La última esposa Capítulo 7
13%

Capítulo 7

Capítulo Siete

MAY

O bservo a Ria mientras sale hecha una furia de la cocina, como si todos los demonios del Hades la persiguieran.

Algo preocupa a mi nuera favorita. Cuando ha llegado hoy, me he fijado en su ligero ceño fruncido, en las sombras bajo sus ojos, en la tensión que le contraía la boca.

Y no se le ha pasado. Si acaso, ahora parece más agobiada.

Una tarde con mi familia puede provocar ese efecto en cualquiera. Sé lo que se siente.

Ria fuerza una sonrisa cuando me acerco, pero no le llega a los ojos.

—¿Cómo está la cumpleañera? —Ria me toca el brazo con afecto sincero. Nada de la falsedad que muestran Ashlin y Shamira siempre que están conmigo.

—Notando cada uno de mis sesenta y cinco años. —Hago una mueca y giro los hombros—. Recuérdame que no vuelva a organizar uno de estos saraos.

Ria quiere echarme en cara mis quejas; lo veo en sus ojos, en cómo me juzga porque hoy no he movido un dedo.

Los empleados del catering han preparado toda la comida, los camareros la han servido y el personal de limpieza lo ha dejado todo impecable, y volverán cuando se haya marchado todo el mundo para recoger.

Pero Ria no dice una palabra. Otra cosa que admiro de ella. Sabe cuándo morderse la lengua.

—Los niños se lo están pasando bien. —Ria señala el lugar donde Jessie, Ellen y Shelby están enfrascadas en un juego de princesas y dragones, un juego que inventaron y al que llevan jugando desde que eran pequeñas.

Es infantil para su edad, pero me gusta ser testigo de su inocencia en esta turbulenta era digital.

—Son las únicas.

Ria se ríe entre dientes ante mi seca respuesta. —No me engañas. Te encanta tener reunida a tu familia.

—Me declaro culpable. —Alzo las manos para darle la razón mientras me pregunto en silencio qué pensaría Ria si supiera la verdad.

No me caen bien muchos miembros de mi familia, y mucho menos me gusta tenerlos a todos en el mismo sitio. Pero lo hago para fomentar la armonía. No soy tonta. Sé por qué la mayoría finge que le importo. El dinero es un gran incentivo para guardar las formas. Por eso me propongo ponerlos a prueba.

—¿Tienes secretos, Ria?

Mi pregunta la sorprende. Quiero pillarla con la guardia baja, y lo consigo a juzgar por cómo se sobresalta antes de disimular rápidamente su reacción con un encogimiento de hombros despreocupado.

—¿Acaso no los tenemos todos?

Su tono es frívolo, como si no ocultara nada.

Quiero creerlo. Intenté indagar en el pasado de Ria para descubrir algo que pudiera utilizar en caso de necesidad.

Todo el mundo tiene un punto débil. Quiero saber cuál es el de Ria.

Curiosamente, mi pregunta la ha puesto nerviosa, pues una venita le palpita junto al rabillo del ojo izquierdo.

Pero, de momento, lo dejo pasar. Porque lo que estoy a punto de decirle a la familia los va a poner nerviosos a todos.

—¿Podrías hacerme un favor y reunir a las tropas? Tengo un anuncio que hacer.

Ria me mira con abierta curiosidad antes de asentir. —Claro. Los reuniré para cortar la tarta.

—La tarta antes que las revelaciones. Qué apropiado.

Ria vacila, como si quisiera añadir algo, antes de acercarse a Christine. En estos momentos, mi hija está empeñada en beberse su propio peso en caro champán francés. Esa es mi chica: siempre entregada a los excesos. Y eso hace que me preocupe aún más.

Yo nunca me excedo con nada. Como platos recién preparados y con las raciones cuidadosamente medidas. Evito el alcohol. No derrocho dinero en caprichos frívolos ni en las últimas tendencias.

Desde muy joven aprendí que todo debe hacerse con moderación.

Las duras lecciones de mi madre me fueron muy útiles.

Quedarme sin postre para caber en un vestido.

Correr junto al río Yarra hasta que el sudor me chorreaba para aprender autodisciplina.

Negar favores sexuales hasta que todos los chicos ricos de la ciudad me desearan.

Las enseñanzas de mi madre me permitieron conquistar a Percival y entrar mediante el matrimonio en la familia Parker.

«Una pareja hecha en el cielo» habían decretado las columnas de sociedad en todos los periódicos.

«La princesa de la ribera y el príncipe de la ciudad».

«La heredera de la fortuna de los terratenientes más acaudalados de Fairfield y el único heredero de la familia de magos de las finanzas más rica de Melbourne».

Si supieran que su versión del cielo había sido mi infierno particular.

Ya no. Percy me dejó convertida en la viuda más rica de Melbourne, y no pienso permitir que ni un ápice de esa fortuna se disipe a manos de personas sin autocontrol.

Observo cómo la diligente Ria reúne a todo el mundo.

No ve las miradas cargadas de veneno que le lanzan a la espalda cuando se aleja de Christine y Ashlin; solo Shamira se pone a caminar a su lado, encantada de charlar.

Aunque esa chica también alberga tristeza, como si ocultara algo demasiado grande para soportarlo.

Ria deja a las niñas para el final y finge que no las encuentra, permitiéndoles abalanzarse sobre ella desde detrás de los setos perfectamente recortados. Ella simula tambalearse por la impresión, con una mano sobre el pecho, antes de que Shelby rodee a su madre con los brazos.

Parte del hielo que me rodea el corazón se derrite. Ria es una buena madre, una buena persona. Hago bien en confiar en ella cuando apenas confío en nadie de mi familia.

Jessie y Ellen permanecen cerca, sin saber qué hacer.

Ellen exhibe una expresión anhelante y melancólica, mientras que la de Jessie, confusa al principio, se transforma rápidamente en resentimiento.

Probablemente nadie abrace muy a menudo a esas pobres criaturas, con Ashlin corriendo de un lado para otro para perfeccionar su imagen de dama de la alta sociedad y Justin evitándola a base de trabajar hasta tarde en la oficina. Odio pensar que mis nietas sufren.

Esa es parte de la motivación que me impulsa a hacer lo que estoy a punto de hacer.

Se me forma un nudo en la garganta y doy unas palmadas sonoras, deseosa de proceder con mi anuncio.

Reprimo mi indignación por aquello en lo que se ha convertido esta familia y finjo disfrutar mientras se reúnen a mi alrededor, se afanan por encender las velas de la exquisita tarta marmolada de chocolate que he encargado, entonan una vibrante interpretación de «Cumpleaños feliz» y lanzan los inevitables y estruendosos «¡hip, hip, hurra! ».

Espero hasta que uno de los camareros se lleva rápidamente la tarta a la cocina para repartirla y luego cojo el cuchillo más cercano y golpeo con él mi copa de vino intacta.

—¿Puedo pediros vuestra atención?

Trent y los niños parecen aburridos; Christine tiene los ojos vidriosos; Ashlin se balancea un poco, como si hubiera bebido demasiadas copas de champán; Shamira muestra un interés cortés. Ria me dedica una sonrisa sincera y Justin hace lo mismo.

—Como todos sabéis, el clima financiero actual es inestable. Muchas empresas han sufrido grandes pérdidas debido a los desplomes de los mercados en todo el mundo. Así que, teniendo esto en cuenta, voy a introducir algunos cambios.

Ahora sí tengo toda su atención. Hasta los niños parecen percibir la importancia de lo que voy a comunicar y dejan de arrastrar los pies.

—Voy a cerrar la cuenta familiar.

Oigo un grito ahogado, pero no sé de quién procede.

Hasta ahora, permitía que los miembros de la familia retiraran dinero de una cuenta familiar conjunta cuando lo necesitaran.

Ninguno se aprovecha, pero tienen libre acceso a una suma considerable de dinero que yo administro.

Es mi forma de mantener el control. Sin embargo, se avecinan cambios y quiero prepararlos.

—A partir de ahora, habrá un fideicomiso para cada una de vuestras familias y recibiréis de esa cuenta un salario mínimo, y ni un céntimo más. Así que os recomiendo invertir con sensatez lo que tenéis. Conservad vuestro dinero.

Espero, prolongando la pausa para darle un efecto dramático. —Porque la fortuna de los Parker no estará ahí para manteneros eternamente.

Es una táctica intimidatoria concebida para ponerlos a prueba, y veo cómo sus rostros reflejan la misma expresión de conmoción, con la boca formando una O perfecta, todos excepto Ria.

Ella me mira con abierta admiración, como si quisiera aplaudir.

Sabía que reaccionaría así. Ria está orgullosa de su independencia, y con razón; no se aferra a mí como una sanguijuela para apropiarse de todo lo que pueda, como hacen los demás.

—¿Eso significa que ahora somos pobres, abuela? —Jessie tiene los ojos muy abiertos, tan preocupados como los de su madre.

—No, cariño, pero quiero que todos comprendamos el valor del dinero y cómo cuidarlo para que no se esfume.

Miro primero a mi hija, después a Ashlin y, por último, a Trent y Shamira. Evito mirar a Justin. Se pondrá furioso porque no se lo haya mencionado.

—Ahora, volvamos a divertirnos. —Doy unas palmadas con falsa alegría y hago una seña a los camareros de la cocina, que salen de inmediato para repartir los trozos de tarta.

Me doy cuenta de que nadie se la come, salvo Ria y los niños. Tal vez los demás lleven ya demasiado tiempo comiéndose su parte del pastel y se hayan atiborrado.

Los tiempos están cambiando en la familia Parker. Yo me encargaré de que así sea.