La última esposa Capítulo 10
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Capítulo 10

Capítulo Diez

ASHLIN

P ara cuando llegamos a casa, estoy deseando montar una bronca.

La ira bulle en mi interior, un fuego lento que necesita una vía de escape antes de estallar.

Pero no digo nada en el coche porque no me gusta que mis hijas presencien las desavenencias entre Justin y yo.

Las niñas parlotean en el asiento trasero, tan exuberantes como de costumbre después de pasar un rato con su prima.

Están muy unidas a Shelby gracias a las reuniones periódicas de los Parker.

Me siento culpable por no organizar más encuentros para que jueguen y por no aceptar las invitaciones ocasionales de Ria, pero entonces estaría en deuda con ella y no quiero eso.

Shelby es un encanto, pero también increíblemente ingenua para sus diez años.

A sus once, mi Jessie está mucho más curtida.

Tiene cuenta en todas las redes sociales y se siente orgullosa de quién es; se exhibe con una desenvoltura que rezuma confianza.

Al principio me resistí a darle permiso, teniendo en cuenta que la edad legal para que un menor se registre en esas aplicaciones es de dieciséis años, pero Jessie expuso argumentos lógicos y bien meditados sobre por qué debía estar en ellas, y acabé cediendo.

Además, es saludable que mis hijas tengan seguridad en sí mismas.

Deben aceptar quiénes son y usar el sentido común para recorrer el campo de minas de internet. Eso les enseñará a ser independientes.

Quiero que mis hijas desarrollen su personalidad, sus gustos y sus aversiones. No sirve de nada esconderse en las sombras. Esa clase de actitud apocada nunca ayuda a una mujer, sobre todo en el despiadado mundo de la élite de Melbourne.

Shelby es la antítesis de mis seguras hijas.

Es reservada, aunque jugar con ellas saca a relucir su lado alborotador.

También es guapa, con los grandes ojos marrones y el largo cabello oscuro de su madre, y unos labios que yo solo consigo a base de visitar con regularidad a mi cirujano estético para que me ponga relleno.

Pero me irrita su necesidad de afecto. Siempre le ha gustado abrazar, y no soporto que otros niños aparte de los míos me abracen. Había visto su expresión abatida cuando la saludé con la mano en la fiesta de May y deseé poder ser mejor tía, mejor persona, pero ya es demasiado tarde para eso.

—Ha sido una fiesta estupenda, ¿verdad, mamá? —interviene Ellen desde el asiento trasero.

—Maravillosa —mascullo, lanzándole a Justin una mirada cargada de veneno, como si fuera culpa suya que esté de este humor, cuando solo es responsable en parte.

Él me ignora, con la mirada fija en la pantalla de la cámara del coche mientras entra marcha atrás en el garaje.

—Nos lo hemos pasado muy bien jugando con Shelby —añade Jessie, y suena menos como la niña serena y madura que estoy criando y más como su prima pequeña, toda entusiasmo y ojos brillantes.

—Qué bien, pero ¿no tenéis que preparar las cosas para la clase de equitación de mañana?

Las niñas gimen al unísono y salen atropelladamente del coche en cuanto Justin apaga el motor. El silencio que sigue está cargado de acusaciones no expresadas.

Sé lo que se avecina.

Él dirá que siempre me porto mal cuando estoy con su familia; yo diré que es un calzonazos por consentirlos. ¿Cuándo fue la última vez que nos dirigimos una palabra amable? No lo recuerdo. Odio estar en un matrimonio que me da todo cuanto podría desear salvo lo único que ansío: amor.

Me odio aún más por ser esta mujer superficial y quebradiza que lo tolera por guardar las apariencias cuando desea mucho más de su marido.

Cuando nos conocimos, catorce años atrás, él me calificó de elegante y distinguida, y me cortejó con viajes improvisados a Europa en primera clase y pendientes de diamantes de cuatro quilates.

Ayudó que me pareciera increíblemente atractivo, además de poseer una fortuna inmensa.

Desde entonces somos una de las parejas más poderosas de Melbourne. Nos encanta ser el centro de atención y, cuando tuve los dos hijos de rigor después de casarnos, no podía hacer nada mal. Hasta May se mostró más cálida conmigo cuando le di nietos.

Pero, con el paso de los años, la tolerancia de la familia hacia mí ha ido menguando.

La mayoría son educados conmigo porque no les queda más remedio: soy de la familia.

May se muestra correcta, pero veo la censura en su mirada acerada, como si supiera que le estoy poniendo los cuernos a su hijo adicto al trabajo, que últimamente apenas reconoce mi existencia.

No sabría precisar cuándo cambió la actitud de Justin hacia mí.

Tampoco esperaba que los embriagadores días de nuestro noviazgo se prolongaran indefinidamente, pero me casé con un hombre carismático que me hace sentir bien con solo estar a su lado.

Así que, cuando empezó a distanciarse física y emocionalmente, yo también me cerré en banda.

Su prolongado silencio me inquieta. Es un juego al que jugamos para ver quién cede primero. Lo hacemos continuamente, una estúpida e infantil competición en la que ninguno de los dos gana. Ambos somos testarudos, pero hoy no podré resistir. Cederé primero. Estoy demasiado cabreada.

No me gusta lanzar la primera pulla, pero las seis copas de champán que me he tomado antes hacen que me palpite la cabeza y quiero entrar en casa.

Me vuelvo a medias hacia él, irritada porque su perfil sigue siendo condenadamente atractivo.

Mandíbula fuerte. Nariz recta. Pómulos definidos.

Piel tersa. Hoy su perfección me molesta; como si no me sintiera ya lo bastante insegura después de que Ria insinuara mi conducta indecorosa. Me entran ganas de arremeter contra él.

—¿Qué pasa entre Ria y tú?

Tiene el descaro de reírse, un sonido áspero y carente de humor, mientras mira al frente como un robot inmóvil. —Tiene que ser una broma.

—Pues hablo muy en serio.

Mi tono indolente oculta el creciente temor de haber sacado a colación un tema que habría sido más inteligente evitar, pero quiero desconcertarlo tanto como me desconcierta a mí su postura inmóvil.

Por si la insinuación de Ria de que sabe lo que me traigo entre manos y la acusación de Shamira no fueran suficientes, el anuncio de May me ha dejado completamente descolocada.

Todo el mundo da por sentado que soy rica por derecho propio; que la fortuna de los Garner me permitirá salir adelante si mi matrimonio se acaba.

Se equivocan. Mis narcisistas padres, en su infinita sabiduría, decidieron que, al casarme con un Parker, tendría la vida resuelta, así que se lo dejaron todo a mi hermana.

Precisamente por eso no nos hablamos. Y, ahora que mis padres han muerto, ella es la única familia que me queda, y ni de coña me daría un céntimo si lo necesitara.

Lo que significa que no debería provocar a mi marido, por mucho que quiera que admita que siente algo por Ria para poder culparlo a él de la farsa que es nuestro matrimonio en lugar de que sea al revés.

Cuando discutimos, suele mirarme con evidente lástima o advertirme que me calme. Pero hoy ni siquiera me dirige la mirada, y este cambio en nuestro tira y afloja habitual me desconcierta.

Así que continúo pinchándolo con la esperanza de obtener alguna reacción, porque su extraña frialdad me está asustando. —Hasta Chrissie se ha dado cuenta. Es patético ver cómo estás colgado de ella delante de tu familia...

—Cállate.

No grita, y el frío de su voz grave, apenas más que un gruñido, me asusta aún más.

Soy idiota por haber buscado esta pelea, plenamente consciente de que cualquier pulla dirigida a la santa Ria será recibida con hostilidad.

Esas seis copas de champán tampoco han ayudado.

Cuando sigue ignorándome, me observo las uñas arregladas con el brazo extendido, como si todo me importara un comino.

—Pronto te cansarás de ella, como le pasó a Grayson.

No sacrifiques todo lo que hemos construido por un revolcón rápido con una cara bonita que crees que puedes conseguir.

Te utilizará como lo utilizó a él. Y tú tienes mucho que perder.

Una vena le palpita en la sien, pero no explota y casi me decepciona. Estoy a punto de provocarlo otra vez cuando por fin responde.

—¿Sabes una cosa? Me importa una mierda lo que digas de mí, pero ni se te ocurra difamar a Ria.

No se merece tu veneno. —Suena demasiado tranquilo y, cuando por fin se vuelve hacia mí, tiene la mandíbula tensa y proyectada hacia delante.

Solo entonces comprendo que he ido demasiado lejos.

Sus ojos relucen de malicia, como si pudiera rodearme el cuello con las manos y estrangularme sin siquiera sudar—.

Igualmente, tú no te mereces nada de esto.

Un escalofrío me recorre, pero resisto el impulso de frotarme los brazos desnudos. —¿Qué quieres decir?

—Esto. —Señala la casa, con el labio superior torcido en una mueca desdeñosa—. Esta vida. Las niñas. El tren de vida. No te mereces nada de esto.

Se inclina hacia mí y retrocedo instintivamente. Justin no es un hombre violento; rara vez pierde los estribos, ni siquiera durante las muchas peleas que he provocado por su lealtad inquebrantable hacia su estúpida familia.

Pero hay algo en la forma en que me mira ahora que me me hace desear no haberlo presionado tanto.

—Y todo esto puede desaparecer así de fácil. —Chasquea los dedos delante de mi cara y yo me sobresalto.

Odio mostrar debilidad, pero ahora estoy aterrada de verdad ante la posibilidad de perderlo todo. No puedo vivir de una pensión compensatoria. Y, con la fortuna de los Parker respaldándolo, Justin se asegurará de joderme y de que no reciba nada. No me cabe duda de que May lo ayudará.

Entonces caigo en la cuenta.

¿Saben lo de mis indiscreciones? ¿Se refería a eso el anuncio de May? ¿A cortarme el acceso a la fortuna familiar, asignarme un sueldo miserable y, cuando nos divorciemos, quitarme también eso?

Me aterra haber ido demasiado lejos esta vez, pero, antes de que pueda disculparme por mi dramatismo, él vuelve a arrancar el coche.

—Baja —dice en un tono suave y letal que no admite réplica.

Quiero aplaudirlo por haber tenido por fin los huevos de plantarme cara.

No lo hago, porque veo cómo aferra el volante, con los nudillos blancos y marcados, como si estuvieran a punto de atravesarle la piel.

Está al límite de una forma que nunca había visto.

¿Quién iba a decir que mi apacible marido tenía un lado tan vehemente?

Debería disculparme por haber sido una zorra, de verdad que sí.

Pero entonces vuelve a mí el recuerdo de Ria provocándome con sus sospechas sobre mi aventura y me enfurezco de nuevo.

Con ella. Con Justin, por comportarse como un perrito faldero a su alrededor.

Y, sobre todo, conmigo misma por haberme metido en una situación en la que alguien como Ria puede utilizar mis faltas para dominarme.

Tomé una mala decisión al tener una aventura con un rival empresarial. Lo sé. Y culpar a mi marido por no prestarme atención solo consigue que me me sienta peor. Como siempre, lo pago con él.

—Eres un gilipollas —digo mientras abro la puerta del coche y salgo.

Apenas espera a que dé un portazo antes de acelerar y salir derrapando ruidosamente del garaje.

Las discusiones suelen revitalizarme porque me las tomo como una señal de que, en el fondo, todavía le importo. En última instancia, por eso busco pelea con Justin. Si consigo provocarlo hasta que reaccione de algún modo, aunque sea de forma negativa, significa que tal vez aún me quiera.

Sé que es una lógica retorcida, pero estoy tan desesperada por recibir afecto que haré cualquier cosa para conseguir que repare en mí. Sin embargo, esta vez no agradezco sus bruscas respuestas. En su lugar, un miedo insidioso me desgarra por dentro cuando recuerdo su amenaza.

«Todo esto puede desaparecer así de fácil».

Nadie se mete con mi vida.

Ni Ria. Ni Shamira. Ni May. Ni mi marido.

Protejo lo que es mío y, si aún no lo saben, pronto lo sabrán.