La última esposa Capítulo 33
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Capítulo 33

Capítulo Treinta Y Tres

RIA

E sa noche estoy sentada frente al ordenador, consciente de lo que tengo que hacer, pero demasiado asustada para dar el paso. Trazar un plan es fácil. Lo jodido es llevarlo a cabo.

Grayson no ha respondido a mi correo, así que ahora tengo que ahondar más.

Me digo que estoy haciendo algo bueno al pedirle a Lars que piratee la mayor base de datos de Estados Unidos a través de la web oscura para dar con Grayson; que lo hago para proteger a Shelby y a la familia.

Muy altruista, sí, pero ¿cómo se lo explico a Lars?

La excusa de «lo necesito para un artículo que estoy escribiendo» solo me servirá un número limitado de veces.

Además, si pillan a Lars, no me protegerá, y eso podría significar que a mí también me procesen.

¿Qué sería de Shelby? Sin embargo, es precisamente el pensamiento de mi hija lo que me impulsa a actuar, porque quiero mantenerla a salvo de quienquiera que esté atacando a nuestra familia.

Sigo sin estar convencida de estar haciendo lo correcto, pero necesito esa información desesperadamente.

Y, justo cuando mis dedos avanzan poco a poco hacia el teclado para contactar con Lars, suena el timbre.

Irritada por el inmenso alivio que me produce el sonido, voy hacia la puerta, la abro y la conmoción me deja sin habla.

—Cuánto tiempo sin verte. —Grayson, mi exmarido, desaparecido hace años, me dedica esa sonrisa tímida que tanto me gustaba—. ¿Puedo pasar?

Quiero cerrarle la puerta en las narices. Quiero darle un puñetazo. Quiero aporrearle el pecho con los puños por todo el dolor que me causó al esfumarse hace cinco años.

Pero estaba a punto de permitir que un compañero de confianza cometiera un delito federal para dar con él, así que abro del todo la puerta y me muerdo la lengua para no soltarle lo primero que me viene a la cabeza: «Que te den».

Me hizo daño. Mucho. Lo había amado sin reservas y él me lo arrojó a la cara el día que se marchó de aquí sin mirar atrás.

Y en cuanto a esa foto... No, jamás podré perdonarlo por la vida secreta que me ocultó ni por las náuseas que me provocó ver la prueba.

Lo sigo hasta el salón, odiando que recuerde dónde está todo y que no le dé la menor vergüenza demostrarlo.

Peor aún: me descubro admirándolo. Lleva unos vaqueros de cintura baja deshilachados en los bajos, una suave camiseta de algodón azul muy claro y zapatillas deportivas.

Hay más canas entre los rizos castaños que le rozan el cuello y, cuando se vuelve hacia mí, reparo en las finas arrugas que le rodean los ojos y se le marcan entre las cejas.

Sin embargo, sus ojos siguen iguales: de un azul intenso que raya en el aguamarina.

Ojos Parker, aunque los de Justin son color avellana.

Al instante me siento desleal por compararlos, a pesar de que el hombre que tengo delante, con su estudiada indiferencia, me abandonó y no merece mi lealtad.

—¿Me has echado de menos?

Maldita sea, sus labios se curvan con la misma indolencia de siempre y siento una chispazo en lo más profundo de mí. Mala señal.

—¿Qué haces aquí, Grayson?

Por suerte, la voz no me tiembla, pese a la confusión que se desata en mi interior.

—He venido porque te pusiste en contacto conmigo. —La preocupación le oscurece los ojos hasta volvérselos añil—. ¿Estás bien? ¿Y Shelby?

Como si fuera lo más natural del mundo preguntar por nosotras después de todo este tiempo. Idiota.

—Estamos bien. —Vuelvo a sentir un fuerte impulso de pegarle, pero clavo las uñas en las palmas para contenerme y lo fulmino con la mirada—. Shelby está dormida y me gustaría que siguiera así.

Lo último que necesito es que mi hija se quede descolocada al ver que un padre al que apenas recuerda reaparece de la nada, por Dios sabe cuánto tiempo, antes de volver a largarse.

Su expresión se dulcifica, y el destello de afecto en sus ojos hace tambalear mi determinación de echarlo cuando más la necesito. —¿Cómo está?

—Bien —respondo con brusquedad, cruzándome de brazos en un gesto puramente defensivo que de poco servirá si se acerca a menos de treinta centímetros.

Porque mi cuerpo reacciona de forma traicionera: el calor me inunda y siento un hormigueo donde no debería al recordar exactamente lo bien que nos iban las cosas. Para mi irritación, me arden las mejillas, delatando como un faro mi irracional reacción física al volver a verlo.

—Pareces alterada —dice con esa voz lánguida que me eriza de indignación e intensifica el rubor que me abrasa la cara.

Compongo mi mejor gesto de desaprobación. —Es lo que pasa cuando te presentas en mi puerta tras cinco años sin dar señales de vida.

Al menos tiene la decencia de mostrarse avergonzado. —Tengo mis motivos.

¿Habla en serio? Quiero estrangularlo por romperme el corazón y dejarme sola al cuidado de Shelby cuando más lo necesitaba. Veo cómo ella idolatra a Justin y a Trent, desesperada por tener una figura paterna cuando a su propio padre le da igual.

—Y tanto que lo sé —mascullo, volviéndome antes de decir algo de lo que me arrepienta.

Aunque, bien pensado, ¿por qué me importa? No le debo nada a este hombre. Me arrancó el corazón cuando desapareció. Un minuto éramos felices y al siguiente se había ido, sin dar explicaciones.

Sí, nunca había ocultado su descontento en la empresa, pero jamás esperé que esos sentimientos acabaran cristalizando en algo tan destructivo.

Luego llegó esa foto suya en una situación comprometida y di por sentado que ese era el verdadero motivo de su huida.

Me repugnaba pensar que lo había amado, que había convivido con él y me había casado con él cuando, en realidad, no lo conocía de nada.

Tras lo que vi en esa foto, debería alegrarme de que abandonara nuestro matrimonio. Pero destrozó a nuestra familia y jamás se lo perdonaré.

—Nunca te habrías puesto en contacto conmigo si no fuera urgente.

—Se ha acercado a hurtadillas por detrás y me pone una mano en el hombro.

Para mi vergüenza, permito que la deje ahí unos instantes porque su contacto me resulta dolorosamente familiar y agradable, antes de encoger el hombro para apartarla y volverme hacia él—. Estoy preocupado por ti.

—Demasiado poco y demasiado tarde. —Lo fulmino con la mirada, preguntándome si percibirá la ira que irradio y que me hace sentir como si ardiera por dentro—. No tengo la menor idea de qué haces aquí cuando podrías haberme respondido por internet.

Vacila, como si se planteara decirme la verdad, antes de negar con la cabeza.

—Hace cinco años que me marché, Ria, y durante todo este tiempo, nada.

Podrías haberme buscado en innumerables ocasiones, pero decidiste no hacerlo.

Así que el mero hecho de que lo hayas hecho ahora significa que ocurre algo grave y quiero saber qué es.

Debería sentirme aliviada de que esté aquí, de poder enseñarle las pruebas y contárselo todo en persona. Pero cuanto más me observa con esos asombrosos ojos azules llenos de preocupación, más me cuesta recordar que debo odiarlo por habernos destrozado.

Suelto el aire con fuerza. —Necesito tu ayuda.

—Creo que sé por qué.

Arqueo las cejas. —¿Cómo lo sabes?

—Porque, cuando te pusiste en contacto conmigo, supe que tenía que ser algo importante, así que pirateé tu ordenador —dice con más seriedad de la que le he oído nunca, y la confesión me deja sin habla.

—Estás sorprendida. —Extiende la mano para tocar la mía y yo la retiro de un tirón, consiguiendo por fin que la cabeza y la boca me funcionen a la vez.

—¿Qué coño te pasa? —El pecho se me oprime de rabia y la indignación me hace temblar—. ¿Cómo te atreves?

Aunque necesito desesperadamente su ayuda, me siento ultrajada. Que este hombre haya husmeado en mi vida sin mi permiso me parece rastrero. Me pica la palma de la mano por las ganas de darle una bofetada, cuando jamás he abofeteado a nadie.

Inspira y suelta el aire, desviando la mirada con actitud evasiva. —Vi los correos, así que supongo que se trata de eso.

Ya no lo conozco. Teniendo en cuenta lo que vi en esa foto hace cinco años, quizá nunca lo conocí.

Cuando empezamos a salir, hace doce años, creía saberlo todo sobre él.

Que le gustaban los huevos escalfados sobre tostadas untadas con aguacate.

Que le gustaba repantigarse los domingos por la noche a ver conmigo programas de telerrealidad mientras yo me acurrucaba contra su costado.

Que le gustaba que me pusiera encima tantas veces por semana como fuéramos capaces.

Las mejillas vuelven a encendérseme. Tiene que ser de rabia. Debo seguir repitiéndomelo.

—No tenías derecho a piratear mi ordenador. —Me dejo caer en la silla más cercana, agradecida cuando mantiene las distancias y se sienta frente a mí, con la mesa de centro de por medio.

—Lo sé, pero me asusté muchísimo cuando me contactaste —dice, dejando un brazo apoyado en el respaldo de la silla como hacía antes.

Una vez más, me asaltan los recuerdos de una época en la que creía que este hombre lo era todo para mí—.

Y, aunque no sirva de mucho, lamento haber accedido a tu ordenador.

No digo nada; me limito a cruzarme de brazos y al final continúa. —Lamento muchas cosas. —Se golpea el pecho con un puño, a la altura del corazón—. Alejarme de lo que teníamos me mató por dentro, pero tenía que hacerlo. Lo que estaba haciendo no me dejó otra opción.

—No quiero oírlo. —La bilis me abrasa la garganta al pensar en lo que había estado haciendo antes de marcharse—. Tus perversiones ya no tienen nada que ver conmigo.

La confusión le surca la frente. —¿Perversiones?

Tiene el descaro de fingir inocencia y estoy a punto de perder los estribos. Quiero gritar, despotricar y lanzarle algo, pero no quiero despertar a Shelby.

—Déjate de gilipolleces. —Inspiro hondo, intentando que la furia remita—. Vi la foto.

Me mira fijamente, con los ojos desorbitados por la sorpresa. —¿De qué estás hablando?