Capítulo 15
Capítulo Quince
MAY
D espués de que las niñas entren corriendo en la casa, me quedo en el porche delantero viendo a Ashlin alejarse a toda velocidad, como si llevara una legión de demonios pisándole los talones.
¿Qué clase de madre deja a sus hijas aquí sin dar ninguna indicación? ¿Han comido? ¿Tienen deberes? ¿A qué hora volverá?
Niego con la cabeza y cierro la puerta principal. No debería sorprenderme. Ashlin es la persona más egocéntrica y narcisista que conozco, siempre pendiente de su aspecto y de la imagen que proyecta.
Aunque, teniendo en cuenta el tiempo que pasa con Jessie y Ellen, llevándolas de un sitio a otro, asistiendo a sus partidos y demostrándoles un afecto evidente, está claro que quiere a sus hijas; pero me pregunto si su frenética agenda social no será a menudo a costa de su matrimonio.
Es egoísta por naturaleza, y yo debería saberlo, puesto que estuve casada con Percy durante varias décadas. Él también fue un padre ausente, demasiado ocupado con el negocio y sus amantes para prestar mucha atención a sus hijos.
Menos mal que podíamos darles dinero y las oportunidades que nuestra fortuna ponía a su alcance, porque en cuanto a apoyo emocional éramos pésimos.
Al menos Ashlin es mejor que yo en ese sentido.
No me di cuenta de lo desastrosa que había sido como madre hasta que vi a Ria y a Ashlin con sus niñas.
Cuando miran a sus hijas, por el tierno brillo de sus ojos resulta evidente que son el centro de su universo.
Me llena de pesar haber dejado a mis hijos, cuando eran pequeños, en manos de personas más capacitadas que yo para cuidarlos mientras me centraba en acrecentar la fortuna familiar. Me perdí tantas cosas…
—Abuela, nos morimos de hambre —grita Ellen desde la cocina.
Supongo que eso responde a la pregunta de si las niñas han comido.
Mientras me dirijo a la cocina, miro hacia el rellano de arriba. Christine aún no se ha levantado; de hecho, no ha hecho ni un ruido. No sé si preocuparme o sentirme aliviada.
Esta mañana ya me he puesto en contacto con el doctor Limstone, y me ha asegurado que conseguirá una plaza en el centro de rehabilitación lo antes posible si considera que Christine la necesita.
No me sorprende. El dinero manda, y solo los ricos y famosos pueden permitirse las exorbitantes tarifas de ese centro exclusivo.
—Abuela, ¿podemos hacer tortitas? —El grito de Jessie resuena por el largo pasillo y sonrío. Pasar tiempo con mis escandalosas nietas es justo lo que necesito hoy, y a ellas les vendrá bien estar con su tía, que no tiene hijos.
No es que Christine muestre mucha alegría al ver a las niñas cuando nos reunimos, pero espero que el entusiasmo de mis nietas se le contagie.
—Pues tortitas —digo al entrar en la cocina, donde descubro que las niñas ya han colocado harina, azúcar, huevos y leche sobre la encimera.
Ellen blande una cuchara de madera y Jessie señala un cuenco, preparada junto a los ingredientes.
—Pensamos que no dirías que no cuando vieras lo bien organizadas que estamos. —La sonrisa inocente de Ellen me enternece.
—¿Acaso os digo que no alguna vez?
Tiro de la coleta de Jessie y le revuelvo el pelo a Ellen mientras me deslizo entre las dos. Jessie abre la boca para responder y me adelanto—: Es una pregunta retórica.
Ellen frunce la frente—. ¿Y eso qué es?
—Una pregunta que haces sin necesitar realmente que te respondan. —Le paso los vasos medidores a Ellen.
—Creo que mamá hace eso todo el tiempo. —Ellen parece abatida—. Nunca quiere escuchar lo que papá tiene que decir.
Me pongo rígida, indignada por cómo afecta a sus hijas el egoísmo de mi nuera.
—Mamá está de mal humor hoy —añade Jessie, sorprendiéndome con su franqueza.
Como es la menor de las dos, Ellen suele soltar sin más exactamente lo que piensa. Jessie rara vez habla de su madre, y me pregunto cuánto habrá presenciado mi nieta mayor del turbulento matrimonio de sus padres.
—Seguramente porque papá no volvió a casa anoche. —Jessie aparta la mirada con aire furtivo y se ruboriza—. Casi todas las noches me quedo despierta esperándolo, solo para asegurarme de que llega bien. Pero anoche no lo oí subir las escaleras.
La serena afirmación de Jessie queda suspendida en el incómodo silencio que sigue hasta que Ellen pregunta—: ¿Y eso por qué?
—¿Y yo qué sé? —Jessie pone los ojos en blanco—. Probablemente volvieron a pelearse.
Ellen asiente con expresión seria—. Gritan en el coche cuando creen que no podemos oírlos. —Se mordisquea el labio inferior—. No creo que se caigan muy bien.
El corazón se me encoge de preocupación por mis niñas. Pero una pequeña parte de mí no puede evitar albergar la esperanza de que el matrimonio de mi hijo con la codiciosa Ashlin por fin haya llegado a su fin.
En otro tiempo había sido la pareja perfecta para Justin, su igual en todos los sentidos, pero últimamente mis prioridades han cambiado y he abierto los ojos respecto a quienes me rodean. Si algo está roto, quizá no merezca la pena arreglarlo.
Nunca he abordado el tema directamente con Justin, pero cada vez que lo veo —cuando estoy en la sede de la empresa, en una de mis veladas o cuando coincidimos al ir yo a ver a los nietos—, no logro recordar la última vez que pareció feliz.
La empresa sigue prosperando, sus hijas están contentas y la familia Parker está bien.
Así que no son esos posibles factores de estrés los que lo hacen desgraciado. Tiene que ser su matrimonio.
También he visto cómo se le ilumina la cara cuando está con Ria: va directo hacia ella en nuestras reuniones familiares, se interesa por su trabajo, presta atención a Shelby…
Y, aunque estoy muy lejos de ser una romántica y no puedo ni imaginar el frenesí de cotilleos que se desataría si alguna vez ocurriera algo entre mi hijo mayor y la exmujer del pequeño, no me importaría verlos juntos algún día.
Además, una vez vendida la empresa, la familia dejará de ser el centro de atención y una relación entre ellos no despertará tanto interés.
Justin se merece algo mejor, y Ria también.
Si el matrimonio de mi hijo ha terminado de verdad, esperaré el tiempo prudencial y después no dudaré en darle un empujoncito hacia Ria.
Para asegurarme de que la fortuna de los Parker permanezca en la familia, de un modo u otro.
Absorta en mis reflexiones, noto que me tiran de la manga—. Abuela, ¿te hemos puesto triste al hablar de mamá y papá?
Molesta conmigo misma por haber permitido que mi mente divagara cuando debería estar tranquilizando a las niñas, les paso los brazos por los hombros.
—Podéis hablar conmigo de cualquier cosa y en cualquier momento. Las dos lo sabéis, ¿verdad?
Su expresión solemne me parte el corazón cuando apenas inclinan la cabeza para asentir.
—En cuanto a vuestros padres, los adultos pasan por épocas difíciles. Eso no significa que os quieran menos. —Les aprieto los los hombros—. Todos os queremos.
Se acurrucan contra mí y las abrazo con fuerza, preguntándome por qué puedo expresar mis emociones con tanta facilidad con estas niñas cuando no fui capaz de hacerlo con mis hijos.
Me culpo de la difícil relación que mantengo con ellos; culpo a la falta de interés que mostré desde que aprendieron a andar. Tener cuatro hijos no había sido decisión mía: Percy se había encargado de eso.
Incluso cuando estaba agotada, insistía en procrear para perpetuar el linaje familiar.
Siempre había querido al menos tres varones que continuaran el apellido Parker, así que, por suerte, cuando nació Grayson perdió el interés por mí como yegua de cría y buscó una amante nueva.
Nos mudamos a dormitorios separados y seguimos así hasta que murió.
Yo había cumplido con mi deber al darle herederos para su inmensa fortuna, y mi fingida frigidez garantizó que nuestro matrimonio permaneciera gélido, justo como yo quería.
Aunque, al ver cuánto comprenden Jessie y Ellen del matrimonio de sus padres, me pregunto si mis hijos vieron más cosas de las que yo creía. Quizá también tenga parte de culpa de sus vidas disfuncionales.
Jessie se aparta y me mira con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Podemos llamar a papá?
—Claro que sí —respondo, agradecida por la distracción de mis pensamientos autoflagelantes, y suelto a las niñas para desconectar el teléfono del cargador.
—Pon el altavoz —exige Ellen, animándose visiblemente cuando pulso el nombre de Justin en mi lista de contactos.
—Lo haré, cariño, pero dejadme hablar primero con él, ¿de acuerdo?
No tengo ni idea de en qué estado se encontrará Justin si anoche no volvió a casa y no quiero que las niñas sufran un trauma aún mayor.
Probablemente ya hayan presenciado suficiente angustia entre sus padres enfrentados para toda una vida.
Al menos Percy y yo manteníamos cierta corrección al discutir y reservábamos nuestros fríos murmullos e insultos siseados para cuando estábamos a puerta cerrada.
El tono de llamada resuena con fuerza en mi oído mientras las niñas prácticamente se cuelgan de mí. Cuando salta el buzón de voz, veo la decepción en sus caras.
—Justin, soy mamá. Llámame en cuanto puedas, por favor. Tengo aquí a las niñas y les encantaría hablar contigo.
Añado la última parte a propósito, por si Ashlin está haciendo algo que no debería, lo cual es más que probable, teniendo en cuenta los rumores.
Me gustan los cotilleos. Me gusta estar al tanto de las cosas.
Me da poder. Pero oír comentarios en la oficina sobre el contable de la empresa y la aventura que había tenido el año anterior con la mujer del jefe me puso sobre aviso.
Parker Partnership tiene una estructura directiva con varios niveles, así que supuse que se referían a uno de esos jefes, hasta que oí mencionar directamente a Ashlin y comprendí que con «el jefe» se referían a Justin.