La última esposa Capítulo 6
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Capítulo 6

Capítulo Seis

ASHLIN

L a Hippy rara vez viene a buscarme, así que, cuando Shamira me aborda junto a la fuente, no puedo ocultar mi sorpresa.

—¿Qué quieres? —El tono cortante se debe al efecto del champán, que empieza a provocarme dolor de cabeza. No soy una borracha, pero el alcohol, y en grandes cantidades, es la única forma que tengo de soportar a la familia de Justin durante más de cinco minutos.

—Hola a ti también —dice con esa voz suave suya, irritantemente melodiosa—. ¿Cómo estás, Ashlin?

—Mejor por momentos. —Levanto la copa de champán y me abstengo de decir que unas cuantas copas más quizá me ayuden a tolerar el estar atrapada aquí con todos ellos.

Shamira se ríe con un tintineo delicado que me crispa los nervios tanto como el aroma a pachulí que me llega y el minivestido de caftán morado con estampado tie-dye que luce con aplomo.

Detesto los extremos a los que llega para perpetuar ese estilo de vida artístico, cada centímetro de su persona convertido en un cliché, y me pregunto cómo acabó Trent con esa aromaterapeuta de pacotilla.

Las mujeres como ella harían cualquier cosa por escapar de su pasado, y doy por hecho que esta impostora amante de la paz se fijó en Trent como objetivo.

Él es uno de esos tipos inofensivos que no se enteran de nada salvo de lo mucho que los adora su mujer.

La adoración mutua que se professan me da náuseas y también bastante envidia.

¿Cuándo fue la última vez que Justin me miró con admiración, si es que alguna vez lo ha hecho?

Es absurdo esperar toda esa ñoñería romántica cuando encajamos bien en otros aspectos.

Pero tampoco soy idiota. Sé que Justin empezó a salir conmigo por mi apellido.

Éramos la pareja de moda de la élite de Melbourne y todo el mundo hablaba maravillas de nosotros.

Yo disfrutaba de la atención, pero, aunque Justin se mostraba atento y solícito, nunca me había mirado como Trent mira a Shamira.

Doy un sorbo al champán para deshacer el insólito nudo de emoción que tengo en la garganta.

Me irrita sentir celos de esta mujer. Podría enfrentarla a lo que sé, con lo que se echaría atrás y no volvería a acercarse a mí; así que, la próxima vez que me ponga melancólica por la falta de romanticismo en mi matrimonio, lo recordaré.

—Tenemos que hablar. —Shamira me toca el brazo de una forma que me pone la piel de gallina, con un agarre semejante a una garra que raya en lo exigente, casi en lo posesivo. Como si tuviera derecho a tratarme así.

Aparto el brazo de un tirón. —¿De qué?

Shamira lanza una mirada nerviosa a su alrededor. —Aquí no.

—Lo que tú digas —murmuro, igual que Jessie cuando se pone más recalcitrante que nunca.

Me sorprende lo mucho que retrocede mi hija mayor cuando está con los Parker: pasa de ser una preadolescente respondona a una niña pequeña encantada de jugar.

Esa es una de las razones por las que hago el esfuerzo de asistir a las veladas de May.

Estar con la familia hace felices a mis hijas, y ellas son el único rayo de luz en la farsa que es mi vida.

Miro hacia donde están, cautivadas en esos momentos por su abuela, haciendo el payaso con ella y con Shelby.

Ver sus sonrisas y oír sus risitas hace que merezca la pena estar aquí.

Nos dirigimos al extremo más alejado de la piscina infinita de tamaño olímpico y nos detenemos a la sombra del pabellón.

Shamira está inquieta; juguetea con los extremos deshilachados de las mangas del caftán, incapaz de mirarme a los ojos.

Lo que tenga que decirme me interesa bien poco.

Probablemente quiera organizar alguna sorpresa patética para mi cuñado, pero su nerviosismo resulta extraño.

—Vale, ¿qué es tan importante como para que tuvieras que arrastrarme hasta aquí abajo para hablarlo...?

—Te vi. —Suelta el aire despacio, como si hubiera tenido que armarse de valor para hacer esa desconcertante declaración.

Se mete las manos bajo los brazos para dejar de juguetear y, cuando por fin me mira directamente a los ojos, su desdén hace que me ponga en guardia—.

La semana pasada, cerca del Palais, en St Kilda.

Me quedo paralizada cuando comprendo lo que insinúa y resisto el impulso de frotarme la piel para ahuyentar el escalofrío que me la ha erizado. No es que pudiera haber visto nada demasiado turbio. Suelo tener muchísimo cuidado.

Pero el hecho de que saque el tema significa que podría estar en apuros. Primero Ria y ahora ella. ¿Es que no tienen nada mejor que hacer que entrometerse en mi vida?

No saben absolutamente nada de mí. No saben cuánto me esfuerzo por parecer impecable por fuera mientras las dudas me corroen por dentro.

Ni que la perfección tiene un precio y yo lo pago a diario.

No en dinero, sino en las elevadas expectativas que deposito en mí misma y en quienes me rodean.

Quiero tener lo mejor. Quiero ser la mejor.

Pero esa clase de presión acaba desgastando y, cuando se vuelve excesiva, hago estupideces.

Como buscar a hombres inadecuados tan carentes de alma como yo.

Sé que es autosabotaje. Intento llenar el vacío que llevo dentro arremetiendo sin querer contra la única persona que debería estar más en sintonía conmigo.

Justin nunca me ve , pero otros hombres sí. Por eso corro riesgos estúpidos una y otra vez.

Al principio no era tan idiota. Cuando acabábamos de casarnos, estaba llena de optimismo y esperanza en el futuro.

Cuando Justin no me exhibía ante sus colegas de negocios, me llevaba de improviso a estrenos teatrales e inauguraciones de restaurantes.

Éramos habituales en las páginas de sociedad y nos fotografiaban en The Regent o el Princess Theatre, en Vue de Monde durante la presentación de su última y exquisita creación o en primera fila durante la Semana de la Moda.

En cada una de aquellas fotos, Justin me contemplaba con los ojos llenos de estrellas.

¿Era una pose? Probablemente, pero, aunque la atención que me prestaba se volvió cada vez más rutinaria, los últimos seis meses han sido especialmente malos.

Trabaja muchas horas y rara vez llega a casa antes de medianoche.

Los fines de semana están repletos de actividades extraescolares de las niñas, para las que se ofrece voluntario encantado; probablemente para evitar pasar tiempo conmigo.

Se acabaron las cenas románticas y las escapadas de fin de semana, cuando me llevaba por capricho a algún destino secreto.

Me he visto obligada a afrontar los hechos. Me he vuelto invisible para mi marido.

Así que busco atención en otra parte.

Buscar consuelo en otros hombres no ayuda a mi autoestima en caída libre. Pero, durante esos encuentros demasiado breves, me siento más especial, más viva, de lo que me he sentido en mucho tiempo.

Tengo un marido al que le da igual que nos acostemos juntos o no y un vacío innato que ninguna cantidad de ropa de diseño, joyas caras o sesiones de spa puede llenar.

Y lo último que necesito es que esta mujer me juzgue.

—¿Qué viste? —Finjo indiferencia y doy otro sorbo de champán. Me quema la garganta como ácido.

—A ti. Y al enemigo de la familia.

El alivio me inunda. Puedo justificarlo con facilidad sin que ella llegue a sospechar nada.

—¿Y? Estábamos hablando de un asunto de negocios que nos interesa a los dos...

—No soy idiota —dice vacilante, mientras un rubor avergonzado le tiñe las mejillas, antes de añadir—: Tenía la mano en tu culo, así que no me pareció que estuvierais hablando de negocios.

Mierda. Esta vez he tenido muchísimo cuidado.

Me he asegurado de ser discreta. He mantenido la vida cuya fachada he construido con tanto esmero separada de mis necesidades.

Ya me salí con la mía una vez, y fue casi demasiado fácil cuando elegí como objetivo a aquel seductor arrogante y seguro de sí mismo que se follaría a cualquier cosa con falda.

Sobre todo porque competía con Justin por cada dólar del mundo financiero, de modo que follarme a mí sería la venganza definitiva.

Para mí no se trata del sexo. Nunca se trata de eso. Como alguien a quien han ignorado durante casi toda su vida desde niña y que ahora sufre el mismo destino a manos de su marido, necesito esa validación. La ansío como Christine ansía su próximo cóctel.

Me pregunto si May sabe que su hija está al borde del alcoholismo.

Probablemente no. La arpía está demasiado ocupada revoloteando alrededor de Justin y asegurándose de que la fortuna familiar siga creciendo.

Una fortuna de la que pienso disfrutar durante mucho tiempo, lo que significa que tengo que silenciar a Shamira de una vez por todas.

—Todas las mujeres de Melbourne saben que es un ligón, Shamira. Si te hubieras quedado para seguir espiando, habrías visto que lo apartaba de un empujón y...

—No me trates con condescendencia. —Tiene la desfaqchez de clavarme un dedo en el hombro y yo trastabillo, un poco falta de equilibrio—. Saliste de un hotel y recorriste Fitzroy Street a pie. Él te tocó cuatro veces antes de que llegaras al coche y luego te agarró el culo con toda la mano.

Su aire de suficiencia me enfurece mientras cruza los brazos y la desaprobación emana de ella. Como si tuviera derecho. Lo que ella hizo en el pasado es mucho peor. Tengo que mantener la calma. Negarlo, hacerla dudar de lo que vio; y, si no se echa atrás, atacar donde más duele.

Me encojo de hombros, fingiendo indiferencia, aunque el corazón me late con tanta fuerza que parece a punto de saltarme del pecho.

—Piensa lo que quieras. Tuvimos una reunión en el restaurante del hotel, que es el mejor de la bahía, cosa que sabrías si alguna vez comieras comida de verdad en lugar de ingerir chupitos de hierba de trigo mañana, tarde y noche. Después me acompañó hasta el coche...

—¿Quizá debería preguntarle a Justin qué opina de la situación?

—Habla en voz tan baja que apenas oigo la amenaza.

Pero sí veo su maldita superioridad, cómo se regodea porque he metido la pata y ella lo sabe—.

Lo que decidas hacer con tu vida no es asunto mío, pero la identidad del tipo con el que te estás acostando podría destrozar a esta familia. ¿Has pensado en eso?

Me invade la furia ante la idea de que esta advenediza pueda destruir la valiosa vida que tanto me ha costado construir y me abalanzo sobre ella, incapaz de contener la rabia.

Ella se sobresalta y tropieza. Su espalda choca contra una columna de mármol del pabellón mientras yo me inclino hacia delante para mirarla con desprecio a la cara.

—Cierra la boca o les contaré a todos lo de tu pasado.

Parpadea, pero no antes de que vislumbre un destello de miedo. —Todo el mundo sabe que crecí en la pobreza.

—Pero no saben lo demás.

Palidece y yo hundo más la estaca, decidida a atravesarla como ella me ha atravesado a mí. Tengo que hacerle entender que no toleraré sus amenazas, no cuando toda mi vida gira en torno a las apariencias.

—Lo sé todo sobre lo que hiciste y no creo que tu marido lo aprobara. Ni May tampoco.

La palidez de Shamira es idéntica al blanco enfermizo de la pared que tiene detrás, lo que hace que sus ojos resalten como insondables orbes oscuros. Mira de un lado a otro, como si buscara a posibles fisgones, y un tic nervioso le hace temblar una ceja.

Oh, sí, he recuperado la ventaja. No dirá ni una palabra sobre mi indiscreción.

Espero y, tras varios largos instantes, se recompone y borra con cuidado cualquier emoción de su rostro.

—No sabes de qué estás hablando...

—Cállate. —Invado su espacio personal, con nuestros rostros casi pegados, lo bastante cerca para oler el ajo en su aliento por el hummus que ha devorado antes—.

Todos tenemos secretos, absolutamente todos.

Así que voy a dejarlo claro. Tú no le cuentas a nadie lo que crees haber visto y yo tendré contigo la misma cortesía en lo referente a tu pasado. ¿Entendido?

No puedo creer que haya tenido la desfachatez de enfrentarse a mí. ¿Qué esperaba conseguir? Suele ser dócil, así que el hecho de que me reprenda por mi mal comportamiento significa que tiene carácter. Ojalá no hubiera decidido demostrarlo precisamente ahora.

Tras una larga pausa, asiente. —No diré nada.

—Bien. —Me aparto, abrumada por el hedor de su perfume de pachulí. Es un auténtico cliché de hippy—. Recuerda, cuñadita querida, que lo que tú tienes contra mí son meras conjeturas, pero yo tengo pruebas de tu pasado y, si vuelves a amenazarme..., no acabará bien para ti.

Me doy la vuelta, pero no antes de vislumbrar el miedo en sus ojos, mezclado con algo mucho más aterrador.

Desafío.