La última esposa Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Últimamente, además, ha habido otros rumores sobre Ashlin y un importante competidor.

Más vale no pensar en ello. Al principio me quedé horrorizada, pero la repugnancia ante la posibilidad de que su comportamiento pusiera en peligro el mayor acuerdo que la empresa se ha planteado jamás pronto dio paso a la esperanza de que mi hijo pusiera fin a su matrimonio de una vez por todas.

Ahora puede que mi deseo se haya cumplido.

—¿Dónde crees que está? —A Ellen le tiembla el labio inferior y los ojos se le llenan de lágrimas.

Lo último que quiero es que se eche a llorar, así que recurro a una distracción infalible con los niños: la comida.

—¿Qué os parece si nos concentramos en preparar una tanda de tortitas y volvemos a intentarlo más tarde?

Jessie, mayor y más madura de lo que corresponde a su edad, asiente solemnemente—. Buena idea, abuela.

Desde la puerta llega una discreta tos—. ¿Ha dicho alguien «tortitas»?

—¡Tía Chrissie! —Ellen cruza la cocina corriendo y rodea la cintura de Christine con los brazos—. Vamos a comer tortitas. ¿Quieres ayudar?

—Solo si me toca comerme la torre más grande. —La mirada inquisitiva de Christine se encuentra con la mía, y me pregunto cuánto habrá oído mi hija.

—Yo tengo bastante hambre —dice Jessie, dejando que su tía le dé un abrazo rápido antes de hacerle sitio junto a la isla de la cocina—. Si vas a comerte una torre grande, tendremos que hacer muchísimas.

—Me parece factible. —Christine me guiña un ojo y, en ese instante, al ver a mi hija con un informal vestido negro de verano salpicado de amapolas y una sonrisa radiante, de pie entre las niñas y como pez en el agua con unas varillas en la mano, casi olvido sus problemas.

—¿Por qué no hacéis vosotras las tortitas mientras yo descanso estos viejos huesos allí?

Christine resopla—. Tú no tienes nada de vieja.

—Sí, abuela, todavía vas a trabajar —interviene Ellen—. Otras abuelas usan andadores, huelen raro y no dan fiestas enormes.

—Me alegra no oler mal —digo. La inocencia de mi nieta alivia parte de mi ansiedad por la adicción de Christine y el estado del matrimonio de Justin—. Ahora, menos hablar y más trabajar, por favor. Esas tortitas no se van a hacer solas.

—La abuela es un poco negrera —dice Christine en un susurro exagerado—. Será mejor que las preparemos rápido.

Me siento en mi sillón de rayas favorito, en el rincón entre el invernadero y la cocina.

La luz del sol motea mi piel y resalta lo fina que está en el dorso de las manos.

Digan lo que digan mis nietas, me estoy haciendo vieja.

No me asusta, como tampoco me asusta la muerte.

Lo que odio es pensar que los millones que tanto me ha costado asegurar para mi familia puedan dilapidarse.

También odio perder el control, lo que significa que debo tomar medidas si el matrimonio de Justin se está viniendo abajo.

Las niñas revolotean alrededor de Christine como las abejas que crío al fondo del jardín, entusiasmadas y felices de un modo que hacía mucho que no veía.

Se lanzan harina y se untan la nariz con masa entre risitas y susurros.

Christine parece estar en su elemento. Debería tener todo esto. Hijos. Familia. Amor.

Miro mi teléfono, que permanece irritantemente silencioso.

Espero que Justin esté bien. Cierro los ojos e imagino cómo cambiarán las cosas si Ashlin deja de formar parte de esta familia.

Las reuniones mensuales en las que insisto serán menos tensas, eso seguro.

Mi nuera tiene la habilidad de detectar las debilidades de los demás y hurgar en ellas.

No es que se atreva jamás a provocarme a mí, porque valora demasiado su riqueza y su posición como Parker, pero he visto cómo busca las cosquillas a Ria con frecuencia y no me gusta.

Ashlin ocupa un lugar destacado entre la alta sociedad de Melbourne y hace ostentación de ello.

Por desgracia, un divorcio entre los Parker catapultará a la familia directamente a los primeros puestos de las columnas de cotilleos.

Pero no me importa cargar la culpa sobre quien la merece y, si Ashlin se atreve a decir una sola palabra en contra de Justin o de la familia, no tendré ningún reparo en difundir la «verdad» sobre sus supuestas aventuras.

Conozco a personas influyentes que me deben favores y se lo pasarán en grande mancillando la reputación de Ashlin para que, tras el divorcio, Justin inspire compasión en lugar de parecer débil. Y para dejar a Ashlin sin la cuantiosa pensión compensatoria con la que estará contando.

Oh, sí, no me cabe duda de que puedo manipular la situación para beneficiar a los Parker y condenar a Ashlin al ostracismo de una vez por todas.

—Ven a comer, abuela. —Jessie me toca suavemente el brazo y abro los ojos, sorprendida al descubrir que la mesa está puesta y que en el centro hay una alta torre de tortitas rodeada de distintos acompañamientos: una botella de sirope de arce, un pequeño recipiente con pepitas de chocolate y un cuenco de fresas.

—¿Me he quedado dormida?

Nunca duermo la siesta, y menos por la mañana. Aunque anoche apenas dormí, preocupada por Christine. Y ahora, darle vueltas a la posibilidad de un divorcio inminente en la familia, con todas sus consecuencias, puede haber hecho que diera una cabezada.

—Roncabas como un oso. —Christine sonríe, una sonrisa sincera que le quita años de encima.

—No digas tonterías, yo no ronco. —Me levanto, ignorando con determinación una punzada persistente en la rodilla derecha, y me reúno con ellas a la mesa.

—Tú sigue diciéndotelo. —Christine me pasa primero las tortitas—. La edad antes que la belleza.

Ellen gime—. Genial. Eso significa que a mí me toca comer la última.

Nos reímos al unísono y la tensión que aún me quedaba se desvanece.

Consigo comerme una tortita, otra sorpresa teniendo en cuenta que llevo años subsistiendo con una taza de café por la mañana.

Ser la esposa de un Parker conllevaba ciertas expectativas, y al principio me saltaba el desayuno para conservar la figura.

Mantuve la costumbre cuando me incorporé a la empresa porque quería ser de las primeras en llegar cada mañana.

Mientras Percy aparecía tranquilamente por la oficina a media mañana, yo estaba allí a las ocho en punto, aliviada por librarme de los dramas matutinos de llevar a los niños al colegio y encantada de encomendar aquella ardua tarea a las niñeras.

Los empleados respetaban mi diligencia, mientras que mis amistades admiraban que me dedicara al trabajo sin tener necesidad de hacerlo.

Había cultivado una imagen de mujer profesional, trabajadora y empresaria, al tiempo que era la anfitriona y madre perfecta en casa.

Esto último había sido una ilusión, porque vivía tan tensa que no lograba relajarme lo suficiente para comer y, últimamente, con mi plan en marcha, esas antiguas tensiones están resurgiendo.

Comemos y charlamos de cosas sin importancia mientras las niñas deleitan a Christine con historias sobre el colegio, sus amigas y sus ponis favoritos; su risa resulta contagiosa.

Jessie no mira ni una vez su teléfono, que en casi cualquier otra ocasión parece pegado permanentemente a su mano.

Ellen no pincha ni se burla de su hermana, como suele hacer cuando las veo juntas.

Y varias veces sorprendo a Christine dirigiendo miradas nostálgicas a sus sobrinas mientras devora las tortitas.