Capítulo 12
Capítulo Doce
RIA
L as ocho y media de la tarde es mi momento favorito del día, cuando me meto en la cama junto a Shelby y leemos. No importa lo malo que haya sido el día, ni lo exigente o difícil que haya resultado: la paz que me envuelve cuando me deslizo bajo su colcha de mariposas es abrumadora.
Miro de reojo a mi hija y resisto el impulso de estrujarla entre mis brazos.
Tiene los ojos clavados en la página del último libro de ponis de su autora favorita, con la punta de la lengua asomando y apoyada en el labio inferior y la cabeza inclinada en un ángulo extraño, como si no lograra entender la historia.
Es adorable y nunca me canso de mirarla.
Como si notara que la observo, levanta la vista y pone los ojos en blanco. —Mamá, esta parte está genial. Deja de molestarme.
—No he dicho ni una palabra. —Me agacho para plantarle un beso en la frente y ella me aparta, aunque sin demasiado empeño. Le encantan mis besos y abrazos tanto como a mí dárselos.
—Lee. —Me aparta con el codo y señala mi lector electrónico—. Nunca sabrás si ese médico se enamora del vaquero si no sigues leyendo.
Sorprendida, contemplo las letras de la pantalla iluminada. —¿Cómo sabes eso?
—Porque siempre echo un vistazo a la página que estás leyendo antes de que apagues la luz. Pues claro.
—Pequeña... —Le hago cosquillas y ella chilla mientras intenta apartarme y me devuelve las cosquillas.
Adoro a esta niña. Todos los días se me llena el corazón hasta casi estallar. Eso es lo que nunca he logrado comprender de Grayson. ¿Cómo pudo abandonar a esta niña maravillosa y no importarle no volver a verla jamás?
Puedo señalar el momento exacto en que supe que me ocultaba algo, más o menos un mes antes de que nos abandonara.
Shelby estaba a punto de cumplir cinco años; era una niña despierta y precoz que no paraba de hablar.
Quería ir al zoo y habíamos acordado llevarla el fin de semana siguiente.
Pero, después de alimentar durante una semana las ilusiones de su hija, Grayson se echó atrás en el último momento alegando que tenía un proyecto muy importante en el trabajo.
Lo observé mientras se lo decía a Shelby e intentaba comprar su perdón regalándole un joyero ridículamente caro para una niña de cuatro años.
Ella aceptó el regalo y abrazó a su padre, pero yo vi la tristeza en sus ojos y los secretos en los de él, y en aquel momento supe que Grayson no era el hombre que yo creía.
Nuestra hija no quería regalos, sino pasar tiempo con su padre, algo que yo sabía demasiado bien por mi propia infancia.
Durante las cuatro semanas posteriores a aquel incidente se fue distanciando cada vez más, pasaba más tiempo en el trabajo y nos ignoraba.
Después de que se marchara, me bastó con echar un vistazo a aquella foto enviada por correo electrónico para que me entraran ganas de vomitar.
Resultó que tenía razón: no conocía en absoluto al hombre con quien me había casado.
—¡Tregua! —grita Shelby con unas risitas ensordecedoras, y dejo de hacerle cosquillas.
—¿Qué te parece si yo vuelvo con mi vaquero y tú con tus ponis? —Señalo su libro—. Aunque ha sido un día largo, así que cinco minutos más y apagamos la luz.
Como era de esperar, mi angelical hija no protesta. —Vale.
Enseguida vuelve a sumergirse en el mundo de las yincanas ecuestres y yo intento leer, pero se me va la cabeza. No puedo dejar de pensar en esos correos y en cómo voy a ocuparme de ellos.
Cuando he leído ocho veces la misma frase y Shelby bosteza, cierro el lector electrónico y, con suavidad, su libro.
—Buenas noches, Shel-Bell. —Abrazo a mi hija, agradecida de que aún me rodee con sus brazos. Sé que eso cambiará demasiado pronto, durante los próximos años, y por eso atesoro todos y cada uno de estos abrazos antes de que lleguen los difíciles años de la adolescencia.
—Buenas noches, mamá. Te quiero.
—Yo también te quiero. —Le beso la frente y salgo con cuidado de la cama, echando de menos de inmediato su calor y el aroma afrutado a manzana que su champú deja impregnado en la almohada.
Apago la lámpara y apenas he llegado a la puerta cuando oigo su respiración profunda.
La envidio. Ojalá pudiera apoyar la cabeza y dormirme al instante, pero hace años que no tengo un sueño reparador.
Cuando me acuesto, repaso mentalmente el día, preparo una lista de tareas para mañana y, cuando por fin me duermo, no puedo evitar recordar el pasado y esperar que el futuro sea diferente.
Cierro su puerta con un suave clic y me dirijo a la parte delantera de la casa, sabiendo que esta noche tardaré en dormirme más de la hora habitual.
Desde que se me ocurrió pedir ayuda a Grayson no puedo quitarme la idea de la cabeza.
Es la única persona que supera a Lars en todo lo relacionado con la informática.
Me ayudó infinidad de veces cuando empecé a trabajar por mi cuenta, desesperada por encontrar el menor indicio de una historia, indagando entre bastidores por internet para que pudiera escribir los mejores artículos y abrirme camino.
Yo disfrutaba de la intimidad que aquello creaba entre nosotros.
Él se conformaba con trabajar en el departamento de informática de la empresa familiar cuando podría haber llegado mucho más lejos, pero yo admiraba su lealtad.
Lástima que no se extendiera también a su hija y a mí.
Tal vez debería esperar a ver si llega algún otro correo a mi bandeja de entrada.
Aunque, teniendo en cuenta lo explosivo de su contenido, esperar podría ser una temeridad.
Esta noche investigaré un poco más por internet y, si sigo sin encontrar nada, empezaré a mover los hilos para ponerme en contacto con Grayson, esté donde esté.
No puedo evitar albergar la esperanza de que sepa quién está detrás de todo esto, dado que la misma persona envió aquel correo y aquella foto suya.
Estoy a punto de entrar en el despacho de casa cuando llaman suavemente a la puerta.
Nadie nos visita a estas horas. No tengo amigos íntimos, solo unos cuantos periodistas con los que mantengo el contacto, y nunca aparecerían sin enviar antes un mensaje o llamar.
Últimamente las noticias han informado de una oleada de allanamientos de viviendas en Melbourne, y estoy nerviosa.
Miro por la mirilla y me desplomo contra la puerta, aliviada. Es Justin. Aunque el alivio dura poco, porque me pregunto qué hace mi cuñado en el umbral de mi casa a las nueve menos cuarto de un sábado por la noche, cuando nos hemos visto hace apenas unas horas.
Abro justo cuando está a punto de llamar de nuevo. —Hola, ¿qué haces aquí?
—¿Puedo pasar?
Parece tranquilo, pero lleva el pelo erizado, como si se hubiera pasado la mano por él un millón de veces, y la piel pálida bajo su bronceado habitual. Y sus ojos me hacen preguntarme qué ha ocurrido: están velados por la preocupación, que agrava su desconcierto.
—Claro. —Reprimo el impulso inicial de mandarlo a paseo y abro más la puerta; espero hasta que entra para cerrarla—. Shelby está dormida, así que podemos hablar aquí dentro.
No ha venido muchas veces a lo largo de los años, pero se dirige con decisión hacia el salón y yo lo sigo, mordiéndome el labio inferior para no aspirar el embriagador aroma cítrico de su loción para después del afeitado.
Me quedo en el umbral mientras él contempla sus pies como si albergaran la respuesta a algún complejo problema sin resolver y empieza a caminar de un lado para otro.
—¿Te traigo algo? —ofrezco por educación, aunque deseo que no se quede mucho tiempo.
No tengo ni idea de qué lo tiene tan alterado y no quiero averiguarlo.
No puedo ser la confidente de este hombre, familia o no, porque después de lo ocurrido esta tarde y de esa extraña chispa entre nosotros, no me fío de él.
Ni de mí misma. Además, nunca ha venido solo a mi casa y estoy en tensión.
—Vino. Cerveza. Cualquier cosa con alcohol —dice, apartando por fin la mirada de sus pies para clavar en mí unos ojos desorbitados.
Debería preparar café, pero el vino es más rápido y, cuanto antes se lo beba, antes se marchará.
Entro en la cocina y caigo demasiado tarde en la cuenta de que llevo puesto el pijama de algodón.
Es azul claro, con unos pantalones holgados de cintura elástica y una camiseta de tirantes; en realidad, parece más bien ropa de deporte, pero aun así me siento incómoda.
Sin embargo, darle importancia y cambiarme revelaría esa incomodidad y quiero que se marche de aquí cuanto antes.
Así que sirvo dos copas de shiraz, solo hasta la mitad para que podamos beber más deprisa y él se vaya antes, y regreso al salón.
Está sentado en el sofá, con la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos cerrados.
Las arrugas de preocupación se abren en abanico desde las comisuras de sus ojos y la tensión le enmarca la boca, pero incluso en su evidente angustia resulta increíblemente guapo.
Debo de emitir algún sonido embarazoso, porque abre los ojos de golpe y los clava en mí con infalible precisión mientras cruzo la habitación. Se me cae el alma a los pies al comprender dónde tendré que sentarme.
Una butaca está cubierta por una pila de dibujos de Shelby; sobre la otra hay un montón de ropa doblada que aún tengo que guardar.
No me queda más remedio que sentarme a su lado en el sofá.
Es absurda esta aprensión que siento. Es mi cuñado.
Puede venir cuando quiera. Pero no lo hace, y el hecho de que haya aparecido solo a estas horas de la noche, tenso como un resorte, indica que lo que está a punto de ocurrir quizá no sea nada bueno.