Capítulo 28
Capítulo Veintiocho
SHAMIRA
T engo un mechón de pelo sobre la mejilla izquierda y me pica.
Estoy agotada. Tan cansada que hasta me pesan los párpados, como si me los hubieran lastrado con pesas.
Igual que el corazón, que se me ha hecho más pesado cada vez que he intentado cruzar la mirada con Trent esta noche y él me ha ignorado.
Al menos ha venido al evento. No me ha ayudado ni me ha dirigido la palabra; ha esperado hasta que han empezado a llegar los primeros invitados para apagar la música y bajar.
Parece que no ha dormido en una semana, pero sé que no es verdad.
No le he contado la verdad hasta esta mañana.
Sin embargo, está desaliñado, con la camisa arrugada medio por fuera de los pantalones, las mangas remangadas a distinta altura, y le falta un calcetín.
Nadie comenta nada porque se muestra tan encantador y despreocupado como siempre con todo el mundo menos conmigo. Finjo que no me afecta, pongo buena cara ante los invitados, pronuncio mi discurso de bienvenida y reparto muestras gratuitas. Pero por dentro estoy destrozada y dudo de todo.
¿Esperará a que se marche todo el mundo para echarme? ¿Volverá a hablarme o querrá gestionarlo todo mediante abogados, como imagino que harán Justin y Ashlin?
Levanto la mano para apartarme el pelo de la mejilla y entonces me doy cuenta de que tengo los ojos cerrados y de que no me estaba imaginando la pesadez de los párpados.
Consigo abrirlos con dificultad. Los noto ásperos y secos, como si estuvieran pegados con cola.
Cuando por fin los abro del todo, veo a Trent, con la cara a pocos centímetros de la mía.
No parece enfadado. Parece aliviado. Sincero. ¿Me atrevería a decir que feliz?
—Gracias a Dios que estás bien. —Se inclina para rozarme los labios con un beso delicado—. Me has dado un susto de muerte. No vuelvas a hacer algo así, ¿de acuerdo?
—¿Qué ha pasado? —Tengo los labios tan secos y pegados como los párpados. Anticipándose a mis necesidades, como siempre, desliza una pajita entre ellos y succiono agradecida. El agua fría me llena la boca y me baja por la garganta, aliviando la tirantez.
Aparta la mirada, como si no quisiera contármelo, y entonces me doy cuenta de otra cosa. Estoy en el hospital. Cuando muevo la mano, noto el tirón de una vía insertada en ella.
—¿Ha habido un accidente en la fiesta?
—Algo así —dice por fin, y la ternura de su voz está a punto de derrumbarme—. ¿Recuerdas qué pasó?
Hago una mueca. Me duele todo, como si me hubiera estampado de frente contra una pared y tuviera la cara amoratada. —No mucho. Creo que la presentación fue bien, pero estaba cansada, así que tomé un poco de mi mezcla energética.
Asiente, y su expresión grave me advierte de que quizá no me guste lo que está a punto de decir. —Te desmayaste. La ambulancia te trajo aquí. Toxicología hizo unos análisis. Tenías un nivel alto de acetaminofeno en sangre.
—¿Y qué demonios es eso?
—Lo llaman APAP. Se encuentra en algunos analgésicos, jarabes para la tos y cosas así. En dosis pequeñas no pasa nada, pero en dosis grandes puede ser letal.
Me duele la cabeza. No entiendo lo que me está diciendo. —¿Cómo ha entrado en mi organismo?
Vislumbro en los ojos de mi marido algo que nunca había visto: miedo.
—Había restos en tu botella de mezcla energética.
Deja que asimile lo que eso implica y tardo un instante en comprender la verdad.
—¿Alguien ha intentado envenenarme?
—No lo sabemos, pero eso parece. —Se encoge de hombros, como si estuviera impotente—.
A menos que lo hicieras tú por accidente.
No sé qué utilizas en esa mezcla y el farmacéutico dijo que quizá añadiste sin querer demasiada cantidad de alguna sustancia, lo que provocó un desequilibrio y una posible reacción.
Es una estupidez y ambos lo sabemos.
Aunque sí estaba distraída después de contarle la verdad. Quizá mezclé demasiada cantidad de algo… aunque nunca he oído hablar del APAP y dudo que pueda fabricarlo mezclando albahaca, hojas de canela, limón y una infusión de menta.
Lo que significa que alguien lo añadió a mi bebida. Pero ¿quién?
La principal sospechosa es Ashlin, teniendo en cuenta que largué lo de su inminente divorcio antes de que Justin se lo comunicara, pero ella no estaba allí.
Eso deja a un montón de desconocidos, clientes de pago y familiares.
Le caigo bien a mi suegra, igual que a Justin y a Ria.
El único que tiene motivos para sentir animadversión hacia mí es mi marido.
Pero ¿recurrir a envenenarme para darme una lección? Es absurdo. Trent es el hombre más tranquilo y cariñoso que he conocido. Me adora. ¿La revelación sobre mi pasado lo ha llevado demasiado lejos?
Si es así, jamás podré contarle lo que le pasó a nuestro bebé.
—Solo utilizo ingredientes naturales. Dudo que nada de lo que mezclo pueda hacer aparecer veneno de la nada.
Estoy agotada; la confusión agrava mis dudas sobre mi marido, siempre tan firme y fiable.
—Pero incluso las sustancias naturales pueden ser tóxicas si se toman en dosis equivocadas. Al menos eso es lo que dijo el farmacéutico —añade, como si le pusiera nervioso que pueda pensar que sabe demasiado y culparlo de algún modo.
No sé qué pensar. Salvo que no puedo confiar en nadie, ni siquiera en mi marido.
—Estoy cansada. —Cierro los ojos, esperando que capte la indirecta.
Por suerte, lo hace. —Descansa. Estaré aquí mismo esperando cuando despiertes.
Me coge la mano y el movimiento rítmico de su pulgar sobre el dorso me resulta tan familiar que me escuecen los ojos. Debería sentirme reconfortada y aliviada porque haya vuelto a tocarme.
Pero no es así.
Lo único que siento es temor porque alguien quiere hacerme daño y no tengo ni idea de quién es.