de apoyarse en la pared más cercana.
Lleva una sudadera negra con capucha y vaqueros, con botas y gorro a juego, cuando nunca la he visto vestir nada que no sea de diseño.
Pero su ropa oscura no resulta tan impactante como el ojo que empieza a ponérsele morado, el labio partido y los hematomas que le rodean el cuello y que se parecen, de forma aterradora, a marcas de dedos.
Lo que más me conmociona son sus ojos: apagados, sin vida, como si hubiera perdido toda su capacidad de lucha.
Me trago la pregunta obvia —«¿Qué te ha pasado?
»— y me limito a cerrar la puerta antes de rodearle la cintura con un brazo para ayudarla a entrar.
Se apoya en mí y la conduzco hasta el sofá que acabo de dejar libre, donde la ayudo a sentarse.
Gime y el dolor le deforma el rostro cuando sus caderas se hunden en los cojines.
—Vuelvo en un minuto —digo, mientras corro a la cocina para prepararle una manzanilla y añado a la bandeja una copa de brandy.
Cuando regreso al salón, está encogida en el sofá como si intentara desaparecer, con la mirada yendo de un lado a otro, asustada de su propia sombra.
—Toma, bébete esto. —Dejo la bandeja sobre la mesa de centro, sin sorprenderme cuando se bebe primero el brandy de un trago.
Espero, pues no quiero agobiarla, pero necesito saber cómo puedo ayudarla.
Después de lo que parece una eternidad, empieza a hablar.
—Supongo que querrás saber qué hago aquí con este aspecto.
—Se me había pasado por la cabeza —digo con una sonrisa tranquilizadora—. No tienes que contármelo si no quieres, pero quizá te sientas más cómoda hablando con Trent...
—No. —Su rechazo es rápido y vehemente—. Estoy harta de que los Parker me juzguen.
Ah, así que por eso ha acudido a mí. Cree que la hippy aceptará mejor lo que sea o a quienquiera que haya causado esto.
—¿Necesitas asistencia médica...?
—No. —Niega con la cabeza antes de soltar un hondo suspiro—. En casa siempre recurro a la misma gente. Tipos de confianza, con clientela habitual, que trafican con material de primera.
Anuncia su adicción con calma, como si diera por hecho que yo ya lo sabía.
No lo sabía, pero he hecho cosas peores que tomar pastillas o esnifar cocaína, así que no puedo juzgarla.
Ahora entiendo por qué ha venido aquí y no ha vuelto a casa —no quiere que su madre la vea así— y por qué preguntó si su hermano ya estaba en la cama.
Por suerte, Trent duerme como un tronco y no nos oirá hablar.
Christine se cerraría en banda delante de él.
—Sé que es mucho soltarte todo esto cuando nunca hemos tenido confianza, pero ha ocurrido cerca y pensé que podría asearme antes de volver a casa... —Deja la frase en el aire mientras la vergüenza le tiñe las mejillas de carmesí—. Mamá me va a echar una bronca monumental.
Su sonrisa es torcida, pero no me creo su despreocupación. Está sufriendo y, teniendo en cuenta lo que viví en el pasado, puedo ponerme en su lugar.
Le toco el brazo para tranquilizarla. —Todos hemos hecho cosas que desearíamos poder cambiar.
—¿No me estás juzgando? —Parece avergonzada, aunque en su voz subyace un atisbo de desafío.
—Jamás haría eso. —Niego con la cabeza y le ofrezco una sonrisa sincera—. No va conmigo.
—Gracias. —Suspira y después hace una mueca, rodeándose el abdomen con un brazo. Doy por sentado que lo hace para consolarse, hasta que comprendo que podría tener más dolor del que creo.
—¿Seguro que no necesitas atención médica? Puedo pedirle a un médico que venga a casa...
—Estaré bien. —Me observa como si tratara de entender por qué me muestro tan comprensiva, antes de asentir levemente para indicar que confía en mí—. He pasado por cosas peores.
Abro mucho los ojos y ella suelta una carcajada seca.
—Me metí pronto en las drogas, poco antes de cumplir los veinte.
Entonces era estúpida y no investigaba con cuidado como hago ahora, así que acabé juntándome con la gente equivocada y me llevaba alguna que otra paliza cuando me robaban.
Hoy en día, cuando estoy en casa, en Sídney, solo acudo a mis contactos habituales, así que el riesgo de que ocurra esto —señala su rostro amoratado— es mínimo.
—¿Qué ha pasado esta noche?
—Mañana ingreso en rehabilitación, así que esta noche quería darme un último homenaje. —Se encoge, abochornada, y la derrota hace que se hunda aún más entre los cojines—. No sé en qué estaba pensando.
Se estremece y sus ojos se ensombrecen, ocultando un mundo de dolor, y quiero abrazarla. Pero nunca hemos tenido confianza y no estoy segura de que ahora agradeciera ninguna clase de contacto.
—Solo quería una última oportunidad de sentirme bien, ¿sabes?
Intenta justificar su comportamiento, pero conmigo no tiene por qué hacerlo.
Soy la reina de buscar excusas para todo lo que he hecho en el pasado.
Aunque ella no lo sabe, si bien se lo he insinuado hace unos instantes al decir que todos hemos hecho cosas de las que no estamos orgullosos.
Pero cuanto menos sepan los Parker sobre mí, mejor.
Porque siento un pavor que me cala hasta los huesos ante la posibilidad de que, si empiezan a escarbar, no solo descubran la verdad sobre mi pasado, sino también lo que he hecho para intentar no tener un hijo.
Me arriesgo a darle unas palmaditas rápidas en la mano y, como esperaba, ella se aparta con un respingo. —Quédate aquí todo el tiempo que quieras. No haré preguntas.
Los ojos se le llenan de lágrimas y se las seca con el dorso de la mano, con las mejillas enrojecidas por la vergüenza. —Eres increíble, ¿lo sabes?
—La verdad es que no. —Me encojo de hombros, pero su elogio me anima.
Aparte de Ria, que siempre se ha portado bien conmigo, y de May, que es educada, el resto de los Parker ni siquiera reconoce mi existencia.
Para ellos soy la excéntrica y estrafalaria hippy, alguien a quien toleran porque soy la esposa de Trent.
Nunca ven a la verdadera yo; nunca lo han hecho.
Me conviene porque no quiero que husmeen en mi vida, pero es agradable que Christine reconozca que la he ayudado—.
Sé lo que es vivir con secretos, así que tómate todo el tiempo que necesites para recuperarte.
Me examina, pero no pregunta a qué me refiero, lo cual agradezco. En su lugar, chasquea los dedos. —Debes de pensar que soy terriblemente egoísta. Ni siquiera te he preguntado cómo estás.
—Estoy bien. —Señalo el pasillo que conduce a los dormitorios—. Tu hermano lleva todo el día desviviéndose por mí.
—Es un buen hombre. —Cambia un poco de postura, como si intentara aliviar la presión en la espalda—. De todos nosotros, es el único.
La amargura patente en su voz me sorprende. —¿Y Justin?