La última esposa Capítulo 34
69%

Capítulo 34

Capítulo Treinta Y Cuatro

MAY

A rropo a mis nietas en la cama y les doy un beso de buenas noches justo cuando suena el timbre.

Sus rostros se iluminan de esperanza y se me parte el corazón por lo que están pasando estas pobres niñas.

Es evidente que ansían atención y cariño, y mientras estén a mi cargo pienso colmarlas de ambas cosas.

—¿Es papá o mamá? —La expresión expectante de Ellen intensifica el dolor que siento en el pecho.

—No digas tonterías —interviene Jessie, con una voz que parece de alguien mayor de sus once años, aunque, pese a su actitud de sabelotodo, no consigue sofocar la esperanza de sus ojos—.

Hemos hablado con papá hace una hora y ha dicho que seguía en el trabajo.

Y mamá se está recuperando del accidente, así que no puede ser ella.

No se me escapa el sarcasmo que impregna la voz de Jessie al referirse al empleo de su padre.

Recuerdo que comentó que se quedaba despierta esperándolo todas las noches, así que quizá le guarde rencor por las largas jornadas que pasa en la oficina.

No es lo ideal, teniendo en cuenta la batalla por la custodia que se avecina en un futuro no muy lejano.

Por su edad, Jessie debe de haber visto y oído cosas entre sus padres y, como es más perspicaz que Ellen, quizá esté resentida por las frecuentes ausencias de su padre.

Los niños se fijan en los detalles más inesperados, porque Justin compensa con creces sus largas jornadas en la oficina pasando tiempo con las niñas durante el fin de semana.

Pero parece que Jessie está especialmente vulnerable.

Hablaré con Justin en privado sobre ello.

Si Jessie ha percibido la animadversión entre sus padres, no pasará mucho tiempo antes de que Ellen también sea consciente de ella.

Mi narcisista nuera no me cae bien, pero admito a regañadientes que es una buena madre que quiere a sus hijas, y odio que una batalla por la custodia pueda romper ese vínculo: la fortuna de los Parker garantizará que no perdamos, lo que significa que Justin obtendrá la custodia total y Ashlin no podrá ver a sus hijas a menudo.

Sé demasiado bien lo que se siente y, por enésima vez, lamento no haber estado más presente en la vida de Christine.

Esta vez llaman a la puerta con unos golpes fuertes e irritantes. —Creo que vuestra tía espera visita.

La mentira me sale con facilidad, pues quiero que las niñas duerman lo que tanta falta les hace.

Tienen ojeras, señal de que no se han sentido del todo cómodas durmiendo fuera de casa.

No las culpo, teniendo en cuenta que Ashlin no cree en eso de pasar la noche fuera —al menos, no en casa de su abuela—, así que rara vez se quedan aquí.

El timbre vuelve a sonar, insistente y molesto. —Buenas noches, niñas. Os veré por la mañana.

—Es demasiado tarde para recibir visitas —murmura Jessie, hosca ahora que sus esperanzas se han desvanecido. Se vuelve de cara a la pared y se tapa la cabeza con las mantas.

Estoy de acuerdo y me pregunto quién puede estar en mi puerta a las nueve de la noche de un día laborable.

No recibo muchas visitas, teniendo en cuenta que no tengo amigos.

Conocidos impresionados por mi fortuna, sí, pero las amistades de verdad fueron quedándose por el camino al principio de mi matrimonio, cuando por necesidad empecé a encerrarme cada vez más en mí misma.

Percival acababa acostándose con cualquiera a quien yo me acercara, y después de las primeras infidelidades ya no pude soportarlo.

Ya había sido bastante difícil fingir delante de mis hijos que todo iba bien, pero tener que hacerlo también ante las mujeres que me traicionaban resultaba intolerable.

—Buenas noches, abuela. —Ellen me lanza un beso y cierra los ojos, siempre tan obediente.

Cuando el timbre suena por tercera vez, desearía haber instalado aquellas horrendas y monstruosas verjas que Percy quería para mantener alejadas las visitas indeseadas.

Mascullando entre dientes una palabrota impropia de una dama, bajo las escaleras.

Christine ha salido un momento a comprar su helado favorito y seguramente se haya olvidado las llaves.

Sin embargo, cuando abro la puerta, no es mi hija quien está en el umbral.

Es mi hijo menor.

Abro la boca, atónita, y me aferro al marco de la puerta mientras me tambaleo un poco. —¿Grayson?

Parezco idiota al pronunciar así su nombre, pero estoy conmocionada por verlo aparecer de este modo, sin previo aviso.

Hace cinco años que no lo veo y casi el mismo tiempo desde la última vez que se puso en contacto conmigo: una postal breve y garabateada a toda prisa desde California que no me contó prácticamente nada.

Mi hijo audaz, carismático y encantador, independiente desde que aprendió a andar, por cuyas venas siempre había corrido un irrefrenable afán viajero, ha vuelto por fin a casa, y no sé si abrazarlo o estrangularlo.

Sonríe, y la familiaridad de ese gesto después de tanto tiempo me resulta tan conmovedora que se me cierra la garganta. — Hola, mamá. No pareces ni un día mayor que la última vez que te vi.

Por supuesto, intenta restar importancia al asunto. Es lo que hace siempre. Pero esta vez no pienso consentírselo, no después de haber sabido de él una sola vez en cinco años mediante unas pocas palabras garabateadas en el reverso de un endeble trozo de cartón.

—Te mereces unos buenos azotes, pero los dos somos demasiado mayores para eso. —Abro más la puerta y le hago un gesto para que entre.

—Yo también te he echado de menos. —Me envuelve entre sus brazos y yo me pongo rígida, reacia a ceder con demasiada facilidad, pero incapaz de impedir que la alegría me llene el corazón.

Mi pequeño por fin ha vuelto a casa.

Justin es mi hijo formal y responsable, capaz de hacer cualquier cosa por el apellido Parker, y lo admiro por ello.

Trent es mi soñador y nunca he sido especialmente tolerante con su carácter sensible.

Pero Grayson es mi favorito indiscutible; al menos, lo era antes de huir.

Me rompió el corazón hace cinco años y nunca llegué a recuperarme del todo.

Que no volviera a casa para el funeral de su padre no me molestó tanto como su absoluto desprecio por su mujer y su hija, y ahora que ha regresado me aseguraré de que no vuelva a hacer nada que pueda hacerles daño.

Me siento protectora con Shelby y Ria porque me avergüenza que un hijo mío las abandonara. Una conducta deplorable, sin duda.

Me remuevo un poco y él me suelta con una risita, sabedor de que siempre ha tenido el don de abrirse paso hasta mi corazón, fueran cuales fuesen sus trastadas.

—¿Has comido? —Lo conduzco hacia la cocina y él camina a mi lado.

Siempre ha sido la estancia más acogedora de la casa, el único lugar donde todos mis hijos se reunían con regularidad.

Las rencillas y diferencias sin importancia quizá los mantuvieran separados, como a la mayoría de los hermanos, pero todos tenían que comer, y la cocina había sido su lugar predilecto mientras crecían. Echo de menos aquellos tiempos.

Después de que Percival muriera, me planteé mudarme a otra casa, a algo menos ostentoso, pero nunca reuní las fuerzas necesarias.

Al menos, esa había sido mi excusa. El verdadero motivo se hace evidente cuando entramos en la cocina y atisbo la expresión desprotegida de Grayson: felicidad en estado puro.

Para él, esta cocina también representa su hogar.

—Tú siéntate, ya me prepararé algo de picar —dice.

—Bien, no me apetece atenderte porque no te lo mereces.

Se ríe de mi respuesta malhumorada, como si viera a través de mí y supiera lo que de verdad siento al tenerlo de nuevo en casa. Observo cómo se mueve por la cocina con soltura, como si nunca se hubiera marchado, y ese maldito nudo vuelve a formárseme en la garganta mientras se prepara un sándwich.

Ha envejecido; unas arrugas nuevas se abren en abanico desde las comisuras de sus ojos y de su boca. También está más delgado, como si hubiera empezado a correr. Me duele no saber a qué se dedica hoy en día, ni profesionalmente ni en su tiempo libre.

¿Siguen siendo las costillas de cerdo a la barbacoa su comida favorita? ¿Sigue prefiriendo la cerveza ligera a la normal? ¿Continúa siendo tan marcada como siempre su predilección por el chocolate negro en vez del chocolate con leche?

Pronto cumplirá cuarenta años y me pregunto si eso tendrá algo que ver con su repentina reaparición, si estará sufriendo alguna clase de crisis de la mediana edad que se manifiesta como sentimiento de culpa por el atroz abandono de su matrimonio y de su hija.

¿O se ha enterado de la inminente venta de la empresa y espera llevarse una jugosa porción del pastel?

Con ese importante cumpleaños tan próximo, me cuesta imaginar que vaya a tener cuatro hijos cuarentones cuando me parece que fue ayer cuando yo misma tenía esa edad.

El tiempo ha pasado deprisa y muchas cosas han cambiado.

Por aquel entonces creía tenerlo todo claro, incluido cómo sería mi vida. Lástima que me equivocara tanto.

—¿Te importa que me quede aquí? —Se sienta frente a mí a la inmensa mesa del comedor, sin tocar el sándwich, como si lo hubiera preparado para retrasar la conversación y no porque tuviera hambre—. No pasa nada si no puedo, puedo irme a un hotel...

—Esta es tu casa, claro que puedes quedarte —replico—. Pero necesito saber qué haces aquí y por qué has vuelto después de tanto tiempo.

Se encoge de hombros, coge el sándwich y se come la mitad antes de responder. —Me entraron unas ganas irresistibles de ver a mi familia.

Una mentira descarada. Lo noto porque es incapaz de sostenerme la mirada, cuando siempre ha sido de los que miran a los ojos. Mi chico atrevido y seguro de sí mismo, que nunca se arredraba ante nada.

—Cuando dices «familia», ¿te refieres a nosotros o a Ria y Shelby?

—A ambas. —Ignora mi sarcasmo y aparta el plato; la otra mitad del sándwich queda olvidada mientras la tensión marca dos surcos junto a su boca—. He pasado por casa de Ria de camino hacia aquí.

—¿Y?

—No ha ido bien, pero tampoco esperaba que así fuera. —Suelta un suspiro y los surcos alrededor de su boca se acentúan—. No es que la culpe.

—Es una buena mujer y una madre excelente —digo, preguntándome si ese será el verdadero motivo del regreso de mi hijo pródigo. ¿Un repentino deseo de ver a la hija que abandonó cruelmente hace cinco años? ¿Un intento de reparar el daño? ¿De buscar el perdón?

No puedo aventurar cómo reaccionará Ria.

Siempre adoró a Grayson, pero él le rompió el corazón y ella nunca volvió a hablar de él después de que se marchara, ni siquiera las pocas veces que saqué el tema con cautela para averiguar si habían mantenido algún contacto. —No le destroces la vida, ¿de acuerdo?

—No tengo intención de hacer eso. —Me lanza una mirada fulminante que recuerda tanto al niño testarudo que fue que se me corta la respiración—. Dudo que vaya a quedarme mucho tiempo, así que no trastocaré sus vidas.

—Entonces, ¿por qué has venido? —Cruzo los brazos y lo observo con los ojos de una madre que ya no conoce a ese hombre que sigue siendo su niño, si es que alguna vez llegó a conocerlo—. Han pasado muchas cosas últimamente y ya tenemos bastante con lo nuestro.

—¿Qué quieres decir?

La cautela asoma a sus ojos, como si le importara. Es un juicio cruel, pero mi cinismo innato insiste en que, tras la reaparición de mi hijo menor después de tantos años, hay algo más que un interés sincero por su familia.

—Se avecinan grandes cambios en esta familia y no es buen momento para que aparezcas de la nada sin dar ninguna explicación convincente.

Su ceja arqueada se burla de mí. —¿Y todo lo demás?

—¿Por ejemplo?

—Ria me ha contado que Ashlin tuvo un accidente de coche, que un ciclista estuvo a punto de atropellarte y que Shamira acabó en el hospital después de que la envenenaran. —Aprieta la boca hasta convertirla en una línea sombría—. ¿Estáis todos bien?

—Evidentemente. —Agito ante él la muñeca vendada—. Yo estoy bien, Shamira también, y Ashlin sufrió heridas leves y ya está en casa, aunque estoy cuidando de sus hijas hasta que se recupere.

Arquea también la otra ceja. —¿Dónde está Justin?

Vacilo, pues no quiero contarle demasiado sobre el divorcio de Justin a un hijo en quien no puedo confiar. Sigo sin conocer el verdadero motivo de su aparición y, hasta que lo averigüe, debo ser prudente.

—Está tremendamente ocupado.

Una sonrisa irónica le tuerce la boca. —¿Cuándo no lo está?

—Ha sido el pilar de esta familia —digo, preguntándome si Grayson se sentirá culpable en absoluto por habernos abandonado—. Ya tenemos bastantes cosas entre manos como para añadir a la mezcla tus intenciones ocultas.

No rebate mi acusación, lo cual solo demuestra que mi intuición es correcta. Tiene un motivo para haber vuelto a casa, pero no piensa revelármelo.

Cuando lo miro fijamente, desafiándolo a confesar la verdad, aparta la mirada y la clava en algún punto por encima de mi hombro. —No te preocupes, me habré marchado de aquí dentro de unos días como máximo.

Parece perdido, como el niño que una vez corría hacia mí cuando las burlas de Justin se volvían insoportables, y cedo. —Quédate todo el tiempo que quieras. Pero no causes problemas con Ria.

Me estudia con abierta curiosidad. —Proteges muchísimo a mi exmujer.

—Es la madre de mi nieta y me importan las dos.

No me reprocha que haya utilizado «importar» en lugar de «querer».

Claro que ninguno de mis hijos me ha oído nunca emplear la palabra que empieza por «q».

No soy dada a los grandes gestos ni a las declaraciones sentimentales.

No estoy hecha así. Crecer como hija única de unos padres que apenas se soportaban, seguido de mi propio desastre matrimonial, se encargó de que no quiera demasiado a nadie.

La gente me agrada, me importa, y ahí termina todo.

Por desgracia, mis hijos también lo saben.

—¿Sigue libre mi antiguo dormitorio?

Asiento. —¿No tienes maleta?

—Viajo ligero. —Levanta una pequeña bolsa de viaje y, una vez más, desvía la mirada con actitud evasiva, lo que me lleva a preguntarme qué secretos oculta mi benjamín—. Gracias por dejarme dormir aquí, mamá. Nos vemos por la mañana.

Me pone una mano en el hombro, un contacto fugaz que hace que me incline un poco hacia él, antes de salir de la cocina.

Lo oigo subir ruidosamente las escaleras, con el paso desconocido de unas pesadas botas de hombre.

Lo he echado de menos, aunque jamás lo admitiría.

Sin embargo, su repentina reaparición resulta desconcertante, otro suceso extraño más en el seno de mi familia.

Necesito respuestas, pero no tengo ni idea de cómo conseguirlas.