Capítulo 12 #2
Le entrego la copa en silencio, odiando lo incómoda que me siento en mi propia casa.
Es una locura. Debería recibirlo con los brazos abiertos, sobre todo si necesita ayuda, porque de lo contrario no habría aparecido en mi puerta.
Pero no puedo olvidar lo ocurrido esta tarde ni que, por primera vez, hemos bordeado la cuestión de la atracción que sentimos.
Estoy inquieta. Me siento culpable aunque no he hecho nada.
Todavía.
Ese matiz es el que me tiene en tensión, deseando que se dé prisa y se largue de una vez.
—Gracias. No tienes ni idea de cuánto necesitaba esto. —Se bebe el vino en unos pocos tragos y después mira la copa vacía y luego a mí.
Me siento y él deja la copa en la mesa de centro; luego apoya los codos en las rodillas y contempla la repisa de la chimenea, cubierta de fotografías.
—Perdona por presentarme así, pero no quería conducir estando enfadado y no podía ir a casa de mamá, así que... —Se queda callado, como si aparecer por aquí fuera lo más natural del mundo cuando ambos sabemos que no lo es.
—Así que ¿has venido aquí?
Mi incredulidad resulta evidente y, cuando por fin levanta la cabeza para mirarme, no me gusta lo que veo: una desconcertante mezcla de pesar, confusión y esperanza.
No quiero tomar parte en esto, por muchas ganas que tenga de abrazarlo para que todo mejore.
No hace falta ser un genio para deducir que probablemente ha discutido con Ashlin, pero yo no puedo ser la persona a la que recurra.
Como todas las parejas casadas, no puede ser la primera vez que discuten, y debe de tener otros sitios adonde ir.
Me remuevo, consciente de que tengo que pedirle que se marche, pero soy demasiado educada para ser brusca.
Interpreta mi silencio como permiso para continuar. —Ya no puedo seguir con esto. Vivir con Ashlin. Fingir que somos una pareja. —Inspira hondo y expulsa el aire; los surcos de preocupación que le enmarcan la boca se acentúan—. Lo nuestro se ha acabado.
Tiene que marcharse.
Ahora.
Pero, mientras continúa mirándome con esa expresión aturdida teñida de esperanza, me toca a mí echarme el vino al coleto. Vacío la copa, la dejo en la mesa e intento alejarme de él disimuladamente.
—No soy la persona con quien deberías sincerarte, Justin, y ambos lo sabemos.
Arquea una ceja con un aire pícaro que me irrita. —¿Por qué?
Si pretende que se lo explique con todas las letras, puede esperar sentado. No voy a participar en este juego. Está plagado de peligros y solo puede acabar mal.
Niego con la cabeza. —Deberías irte.
Hago ademán de levantarme y él me agarra la mano tan deprisa que vuelvo a caer, esta vez mucho más cerca. Estoy prácticamente sentada en su regazo y esto es demasiado.
—Te necesito, Ria. Por favor.
Me aprieta más la mano, implorándome que lo comprenda. No quiero hacerlo. Porque sé que, si le abro mi corazón a este hombre aunque sea un poco, corro un grave peligro de cometer un error del que me arrepentiré.
—Estás sufriendo, lo entiendo —digo en voz baja, intentando parecer tranquila cuando por dentro soy un desastre, una confusa vorágine de emociones centradas en lo condenadamente bien que sienta que me coja de la mano—. Pero, sea lo que sea que crees estar haciendo aquí, no está bien.
Intenta entrelazar los dedos con los míos. —Necesito una amiga, nada más.
Mentira, y ambos lo sabemos. —Justin, escucha, no puedo...
Me besa con unos labios cálidos y exigentes. Jadeo de sorpresa y él se lo toma como una invitación para invadir mi boca. Su lengua se introduce en ella, provocando a la mía, y durante un segundo de locura quiero ceder a la tentación.
Su beso es ardiente y frenético, su lengua se enreda con la mía y él gime contra mi boca.
Sus manos están sobre mí: una en mi trasero y la otra se desliza bajo mi camiseta de tirantes y me envuelve el pecho.
Tengo la piel en llamas y me retuerzo. Gimo cuando me pellizca el pezón y lo hace rodar entre el pulgar y el índice ejerciendo la presión justa.
La sensación desciende como un rayo y se concentra entre mis piernas, haciendo que quiera subirme encima de él.
Cuando empieza a tumbarme contra el sofá y noto lo duro que está, la realidad me golpea de lleno.
Ni de coña voy a follar en el sofá mientras mi hija duerme en casa.
En cuanto se me ocurre ese pensamiento, me siento aún más avergonzada.
¿Qué haría si Shelby no estuviera aquí?
Forcejeo debajo de él y lo aparto de un empujón. —Justin, no podemos.
Se detiene y, por absurdo que sea, echo de menos su contacto cuando saca la mano de debajo de mi camiseta y me coloca bien el tirante.
Engancha un dedo en él y lo desliza despacio hacia arriba hasta dejarlo sobre mi hombro.
Es un gesto extrañamente tierno y noto que se me llenan los ojos de lágrimas.
—Debería disculparme por eso —dice, mirándome con tal intensidad que no puedo apartar la vista—. Pero no lo haré, porque se acabaron las mentiras.
Se encoge de hombros, como si no tuviera importancia que casi nos hayamos devorado el uno al otro.
—He vivido toda mi vida de acuerdo con las expectativas ajenas.
Siendo el hijo mayor perfecto, sacando las notas perfectas, obteniendo el título perfecto en Empresariales, entrando en el negocio familiar.
Casándome con una mujer de mi mismo círculo social. Siendo un buen marido, un buen padre...
Se queda callado y la angustia que se percibe en su voz hace que quiera abrazarlo, así que me siento sobre las manos.
—Pero ya no puedo seguir fingiendo. Estoy harto de ser infeliz todo el maldito tiempo. —Se pasa una mano por la cara. El gesto apenas consigue borrar su tristeza—. ¿Eras infeliz antes de que Grayson se marchara?
Casi nunca hablo de mi matrimonio con nadie, y mucho menos con la familia de Grayson. Después de que se marchara, May lo reprendió públicamente delante de sus otros hijos, dejándoles bien claro que Grayson había tenido la culpa y que siempre había sido poco fiable.
Tuve la impresión de que su hijo menor la había avergonzado al abandonar a su mujer y a su hija, y que por eso me apoyaba. Los Parker tienen una reputación que mantener y Grayson no había estado ni de lejos a la altura, si el desprecio de May servía de indicio.