Capítulo 8
Capítulo Ocho
SHAMIRA
E stoy temblando cuando llegamos a casa. El agotamiento de fingir un estado de ánimo jovial se mezcla con algo mucho más siniestro.
Miedo.
Un pánico atroz que me cala hasta los huesos y destroza mi confianza, y que me ha dejado muda durante los veinte minutos de trayecto desde Toorak hasta Albert Park.
Me aterra que las mentiras que con tanto esmero he urdido estén a punto de desmoronarse.
He dedicado años —y una pequeña fortuna— a crear la vida perfecta.
Nadie, y menos aún una infiel engreída como Ashlin, va a arruinarla.
Ya me he ocupado de problemas en el pasado. El miedo a que me descubrieran ha sido una espina constante. Hace poco pensé que por fin estaba a salvo.
Pero, teniendo en cuenta cómo me ha amenazado Ashlin en la fiesta, puede que no.
—Hola, tú. —Trent me rodea con los brazos por detrás y yo me derrito en su abrazo. No es difícil. Amo a este hombre, cada centímetro de su ser, tierno y bondadoso.
—¿Te apetece un baño? —Me acaricia el cuello con la nariz, sin dejarme ninguna duda sobre el motivo por el que quiere que nos lavemos juntos.
—Me encantaría, pero le he prometido a una clienta enferma que esta noche tendría preparada su remesa de aceites para que viniera a recogerla.
Una mentira fácil, pero se me da bien; soy toda una experta gracias a muchos años de práctica. Nadie conoce a la verdadera yo, y quiero que siga siendo así.
—Trabajas demasiado. —Me suelta y me da un azote en el culo—. No tardes, ¿vale?
Me doy la vuelta y lo beso en los labios. —No tardaré.
Me pellizca la nariz como si fuera una niña antes de encaminarse descalzo hacia la cocina, dejando huellas en el polvo de las tablas del suelo.
La limpieza no es nuestra prioridad. Preferimos relajarnos en nuestro tiempo libre.
Pasear junto al lago. Recorrer Bridport Street.
Comer en una terraza mientras observamos a la gente.
Me encanta vivir en este barrio moderno junto al lago, donde los turistas se mezclan con los vecinos para probar comida exótica o escuchar en un pub al último grupo de grunge.
Donde una brisa fresca procedente del lago Albert Park brinda un alivio bienvenido en pleno verano.
Donde puedo disfrutar de mi nueva vida y apreciar lo lejos que he llegado.
Ahora mismo, nada me gustaría más que coger a Trent de la mano y bajar para seguir la música indie que entra por nuestra ventana desde uno de los bares de moda.
Dar rienda suelta a mi pasión por la comida vegana crudista.
Curiosear por alguna de las boutiques bohemias en busca de aquel escurridizo cárdigan de punto verde oliva, largo hasta las rodillas, que vi una vez y nunca volví a encontrar.
En cambio, recorro con la mirada nuestro espacioso piso como reafirmación.
No puedo perder esto. Las tablas de roble color miel, las paredes cubiertas de obras de arte extravagantes, el descomunal televisor de pantalla panorámica que desentona con los originales sofás de ante morado...
Todo representa una vida que construí con Trent. Con su dinero.
Lo oigo rebuscar en la cocina mientras tararea un éxito reciente del pop y sé que tengo que escapar antes de que vuelva e insista en que me dé ese baño. No puedo, ahora no; estoy demasiado alterada.
Me pongo un poncho de ganchillo y bajo, tecleo el código de la alarma y abro la puerta trasera de Makes Scents, mi tienda de aromaterapia, que también alberga una sala grande donde Trent da clases de música. Estamos viviendo un sueño.
Un sueño construido sobre su cuenta bancaria.
Y no pienso permitir que se convierta en una pesadilla.
Lo primero que me golpea son los aromas. Lavanda. Geranio. Mejorana. Rosa. Penetrantes y embriagadores, familiares y reconfortantes. Inspiro hondo y espero a que me invada la calma habitual.
Pero no llega, y sé por qué. Odio que May haya hecho ese gran anuncio en la fiesta, como si fuéramos unos críos derrochadores a los que hay que dar una lección.
Todos sabemos que controla la fortuna familiar y que puede quitárnosla con la misma rapidez con la que nos la concede.
Pero que encima nos restriegue ese hecho por las narices...
No puedo volver a ser pobre. Mis temores son absurdos, teniendo en cuenta que poseo la tienda y una clientela estable que paga por mis preparados mucho más de lo que cuestan los gastos. Pero el contrato de alquiler está a nombre de la empresa Parker, igual que el piso.
Trent y yo estaremos jodidos si May nos corta el grifo.
Sí, tenemos una cartera de inversiones que Justin gestiona con esmero, pero ¿de qué nos servirá si May solo nos asigna un sueldo exiguo de un fondo fiduciario?
En la actualidad, el precio medio de una vivienda en el centro de Melbourne se sitúa en torno a algo más de un millón, y no abundan los empleos estables para aromaterapeutas y profesores de guitarra a tiempo parcial.
Mi enfrentamiento con Ashlin ya me había dejado bastante alterada, y el sorprendente anuncio de May intensificó mi inquietud.
Ya he pagado con creces.
Y pagué una pequeña fortuna en internet para crearme una historia muy alejada de mi verdadero pasado, consciente de que una mujer como May me investigaría en cuanto empezara a salir con Trent.
Dinero bien invertido el día en que un Parker me pidió matrimonio.
Al principio, fui a por él. Llevaba un año tocando en un grupo sin talento en el mismo pub, un niño rico que alardeaba de no necesitar trabajar. Lo había reconocido por un artículo de periódico sobre las familias más ricas de Melbourne y sabía que podía ser mi vía de escape.
Me había infiltrado poco a poco en su vida.
A él le encantaba mi espontaneidad despreocupada; a mí, su espacioso piso y su cuenta bancaria.
Pero, una vez que lo conocí, comprendí la suerte que tenía.
Trent era uno de los buenos, y no había conocido a muchos hombres así en mi vida.
Me enamoré por primera vez, una sensación embriagadora y surrealista para una chica como yo.
Compartimos nuestras esperanzas y nuestros sueños, y me pidió que me fuera a vivir con él.
Al principio, May no lo aprobaba, pero conseguí ganármela. Caigo bien a la gente. Es una habilidad. Soy sincera, dulce e inocente; cuando quiero. Me casé con Trent seis meses después y abrimos nuestro negocio al cabo de otros tres.
Eso fue hace trece años y me he vuelto confiada, segura de que nunca descubrirán las mentiras que he inventado.
La cuestión es que, aunque tener dinero está bien y me he acostumbrado a ello, lo que de verdad me desquicia es pensar que puedo perder a Trent.
No soporto la idea de que deje de quererme. Él es mi mundo.
Porque, durante aquel aterrador instante en que Ashlin se enfrentó a mí en la fiesta, pensé que conocía mi otro secreto, ese que no creo que Trent fuera capaz de perdonar.
El pánico me inunda el pecho y me lo oprime, y me obligo a llenar los pulmones de aire para tranquilizarme.
Todos creen que practico yoga porque me encanta; qué poco saben.
Es una necesidad, mi forma de mantener a raya la aprensión constante, el miedo a que, en cualquier momento, la vida que he construido con tanto esmero se desplome a mi alrededor.
Eso es lo que me preocupa. Si Ashlin ha descubierto la verdad sobre mi pasado, ¿qué más sabe?
Me tiemblan los dedos mientras preparo una mezcla de incienso, sándalo e ylang-ylang, perfecta para la ansiedad.
La vierto en un quemador y enciendo la vela que hay debajo.
En otro vaso de precipitados mezclo bergamota, geranio e incienso para relajarme y lo añado a un difusor eléctrico.
Quizá sea excesivo, pero necesito toda la ayuda posible.
Tendré que llamar a esa clienta para que venga más tarde a recoger una remesa de mi famoso remedio para la artritis, para que Trent no descubra mi mentira.
Necesito unas horas para despejarme, para tranquilizarme, de modo que no se dé cuenta de que Ashlin me ha asustado.
Me pongo manos a la obra. Alineo los frascos de aceites esenciales: manzanilla, ciprés, lavanda, lima.
Mido el aceite base. Añado el número exacto de gotas. Mezclo.
Sí, esto es justo lo que necesito. La repetición tranquilizadora de una actividad familiar, muy alejada de la vengativa Ashlin y de sus acusaciones, que han dado demasiado cerca de la diana.