Capítulo 14
Capítulo Catorce
ASHLIN
J ustin no volvió a casa anoche.
Ya hemos discutido otras veces. Unas broncas de campeonato, a grito pelado, que siempre terminan con él marchándose hecho una furia, como el niñato mimado que es. Pero siempre vuelve con el rabo entre las piernas durante la noche y, por la mañana, finge que no ha pasado nada.
Esta vez no.
Sigo asustada desde que se burló de mí diciendo que podría perderlo todo, así que hago cuanto puedo por ignorar el terror y canalizar en su lugar mi rabia. Estoy furiosa porque ni siquiera me ha mandado un mensaje. Nadie me trata así.
—Mamá, vamos a llegar tarde al club de poni —gimotea Jessie, con los ojos muy abiertos y suplicantes. Me da un vuelco, porque yo hago lo mismo cuando quiero salirme con la mía.
—No vais a ir —espeto, odiando ver cómo mis hijas se encogen al oírme alzar la voz—. Vuestro padre ha salido y yo tengo cosas que hacer.
—Pero nos encanta el club de poni. —A Ellen le tiembla el labio inferior y vacilo un instante. No es justo que las niñas tengan que pagar los errores de sus padres. Puede que mi vida esté vacía, pero mis preciosas hijas son, con diferencia, lo mejor que hay en ella.
Desde el momento en que el obstetra me puso a cada una en brazos, me enamoré de ellas al instante, con ese amor absoluto y arrollador que jamás había estado ni cerca de sentir.
La cortina que me ocultaba la mitad inferior del cuerpo para impedirme presenciar la cesárea había hecho que me sintiera ajena a todo el proceso del parto, pero, al acunar a mis bebés, sentí una conexión hasta lo más profundo del alma que nunca habría imaginado.
Antes me pasaba horas junto a sus cunas, observándolas dormir y preguntándome cómo alguien tan superficial como yo podía haber traído al mundo a dos seres humanos tan maravillosos.
A veces Justin se reunía conmigo y nos quedábamos allí, en un silencio cómodo, con su mano aferrando la mía, intercambiando alguna que otra mirada maravillada.
Aquellos habían sido algunos de los mejores momentos de nuestro matrimonio.
—¿Dónde está papá? Él nos lo organizará todo —dice Jessie, y así, sin más, mi determinación se afianza y regresa la rabia, convirtiéndose en una bola ardiente alojada en mi pecho.
—No vais a ir y punto —grito mientras cojo de un tirón el móvil de la isla de mármol situada en el centro de nuestra cocina monstruosa.
Las niñas me miran con los ojos como platos, en silencio, y yo maldigo entre dientes mientras entro a grandes zancadas en la despensa para que no vean lo cerca que estoy de echarme a llorar.
Rara vez les grito a mis hijas y odio ver sus expresiones asustadas.
No se merecen pagar las consecuencias de mi pésimo humor.
Necesito pensar. La niñera tiene el día libre y nuestras canguros habituales no están disponibles.
Lo sé porque ya he intentado ponerme en contacto con las cinco.
No puedo quedarme aquí atrapada todo el día con las niñas.
Estoy al límite y notarán que algo va mal, y no quiero que sepan lo mal que están las cosas entre su padre y yo.
Necesito salir de aquí y estoy desesperada, así que contacto con la única persona que sin duda les hará un hueco.
Recorro mis contactos y pulso el botón de llamada de May. Contesta al tercer tono y yo exhalo.
—¿Les pasa algo a las niñas?
Ni un saludo. Ni una cortesía. Da por hecho que jamás me pondría en contacto con ella a menos que les ocurriera algo a sus preciosas nietas. Una suposición razonable, ya que puedo contar con los dedos de una mano las veces que la he llamado.
—Las niñas están bien, May. Me preguntaba si podrías cuidarlas unas horas.
Mi petición es recibida con un silencio atónito, y endulzo la voz cuando lo único que me apetece es gritar.
—Perdona que te avise con tan poca antelación, pero Justin está ocupado, no consigo encontrar una canguro y tengo que hacer unos recados.
Sin saber por qué, me pongo tensa, como si esperase que un rayo perdido me fulminara por esa mentira monstruosa.
—Claro, no hay problema, Ashlin. Estaré en casa todo el día, así que trae a las niñas cuando quieras.
La tensión abandona mi cuerpo y me apoyo contra el congelador vertical. —Gracias, May. Estaremos allí en menos de una hora.
—Hasta ahora. —May hace una pausa, como si quisiera añadir algo más, así que cuelgo antes de que pueda hacerlo.
Me tiemblan las manos y no sé si se debe al engaño o al alivio.
—Niñas, id a buscar vuestras cosas, que vais a casa de vuestra abuela. —Regreso a la cocina y no se han movido; ambas me miran como si esperasen otra explosión, así que les hago un gesto y corren hacia mis brazos abiertos.
Las abrazo con fuerza, deseando poder protegerlas de todo, pero los ojos vuelven a escocerme por las lágrimas, así que las suelto y me giro a medias.
—Rápido, no tengo todo el día.
Corren hacia las escaleras y yo las sigo a un ritmo más pausado. Ya me he duchado, me he untado por todo el cuerpo una loción perfumada y me he puesto un conjunto nuevo de lencería de novecientos dólares: encaje negro, con tiras cruzadas que imitan pequeñas aberturas.
Mientras las niñas se preparan arriba, mando un mensaje.
Cambio de planes. Nos vemos en 30 minutos.
La respuesta llega enseguida, como de costumbre.
Te estaré esperando.
Podría haber dejado a las niñas y haber hecho esperar a mi amante la hora entera que le había indicado antes por mensaje. Pero ¿para qué? Lo vea cuando lo vea, el resultado será el mismo. Un polvo rápido para vengarme de mi marido.
Ni siquiera disfruto tanto del sexo. Es egoísta, aunque habilidoso, y normalmente consigo correrme. Pero me da mucho más que sexo. Atención. Halagos. Aprobación. Me hace sentir guapa y deseada de una forma que no había vuelto a experimentar desde los primeros tiempos de mi relación con Justin.
Justin.
¿Dónde coño está?
Mi pulgar queda suspendido sobre la pantalla del móvil. Podría llamarlo. O mandarle un mensaje. Pero fue él quien amenazó con poner mi vida patas arriba y fue él quien no volvió a casa anoche.
Que se vaya a la mierda.
Las niñas bajan corriendo las escaleras, con sus mochilas de diseño llenas hasta los topes de todas las cosas que han decidido llevarse a casa de May.
Sé que ahora están obsesionadas con la electrónica y, pese a haber oído a otras madres hablar de imponer un régimen estricto para limitar el tiempo frente a las pantallas, casi agradezco su función de «canguro».
Dejo que sea la niñera quien haga de mala y restrinja el tiempo que pasan ante ellas después del colegio durante la semana.
Los fines de semana soy más permisiva: Jessie pasa demasiado tiempo con su móvil de última generación y Ellen juega en el suyo.
A menudo me pregunto qué hacían los padres antes de que se inventaran los dispositivos electrónicos cuando necesitaban un descanso.
Cuando las niñas me ven al pie de las escaleras, aminoran el paso.
Ambas lucen la misma expresión recelosa y me invade la culpa por ser una madre tan desastrosa y encasquetárselas a su abuela.
Por suerte, les encanta visitar a la abuela incluso más que el club de poni, así que no me darán la lata por eso.
—¿Preparadas para irnos? —Pongo un entusiasmo falso en la voz.
No se lo tragan; sus expresiones no cambian.
Vacilo. ¿Qué estoy haciendo? ¿De verdad es esta la vida que quiero llevar, intentando hacerle a mi marido tanto daño como él me ha hecho a mí?
Estoy desesperada por recibir atención, desesperada por sentirme deseada.
Le fastidiará que las niñas hayan tenido que perderse el club de poni, así que se sentirá culpable.
Al principio me echará la culpa a mí, pero sé que se sentirá mal por no haber vuelto a casa anoche y entonces haremos las paces.
Es lo que hacemos siempre. Yo provoco una discusión, él se enciende y luego seguimos adelante, mientras yo veo satisfecha mi ansia de atención, por retorcida que sea.
Teniendo en cuenta lo enfadado que estaba anoche, quién sabe, puede que reconciliarnos después de esta pelea monumental salve nuestra relación.
Adoro a mis hijas y me planteo volver a llamar a May para cancelar. Pero veo que Jessie me fulmina con la mirada, como si pudiera ver a través de mí, y sé que no soy capaz de fingir buen humor ante ellas durante todo el día.
—¿Estará Shelby en casa de la abuela? —Ellen se salta el último peldaño para aterrizar delante de mí.
—Lo dudo —digo mientras las conduzco hacia el vestíbulo trasero—. Poneos los zapatos y vámonos.
Las niñas apenas dicen palabra durante el trayecto hasta casa de May, y me alegro. Normalmente disfruto escuchándolas parlotear sobre grupos de chicos y la última moda, pero hoy estoy crispada. Cuanto antes las deje, mejor.
—¿Dónde está papá? —pregunta Jessie cuando entro en la enorme entrada para coches de May.
—Fuera —respondo, haciendo que suene como si estuviera en Marte y no fuera a volver jamás.
—¿Fuera dónde? —Ellen parece asustada, y maldigo para mis adentros mi incapacidad para ocultar la animadversión que siento hacia Justin.
Me vuelvo en el asiento justo a tiempo para ver que las niñas se dicen algo sin emitir sonido, lo que me hace sentir aún más ogresa, así que intento recuperar cierta apariencia de normalidad—. Es hora de ir a ver a vuestra abuela.
Cuando salen del coche, abro mi puerta y les hago un gesto para que se acerquen a darme un abrazo.
Dura demasiado poco y, cuando se separan, digo: —Volveré dentro de unas horas.
Se cuelgan las mochilas a los hombros y añado: —Pasadlo bien.
Ellen consigue despedirse con la mano y esbozar media sonrisa, mientras que la mirada fría y evaluadora de Jessie resulta demasiado madura para una niña de su edad.
La puerta principal se abre de golpe y May sale. Levanta la mano como si me indicara que me acerque. Esa es mi señal para marcharme.
Cierro mi puerta de un portazo, doy marcha atrás rápidamente, meto una marcha y no miro atrás.