La última esposa Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

—Eres increíble. —Me pongo en pie de un salto y voy a zancadas hasta el despacho a por el portátil. Cuando me vuelvo para regresar al salón, está detrás de mí y obligo a mis sentidos a no aspirar su familiar loción de afeitado, de aroma amaderado.

—Toma. Mira esto y dime que me estoy imaginando que llevabas una vida secreta a mis espaldas.

Pulso con saña unas cuantas teclas y abro la foto que solo había mirado una vez cuando llegó a mi bandeja de entrada como una bomba sin detonar hace cinco años, el día después de que mi matrimonio saltara por los aires.

Se inclina para observar la foto en la que aparece desnudo, manoseado —y cosas peores— por dos mujeres también desnudas durante un trío, mientras yo aprieto los dientes ante su cercanía.

—Ese no soy yo.

—Estás lleno de...

—Está manipulada —dice, señalando el cuello—. Han puesto mi cabeza aquí y no se nota el montaje porque la mano de la rubia lo tapa.

—Y una mierda —replico, pero la mirada se me va al punto que señala.

Cuando recibí la foto, le eché un vistazo, me eché a llorar y corrí al baño a vomitar.

Me había puesto enferma pensar que el hombre al que amaba, el que me daba masajes en los pies por las noches y me preparaba chocolate caliente con minúsculas nubes, me había engañado no con una mujer, sino con dos.

Ni siquiera se me había ocurrido que la foto pudiera estar trucada, porque el día anterior él ya había huido de nuestro matrimonio y la imagen se limitaba a darme el motivo.

—Ria, mírame.

Su voz baja y ronca me envuelve, y reprimo la reacción visceral que me incita a inclinarme hacia él.

—Mírame. —Me toca el hombro y me aparto de golpe para librarme de su contacto—. Ese no soy yo. Jamás te fui infiel durante nuestro matrimonio y, desde luego, no me iban cosas como esta.

Quiero gritarle que miente, que si ha pirateado mi ordenador probablemente haya hecho algo con la foto para que parezca falsa. Pero me arriesgo a mirarlo y veo que no hay engaño en su expresión, que la confusión sigue oscureciendo esos ojos inolvidables.

En contra de mi buen juicio, lo creo. —Entonces, ¿por qué te fuiste?

Da un respingo, como si lo hubiera electrocutado. —¿Crees que me fui por eso ?

—¿Por qué, si no? No es que me dieras ninguna otra explicación —susurro, aunque en realidad no quiero oír la respuesta.

Porque, si esa foto incriminatoria es falsa y no tuvo nada que ver con la desaparición de Grayson, significa que se marchó por algo relacionado conmigo, y no puedo soportarlo.

Creía que éramos una pareja estupenda. Por supuesto, teníamos nuestros problemas, como cualquier matrimonio.

Discutíamos, sobre todo por dinero y por la frecuencia con la que él metía la mano en la inagotable cuenta familiar de los Parker.

Yo quería ser independiente; él estaba acostumbrado a que le sirvieran en bandeja de plata lo que deseaba.

Pero nunca pude reprocharle nada respecto al amor que sentía por Shelby y, la mayoría de los días, por mí, lo que hizo aún más difícil encajar su marcha.

Nadie lo entendió. Ni siquiera May supuso darme una respuesta, y por eso ha cuidado de mí durante todos estos años.

—Intentaré explicártelo... —Se pellizca el puente de la nariz, un gesto típico de Grayson que me catapulta a una época en la que sabía que significaba que estaba buscando excusas a la desesperada—.

Por aquel entonces, creías que yo aguantaba trabajar para Parker Partnership. Pero lo que no sabías...

Frunce el ceño, un gesto que apenas le resta atractivo a ese rostro tan guapo que he explorado con exquisito detalle con los dedos y la boca. Malditos recuerdos.

—Husmeé donde no debía y acabaron amenazándome por ello. Una amenaza seria, de las que no podía ignorar por lo que podía suponer para nosotros.

Inspira hondo y expulsa el aire. —No podía arriesgarme a que os hicieran daño a ti o a Shelby, así que tuve que marcharme. Fue el precio que tuve que pagar para manteneros a salvo.

Lo miro incrédula, atónita de que el hombre con el que había convivido durante siete años no hubiera confiado lo bastante en mí para contarme la verdad tanto tiempo atrás.

—No podía decírtelo. No tenía ni idea de quién podía estar escuchando.

Podrían haber intervenido nuestros ordenadores o teléfonos y no podía correr ese riesgo.

—Se encoge de hombros, como si su historia absurda, sacada de una película de espías, careciera de importancia—.

Os amenazaron a ti y a Shelby; dijeron que tenía que marcharme o atenerme a las consecuencias.

Niego con la cabeza. No consigo despejar la niebla que me dificulta pensar con lógica. La magnitud de su confesión me desconcierta. —Pero podrías haberlo escrito todo para explicármelo. ¡Podrías habérmelo contado!

—No quería poneros en peligro ni a ti ni a Shel y, si te hubiera contado la verdad, conociéndote, habrías seguido investigando para tratar de averiguar quién estaba detrás. —Me lanza una mirada con intención—. Como estás haciendo ahora con esos otros correos.

Maldito sea por tener razón. La amargura me cierra la garganta. —Tenía que haber otro modo.

—¿Crees que no agoté todas las posibilidades intentando encontrar una solución antes de marcharme?

—Extiende las manos con las palmas hacia arriba, como si no tuviera nada que ocultar—.

Me tomé en serio sus amenazas y dejaron claro que tenía que irme.

No podía arriesgarme a exponeros a ti y a Shel a ningún peligro.

Lo observo estupefacta porque, incluso ahora, de algún modo distorsiona sus retorcidas motivaciones para hacernos responsables a nosotras.

—Qué noble por tu parte. Tenías otras opciones, como no meter las narices en asuntos ajenos desde el principio. ¿Por qué no te limitaste a hacer tu trabajo, a mantenerte en tu sitio como un buen Parker y a protegernos?

He alzado la voz y hago un esfuerzo por bajarla, pues no quiero despertar a Shelby. —Te ocupabas de tareas informáticas generales para la empresa y hacías tus pinitos como hacker en casa. ¿Qué te hizo pensar que podías hacer algo así en el trabajo...?

—Esto te viene grande. —Su solemnidad resultaría alarmante de no ser porque hace mucho tiempo que dejé de aceptar consejos de este egoísta—.

Si yo he podido piratear tu ordenador, los malos también pueden, así que quienquiera que enviara esos correos está atacando a esta familia y no quiero que ni tú ni Shel tengáis nada que ver con esto.

—Demasiado tarde, teniendo en cuenta que esos correos solo me los enviaron a mí. —Lo miro fijamente, intentando intimidarlo, sin que ninguno esté dispuesto a ceder un ápice.

—¿Le has preguntado al resto de la familia si ha recibido alguno?

—Por supuesto, pero... —Dejo la frase en el aire, consciente de que tarde o temprano tendré que contarle el resto, pero demasiado alterada por sus revelaciones para saber qué creer—. Ha habido algunos accidentes. Ashlin, tu madre, Shamira...

—¿Qué clase de accidentes? —Palidece y extiende una mano como si quisiera consolarme.

—Obligaron a Ashlin a salirse de la carretera y el coche quedó en siniestro total, alguien en bicicleta tiró al suelo a tu madre y envenenaron a Shamira.

—Joder. —Se pasa una mano por el pelo y yo resisto el impulso de ahuecárselo como hacía antes. —¿Y crees que está relacionado con los correos que recibiste?

—Tiene que estarlo.