La última esposa Capítulo 24
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Capítulo 24

Capítulo Veinticuatro

MAY

— E res una milagrera. —Christine me mira con los ojos muy abiertos, maravillada, mientras paseamos por Chapel Street, algo que no hacíamos desde que Christine era pequeña.

Por aquel entonces, me encantaba exhibir a mis preciosos hijos por la zona comercial más de moda de South Yarra.

Me deleitaba con los cumplidos de los desconocidos y deseaba en silencio que mi madre se hubiera sentido igual de orgullosa de mí cuando era pequeña.

Pero había sido una mujer fría, una madre distante que apenas me abrazaba y mucho menos me cogía de la mano cuando salíamos en público.

Me reprendía constantemente por no ser lo bastante buena: una amazona mediocre, una bailarina de ballet pésima y nunca lo bastante delgada.

Puede que no haya sido la mejor madre para mis hijos, pero ni de lejos fui tan mala como la tirana que me crio. No lloré su muerte cuando yo tenía veinte años. Dejarme su fortuna fue prácticamente lo único maternal y de algún valor que hizo por mí.

Hoy es como retroceder en el tiempo cuando Christine entrelaza su brazo con el mío, como si se sintiera orgullosa de que la vean con su madre, una ocasión muy poco habitual.

Desde que me reveló la verdad sobre su consumo de drogas, de algún modo hemos estrechado lazos.

He procurado no sacar el tema y, gracias a eso, parece más relajada en mi compañía.

No es que me haga ilusiones; le espera un camino difícil y querrá recorrerlo sola, sin que yo intervenga. Pero, de momento, disfruto de pasar tiempo con mi hija por primera vez en años y confío en que nuestra relación haya cambiado.

—¿Milagrera? —Me hago la tonta, aunque sé a qué se refiere Christine. Llevo toda la mañana radiante por eso.

—Ingresar en rehabilitación e intentar empezar de cero es lo que necesito.

—Christine apoya la cabeza en mi hombro, una insólita muestra de afecto que me hace un nudo en la garganta, antes de enderezarse—.

He estado negando la realidad y tú me diste el apoyo que necesitaba para admitir lo que estaba pasando, así que eso sin duda es una especie de milagro.

—No sabes lo feliz que me haces. —Estoy eternamente agradecida de que mi hija por fin haya entrado en razón y quiera tomar las riendas de su vida—. El doctor Limstone te dio un buen susto, ¿eh?

—Sí, recurrió a tácticas para asustarme de verdad, pero necesitaba ese toque de atención, así que le di permiso para que me consiguiera plaza en un centro de rehabilitación. —Christine guarda silencio antes de continuar—: ¿Significa eso que estarás vigilándome constantemente cuando salga?

Niego con la cabeza. Ojalá pudiera encaminar a mi hija hacia una afición menos peligrosa, pero sé que, en última instancia, la decisión debe ser suya. —Ya sabes lo que pienso. Tenía que intervenir, pero ahora confío en que tomes decisiones más sensatas.

Christine hace una mueca. —Bonita forma de hacerme sentir culpable, mamá.

Sonrío y acaricio la mejilla de mi hija. —Para eso estamos las madres.

Mantener esta conversación con Christine me llena de euforia. Al tenerla esta vez en casa, la culpa me aguijoneaba la conciencia, y me alegro de haber hablado por fin. Debería haberlo hecho hace mucho tiempo.

Llegamos al final de la manzana, donde Chapel Street se cruza con Toorak Road, un bullicioso núcleo de la cosmopolita Melbourne que me encanta.

—¿Te importa si sigo un poco de compras y nos vemos luego en casa?

Asiento. —Adelante. ¿Quieres que te deje el coche?

—No digas tonterías, cogeré un taxi. —Christine me besa en la mejilla, otro raro gesto de cariño que me alegra el corazón—. Hasta luego.

Observo a mi escultural hija alejarse por Chapel Street, devorando la acera con sus largas zancadas, viva imagen de una mujer segura de sí misma con sus vaqueros de diseño, su blusa vaporosa, sus botines de tacón ancho y su chaqueta de cuero.

No quiero cuestionarme si mi hija está mejor, porque sé de primera mano que la seguridad puede ser una fachada.

La mayoría me considera una controladora autoritaria.

Cuando entro en una comida benéfica, la gente se pliega a mis deseos.

Cuando atravieso con paso decidido la sede de Parker Partnership, los empleados se muestran deferentes y respetuosos, aunque algunos parecen aterrados.

Estoy acostumbrada a dominar una sala y a todos los que hay en ella.

La riqueza trae consigo poder, y he tenido la suerte de disfrutar de ambos durante mucho tiempo, consciente de que ser un Parker tiene mucho que ver con la imagen que uno proyecta: con aplomo y la cabeza bien alta.

¿Se habrá visto mi única hija obligada a recurrir a las drogas para sentirse igual de poderosa?

Eso me hace preguntarme si mi forma dominante de ser ha tenido algo que ver.

¿Habrá afectado a mi hija mi actitud fría e indiferente?

No es la primera vez que se me pasa por la cabeza.

Si una simple salida de compras después de pasar unos días conmigo ha aliviado la tensión de Christine, no puedo evitar pensar que tal vez yo sea una de las razones que hay detrás de su adicción a las drogas.

La idea me resulta muy desagradable.

¿Cuánta atención les he dedicado a mis hijos a lo largo de los años?

¿Cuántas veces he indagado en sus vidas para conocerlos de verdad?

Percy detestaba las emociones y hacía lo que fuera por evitarlas; como padres, habíamos sido demasiado distantes con nuestros hijos.

Las reuniones periódicas que organizo ahora no son más que humo y espejos: sirven para mostrar un frente unido, proyectar una imagen pública de unidad y ofrecerme un foro donde imponer mi control.

Darles acceso a la fortuna familiar ha sido mi forma de demostrarles que me importan.

Pero, de todos mis hijos, solo Trent parece feliz y equilibrado, y detesto admitir que quizá sea en parte responsable de que los demás sean tan disfuncionales.

Soporté durante muchos años el desprecio manifiesto de Percy y sé que puede que yo haya tratado del mismo modo a mis hijos.

No puedo cambiar el pasado. No puedo cambiar su infancia, pero sí puedo intentar ser mejor madre ahora, y esa es la verdadera razón por la que esta vez tendí la mano a Christine y le pedí que se quedara.

Ser la matriarca conlleva responsabilidades, y yo me tomo las mías muy en serio. Ya les he fallado antes a mis hijos; que me condenen si vuelvo a hacerlo. Por eso cuidar de mis nietas se ha vuelto tan importante para mí. Es mi única oportunidad de redimirme.

Pensar en mi familia y en la adicción de Christine me deja exhausta, y estoy deseando volver a casa y disfrutar de una última hora de paz antes de que las niñas salgan del colegio. Como Christine estará fuera unas horas más, podré saborear el silencio de mi hogar.

Dejo atrás la concurrida Toorak Road y giro a la izquierda para entrar en la tranquila calle lateral donde he aparcado, imaginándome ya una humeante taza de Earl Grey y una galleta de mantequilla artesanal, cuando un fuerte peso me golpea entre los omóplatos y me lanza hacia delante.

Me tambaleo y extiendo las manos para evitar la caída. Sin equilibrio, me precipito hacia delante, tropiezo con la acera y caigo despatarrada sobre la franja de césped, apoyando todo mi peso sobre la muñeca.

Un dolor intenso me sube por el brazo y grito.

Se me nubla la vista mientras levanto la mirada justo a tiempo para ver a un ciclista alejarse sin detenerse.

No distingo si la persona que me ha golpeado es un hombre o una mujer porque lleva una de esas ridículas sudaderas unisex con capucha y avanza deprisa, como si estuviera deseando escapar.

Intento incorporarme para quedar sentada, pero el dolor de la muñeca me corta la respiración, así que permanezco inmóvil.

—¿Está bien? —Una madre joven que empuja un cochecito se detiene para ayudarme a levantarme, con el ceño fruncido por la preocupación—. He visto cómo ese tipo la arrollaba.

—Seguro que ha sido un accidente. —Intento mover la muñeca y ahogo un grito de dolor. No tengo tiempo para una muñeca rota, y me pondré hecha una furia si un ciclista idiota me ha hecho esto.

—A mí no me lo ha parecido. —La mujer señala mi muñeca, que ya se ha hinchado—. ¿Quiere que la lleve a urgencias para que se la examinen?

—No, estoy bien, y gracias por su ayuda.

La mujer asiente, aunque me observa preocupada, mientras yo doy vueltas a lo que ha dicho. No tiene sentido que alguien intente atacarme deliberadamente. No tengo enemigos. Rivales celosos en el mundo de los negocios, sí, pero los tengo desde hace años.

¿Por qué iba un imbécil en bicicleta a arrollarme? Esta mujer se equivoca. Hay personas dadas al dramatismo, y yo no tengo tiempo para eso ni lo he tenido nunca.

Aprieto los dientes ante una punzada de dolor en la muñeca y permito que me ayude a incorporarme hasta quedar sentada. Estaré bien. Tengo que estarlo, porque nada va a desbaratar mis planes para la empresa.