La última esposa Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Ria golpetea varias veces un sobre de azúcar contra las yemas de los dedos antes de rasgarlo por arriba y verter los granos en el café.

Eso también me molesta, el hecho de que ella tome azúcar cuando yo no puedo ni mirarla sin preocuparme por tener que hacer una hora más de ejercicio cardiovascular en el gimnasio.

La magdalena es algo excepcional para mí, pero necesito reponer fuerzas.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

Asiente mientras remueve el café—. Claro.

—Hace mucho que no me invitas a nada, así que ¿por qué hoy?

Se remueve incómoda antes de alzar la cabeza para mirarme a los ojos—. Porque quiero preguntarte si tienes enemigos.

—¿Enemigos? —repito como un loro, pareciendo idiota—. ¿Qué quieres decir?

—¿Has recibido algún correo, algún mensaje o algo por el estilo en el que te amenacen?

—No… —Dejo la frase en el aire al recordar cómo me respondió en la fiesta de May después de que me burlara de ella por su trabajo. Supuse que Shamira también le había contado sus sospechas a Ria y que por eso me había replicado de aquel modo. Pero ¿hay alguien más que sepa lo de mis aventuras?

—¿Qué está pasando?

Vuelve a vacilar, pero niega con la cabeza—. Nada. Solo que a veces me pregunto si los Parker son un objetivo.

—Te refieres al síndrome de la amapola alta, ¿no?

—Algo así. —Se encoge de hombros y da un sorbo al café—. Ser una familia prominente no siempre es bueno.

—Que me lo digan a mí —murmuro, pues conozco de primera mano el escrutinio que conlleva formar parte de una familia conocida.

En mi caso, vivir bajo una lupa empezó mucho antes de casarme con un Parker; ser una Garner generaba el mismo grado de escrutinio.

Cuando no me esforzaba por estar a la altura de las elevadas expectativas de mis padres, fingía ignorar las miradas envidiosas de las chicas del colegio.

Formar parte de una familia distinguida no era tan maravilloso como lo pintaban, y siempre me había sentido sola, incluso rodeada de gente, porque nunca sabía en quién podía confiar.

¿Les caía bien de verdad a mis amigos o los impresionaban el apellido, el prestigio y la riqueza de mi familia?

Ahora, con los crípticos comentarios de Ria sobre ser un objetivo, me pregunto qué está pasando.

Tener una aventura con Aaron, el mayor competidor de Justin, había sido una forma de vengarme de él por ignorarme; un acto infantil e idiota impropio de una mujer que debería tener más sentido común.

Ahora que le he puesto fin, espero no haber causado más problemas, aunque Aaron es demasiado egocéntrico para ser celoso.

No le faltarán mujeres con las que llenar su cama.

Pero Ria me pregunta por las amenazas por alguna razón, y eso me preocupa.

—¿Te ha amenazado alguien?

—No. —Me mira fijamente, con la mirada franca—. Pero creo que todos debemos tener cuidado.

Su advertencia me resulta extraña, pero, antes de que pueda preguntarle más, suena su teléfono. Mira la pantalla.

—Es la profesora de baile de Shelby, tengo que contestar.

Asiento, devoro la magdalena y me termino el café deprisa mientras ella atiende la llamada. No escucho a propósito, pero por sus respuestas deducido que Shelby opta a alguna clase de premio y quieren que Ria esté allí.

Cuando termina la llamada, las comisuras de los labios se le alzan en una sonrisa dulce y me doy cuenta de lo guapa que es.

Entiendo qué ve Justin en ella.

Es mi polo opuesto.

Ria posee una belleza natural. Lleva un maquillaje discreto y su cabello castaño rojizo no ha conocido el tinte.

Es la antítesis de mis cejas tatuadas, mi perfilador de ojos, mi delineador de labios y mi rubio teñido con mechas calculadamente distribuidas.

Además, es demasiado buena, así que ¿cómo no va a sentirse atraído por ella mi marido cuando yo he hecho todo lo posible por alejarlo durante el último año, más o menos?

De forma absurda, los ojos se me llenan de lágrimas y parpadeo para ahuyentarlas. Se me cierra la garganta y me duele el pecho. Me he hecho esto a mí misma, se lo he hecho a mi matrimonio. Yo. He permitido que mis inseguridades alimenten mi tendencia al autosabotaje y lo arruinen todo.

—Oye. —Me pone una mano en el antebrazo—. Sé que nunca hemos tenido mucha relación, pero, si alguna vez quieres hablar, desahogarte o lo que sea, puedes contar conmigo, ¿vale?

—Gracias. —Consigo esbozar una débil sonrisa, deseando haber hecho muchas cosas de otra manera, como permitir que esta mujer formara parte de mi vida, aunque solo fuera un poco.

Estar distanciada de mi única hermana significa que debería haberme esforzado más por conocer a mis cuñadas. Pero me gusta ser la mujer Parker que llama la atención, la que acapara todas las miradas, y esperaba lo mismo en mi matrimonio, algo que no me ha beneficiado en absoluto.

Aparta la mano de mi brazo—. Siento dejarte plantada, pero tengo que irme.

—No pasa nada, yo también tengo que irme.

Nos levantamos a la vez y nos detenemos, incómodas, sin saber si abrazarnos o darnos dos besos al aire. De forma impulsiva, me inclino hacia delante y la rodeo con los brazos en el más breve de los abrazos.

—Gracias otra vez por invitarme.

—Ha sido un placer —dice, mirándome asombrada mientras nos separamos, como si no terminara de creerse que esté siendo tan amable—. Cuídate, ¿vale?

—Tú también.

Dejo que salga delante de mí antes de coger el bolso para seguirla, porque, por segunda vez en apenas unos minutos, siento unas ganas inexplicables de echarme a llorar.