La última esposa Capítulo 13
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Capítulo 13

Capítulo Trece

SHAMIRA

A lgunas parejas se quedan durmiendo hasta tarde los domingos.

Trent y yo nos levantamos antes del amanecer porque le gusta ayudarme a montar el puesto en el mercado al que vaya ese día.

Le he dicho una y otra vez que no hace falta que me ayude ni que se quede para vender.

Nunca me hace caso. Es así de atento. Una de las muchas razones por las que quiero a mi marido.

Cuando lo vi por primera vez, jamás pensé que acabaría enamorándome. Me había imaginado toda una vida fingiendo: sonrisas falsas, abrazos falsos, sexo fingido.

No habría sido difícil. Llevaba años haciéndolo antes de conocerlo.

Pero Trent Parker posee una bondad innata y, al cabo de seis meses, ya me había enamorado de él. Es caballeroso, dulce y amable, así que es imprescindible que nunca descubra lo que hice.

No he dormido bien. Las burlas de Ashlin sobre mi pasado, ayer, me oprimen el pecho como un peso que por momentos me dificulta respirar.

No puedo permitirme perder a Trent ni arriesgarme a contarle la verdad.

Así que estoy atrapada en una especie de limbo, asustada cada vez que suena el teléfono o llaman a la puerta.

El caso es que no creo que Ashlin tenga tanto que perder si revelo su secreto.

Apenas habla con Justin, de modo que es probable que descubrir su traición no cambie nada.

Es evidente que siguen casados por guardar las apariencias y quizá por los niños, así que enterarse de que ella le fue infiel podría no afectarle siquiera.

Quién sabe, tal vez tengan un matrimonio abierto y él también se acueste con otras.

Pero, si ella le cuenta mi secreto a Trent… lo perderé. Y él lo es todo para mí.

—Ya está todo montado y listo para empezar. —Trent me rodea la cintura con un brazo y me estrecha con fuerza—. Voy a por esa caja de repuesto con los jabones artesanales que está en el coche y vuelvo en un minuto.

—Gracias, yo iré a por las bebidas.

—A mí tráeme un café, no uno de esos lattes de cúrcuma y soja que te bebes por litros. —Se ríe, me da un beso en la punta de la nariz y me suelta.

Lo observo alejarse a grandes zancadas entre la multitud de primera hora de la mañana, con ese andar largo y despreocupado tan propio de Trent.

Es tranquilo, está completamente a gusto consigo mismo y con su vida, justo lo contrario que el resto de su familia.

Por suerte, no tendremos que verlos durante una temporada, hasta que, dentro de un mes más o menos, May nos ordene asistir a una merienda o a una cena interminable.

Admiro sus esfuerzos por mantener unida a su familia, cuando la mayoría de nosotros no queremos estar ni siquiera en la misma habitación.

Decidida a disfrutar del día y tratar de olvidar los dramas de ayer, recoloco mis mezclas relajantes con los precios a la vista, mientras el más leve aroma a lavanda me calma al instante, y cuelgo en la parte delantera del puesto el cartel de «Vuelvo en 5 minutos».

La furgoneta del café no está lejos de mi puesto, así que puedo vigilar la mercancía mientras voy a por nuestras bebidas. Por suerte, la cola es corta y estoy a punto de llegar al mostrador para pedir cuando una sombra se cierne sobre mí y me tapa el sol.

No le doy importancia hasta que oigo una voz demasiado cerca que murmura: —Hola, Mira.

Me pongo rígida, me vuelvo despacio y cruzo la mirada con mi pasado.

No recuerdo su nombre, pero sí su sonrisa lasciva y aquellos ojos fríos e inexpresivos.

Un escalofrío de repugnancia me recorre la piel y reprimo el impulso de frotarme los brazos.

Esperaba que este día no llegara nunca. Por eso evito el famoso Esplanade Market, cerca de casa, por miedo a que aparezca algún vestigio de mi pasado.

Eltham está lejos de St Kilda. Debería estar a salvo.

Pero no lo estoy. Tengo que escapar. No puedo arriesgarme a que vea mi puesto y, a su vez, le diga algo a Trent cuando vuelva.

Además, a mi marido le bastará con mirarme para saber que estoy aterrada. Tengo la piel pegajosa y las mejillas heladas, lo que significa que seguramente estoy pálida y mordiéndome el labio inferior, como suelo hacer cuando estoy preocupada.

Reuniendo mis antiguas dotes de actriz, consigo adoptar una expresión impasible y finjo no tener ni idea de quién es.

—¿Nos conocemos? —Intento obligar a mi corazón a latir más despacio mientras busco a mi alrededor la vía de escape más rápida.

—Déjate de gilipolleces. —Su voz también es la misma, baja y gutural, como si desayunara cristales rotos y se los bajara con un chupito de bourbon—. Yo sí que me acuerdo de ti .

La forma en que dice «ti», desagradable y posesiva, me trae más recuerdos.

Se abalanzan sobre mí como una ola asfixiante y me ahogo: este asqueroso maltratándome, el perpetuo olor a cebolla que se aferraba a su ropa y rezumaba de su piel, la forma taimada en que me dejaba moratones donde nadie pudiera verlos.

Me invade una oleada de náuseas y me tambaleo un poco. —Te equivocas.

Esos ojos sin alma se clavan en mí y, cuando doy un paso atrás, vislumbro a Trent avanzando tranquilamente entre la multitud, con una caja grande de mis jabones en las manos; unas manos que jamás volverán a tocarme si descubre que este capullo solía hacerlo.

Cuando Trent llegue a nuestro puesto, me verá y vendrá hacia aquí. No puedo permitir que se acerque a este espantoso recordatorio de mi pasado. Si oye una sola palabra de boca de este asqueroso…

El corazón se me para. No puedo dejar que este cretino arruine mi matrimonio y mi vida. Así que hago lo único que garantiza que no se encuentren.

Me doy la vuelta y echo a correr.

Me abro paso a toda prisa entre la multitud en dirección contraria a Trent y a nuestro puesto, con la intención de dar un rodeo y volver al coche cuando haya despistado al asqueroso.

Cuando ya estoy lo bastante lejos, lanzo una mirada por encima del hombro y me alivia ver que no me persigue, sino que se dirige hacia los baños.

No dejo de correr hasta llegar al coche y me alivia encontrarlo abierto. Me meto en el asiento trasero y me desplomo, aliviada, aunque sé que es algo temporal. Tengo que marcharme de aquí. Ahora.

Le envío rápidamente un mensaje a Trent para que se reúna conmigo en el coche. Llega en menos de un minuto, con el rostro apuesto surcado por la preocupación. Cuando me ve encogida en el asiento trasero, abre la puerta y se sienta a mi lado.

—¿Qué pasa? He visto a un tipo demasiado pegado a ti en la cola del café…

—Necesito que desmontes el puesto.

—¿Qué?

Su incredulidad está justificada y recurro a otra mentira más.

—Ese tipo es un ex. Hace años conseguí una orden de alejamiento contra él. No quiero que se acerque a mí, así que no puedo quedarme por aquí; estoy demasiado alterada.

Me aferro al brazo de mi marido y abro mucho los ojos, esperando que vea mi miedo genuino y actúe en consecuencia.

Como era de esperar, no me falla. —Vale, pero luego tendremos que hablar de esto.

Lo haremos. Me inventaré más gilipolleces y él me creerá. Siempre lo hace.

Eso me hace sentir aún peor, porque este hombre atento y afable no se merece a una mentirosa consumada como yo.