La última esposa Capítulo 5
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Capítulo 5

Capítulo Cinco

RIA

J ustin me pilla acorralada cerca del invernadero. —¿Me echas una mano con la tarta?

Por lo general, este es el momento en que me despido de Justin en las reuniones familiares. Su sutil coqueteo me incomoda. Se me pega un pelín demasiado. Me sostiene la mirada más de la cuenta. Y me busca a propósito cuando no hay nadie alrededor.

Pero hoy, la rabieta que aún arrastro por lo que Ashlin está haciendo a sus espaldas me lleva a devolverle la sonrisa de oreja a oreja y asentir. —Venga, vamos a preparar la tarta y sacarla.

Alza la ceja derecha, descolocado porque no haya puesto pies en polvorosa como de costumbre, pero disimula al instante con un guiño. —Tampoco me importaría verte salir a ti de dentro de un salto.

Pongo los ojos en blanco. —Eso es rancio hasta para ti.

Se ríe, y las patas de gallo que se le forman en la comisura de los ojos le suman atractivos.

A Justin Parker le sobra planta para respaldar semejante chulería.

Mide un metro ochenta y ocho y gasta un cuerpo fibroso gracias a las horas que echa en el gimnasio de la empresa —según Grayson, que también entrenaba allí—, una mandíbula marcada, ojos avellana y una sonrisa capaz de hacerle temblar las piernas a cualquier mujer vulnerable a esa clase de encantos.

Yo no lo soy, pero hoy me reconcome una indignación lógica porque Ashlin le ponga los cuernos a este hombre sin el menor remordimiento.

No se lo merece. Por lo que le he visto a lo largo de los años, es un padre volcado y cariñoso al que sus hijas adoran.

No se pierde un solo acto del colegio, desde las competiciones deportivas hasta los festivales de danza; las lleva de arriba abajo el fin de semana y organiza planes a solas de padre e hija que a menudo me hacen sentir culpable por no volcarme más con Shelby.

Además, jamás le he oído una mala palabra sobre Ashlin y no se separa de su lado en los eventos, lo cual me reconforta porque demuestra que sus tonteos conmigo no pasan de una broma inocente.

Aunque últimamente tampoco es que nos crucemos mucho.

De hecho, ni me acuerdo de la última vez que los vi juntos e interactuando en una cita familiar.

¿A ver si Justin sospecha que su mujer le es infiel?

¿O igual lo da por bueno? Yo qué sé lo que pasa en los matrimonios de los demás, visto que el mío saltó por los aires sin que me oliera la tostada.

—¿Estás bien? —Me toca el brazo; las yemas de sus dedos apenas me rozan la piel. Se me pone el cuerpo de gallina, y ese escalofrío le manda a mi cabeza una señal que debería sofocar de raíz: me gusta demasiado que me toque.

Jamás he querido reconocer la chispa de atracción que hay entre los dos porque le tengo demasiado respeto a la familia Parker. Justin es un hombre casado y además es mi cuñado, así que ni me planteo cruzar esa línea.

—Es que estoy molida. —No me apartado de golpe como haría normalmente y dejo que sus dedos se queden un segundo más sobre mi piel. Echo de menos el contacto de un hombre. —Se me están yendo muchísimas horas en el trabajo.

—¿En qué andas liada?

Alzo la vista, veo a Christine y a Ashlin fichándonos desde la otra punta del jardín y me despendo de Justin por pura inercia. Su mano cae y me entra un frío repentino. —En un reportaje sobre fallos de seguridad en pequeñas empresas.

Y enterándome de bastante más de lo que debería por culpa de los correos que un pirado, obsesionado con arruinar a esta familia, me está mandando.

—Tiene buena pinta. —Se me acerca demasiado, pero no puedo evitar tomar aire y saborear la ráfaga de su loción cara para después del afeitado, con ese toque cítrico.

Es fresca y discreta, muy en la línea de Justin.

Él no va fardando de dinero; lo lleva puesto como si fuera la seda más exquisita.

Eso le suma puntos. —¿Para cuándo la entrevista conmigo?

Justo lo que me faltaba: verme a solas en un despacho con un tío tentador y rotundamente prohibido.

Aunque tampoco le diría que no a Parker Partnership si me pidieran un publirreportaje.

Mueven miles de millones y son un referente en esta ciudad, pero nunca me han propuesto escribir sobre ellos y, en el fondo, casi que lo prefiero.

Ya me cuesta bastante manejar este tonteo soterrado cuando coincide que lo veo una o dos veces al mes rodeado de su familia.

Ni me imagino cómo reaccionaría encerrada con él en un despacho, aislados, sin la red de seguridad de tener a los demás delante.

—Cuando me puedas pagar la tarifa —le bromeo, señalando hacia la cocina—. Venga, ¿qué hacemos con esa tarta?

No hace falta que me guíe, pero al notar su mano en la zona lumbar saboreo el cosquilleo prohibido de su calor. Sé de sobra que está mal desear lo que no me toca, pero ha llegado un punto en que me da igual.

Hoy me ha pillado con un cuerpo raro, consciente de la presencia de Justin como nunca me había atrevido a admitir.

Es un tío despampanante, de los que acaparan todas las miradas, y me cuesta dios y ayuda no mirarlo.

Es como si se hubiera resquebrajado mi coraza y ni siquiera me pesara.

Le echo la culpa a Ashlin. Descubrir las pruebas de su traición y ver después la indiferencia tan fría que le muestra a mi hija...

Si hoy a Justin le da por tontear conmigo, que se joda Ashlin.

Entramos en la cocina enorme y, lejos de quitar la mano, Justin acomoda los dedos en mi espalda marcando terreno. Siento la presión firme de cada una de sus yemas, una locura teniendo en cuenta que nos separa la tela de algodón del vestido.

Debería apartarme. Moverme. Poner metros de por medio. Pero no lo hago. Pierdo la noción del tiempo mientras nos quedamos ahí parados, a escasos centímetros el uno del otro pero pegados por su palma, de un modo que pasaría desapercibido para cualquiera pero que para nosotros lo dice todo.

No me atrevo a mirarlo a la cara porque no me siento preparada para ver lo que tiene en los ojos. Nunca lo estaré.

El chillido de las niñas al fondo del jardín rompe el encantamiento. ¿Pero qué coño estoy haciendo desando al marido de otra? Yo no soy así. Tendré las defensas bajo mínimos para dejarme llevar por este tonteo.

—Voy a encender las velas. —Intento esquivarlo y, por un segundo, me da la sensación de que no me va a dejar pasar.

Pero se encoge de hombros y retira la mano, dejándome con la duda de si me lo he imaginado todo.

La tarta está sobre la isla de la cocina, en una fuente de porcelana fina.

Pongo la pala a juego al lado con cuidado y cojo el encendedor justo cuando noto a Justin pegado a mi espalda.

Se me eriza la nuca y me aguanto las ganas de frotarme la zona. Está muy cerca. Aprieto los dientes para sofocar la tentación de dejarme caer hacia atrás.

—¿Estás saliendo con alguien?

La pregunta me descoloca tanto que se me escurre el encendedor y choca contra la encimera. Vuelvo a notar su calor, como si desprendiera un campo magnético que solo percibo yo, y ojalá se apartara de una vez.

Odio perder los papeles. Soy una persona metódica, que sopesa las cosas y se agarra a los hechos. Raras veces pierdo el control o me dejo llevar por impulsos absortos. ¿Para qué? Tengo una hija en una edad delicada y Shelby es mi prioridad absoluta. No he estado con nadie desde Grayson.

Lo cual explica por qué estoy metida en la cocina de mi suegra, disfrutando a escondidas del morbo prohibido de que este hombre tan atractivo me tire los tejos. Qué enfermizo todo.

—Que va, no tengo tiempo para líos. —Le meto un toque pasota a la voz intentando que no se me note la punzada de ganas que me entra cada vez que alguien me saca el tema.

A decir verdad, me apetecería volver a tener citas, notar el gusanillo del coqueteo, el juego del tonteo previo antes de ir a mayores.

Pero entre el trabajo y la niña no me da la vida ni me apetece complicarme.

He tenido sexo la friolera de dos veces desde que Grayson me dejó tirada hace cinco años.

Las dos en cenas de empresa de Navidad, dos polvos rápidos en el primer despacho vacío que pillé y que no me sirvieron ni de consuelo.

Echo de menos la complicidad, ese tipo de cercanía que va a más hasta convertirse en una relación. Pero desde lo de Grayson me he vuelto insoportable y tengo el corazón blindado. Necesito a un tío centrado, cariñoso y con sentido del humor.

Justin se aclara la garganta, como si quisiera autoinvitarse al puesto.

Alguien como él.

—Eres una mujer con empuje, lista y guapísima, Ria. No deberías estar sola.

Se me pone al lado, lo bastante cerca como para que se nos rocen los hombros, y su voz grave me retumba por dentro encendiéndome los demonios.

Le detesto por eso. Para él esto no deja de ser un entretenimiento: a ver hasta dónde puede tensar la cuerda con la pobre y desdichada de su cuñada soltera.

¿Pero qué se cree, que me va a camelar así de fácil?

Que le den por saco.

Por desgracia, en el fondo sé que es exactamente lo que me pediría el cuerpo hacer.

—No es asunto tuyo —suelto, logrando sonar distante y desinteresada mientras recojo el encendedor de la encimera—. ¿Por qué no te vas fuera con tu mujer y me dejas terminar con la tarta?

—Hace ya mucho tiempo que no estoy con mi mujer. —Suena abatido, amargado, y odio el pequeño gusanillo de ilusión que me entra al oírselo decir—. Seis meses, para ser exactos.

Mientras asimilo el bombazo, añade: —Tú tuviste suerte.

Al menos te quitaste a Grayson de encima.

Yo estoy atrapado en un paripé de matrimonio que no va a ninguna parte, ¿y para qué?

¿Para guardar las apariencias? ¿Por la puñetera empresa?

¿Por la familia? Somos el típico matrimonio de cara a la galería que sigue junto por las niñas y poco más.

Se pasa la mano por el pelo con cara de torturado, mientras yo me muerdo los labios para no darle un abrazo y consolarlo como buenamente pueda.

Una pequeña parte de mí siente cierto alivio, porque sus tiras y aflojas se han intensificado en los últimos seis meses, coincidiendo con la sequía con Ashlin. O sea que no es tanto un salido como un hombre desesperado por recibir un poco de cariño.

Un cariño que, según esos malditos correos, su mujer le regala alegremente a otro.

Me pregunto a qué viene soltarme esto ahora, mientras me entra tristeza al ver a un tío estupendo atado a una mujer que no le llega a la suela de los zapatos.

—¿Has hablado con ella?

Suelta un bufido que parece una risita amarga mientras señala hacia el jardín, donde su mujer se está sirviendo la tercera copa de champán desde que he llegado.

—Inténtalo tú con ella... —Deja la frase colgada mientras un sofoco de vergüenza le colorea las mejillas—. Ya sabes de qué pie cojea.

Me dan ganas de soltarle: «¿Y por qué te lo tragas?»

En vez de eso, me limito a preguntar: —¿Por qué me tiene tanta tirria?

Tarda una eternidad en responder y el silencio se vuelve denso, hasta que por fin suelta: —Probablemente porque a mí no me la das.

Su sinceridad me deja helada. Jamás hemos hablado a las claras de la tensión que hay entre los dos.

Los chistes cruzados y las respuestas con retranca han sido siempre la única señal de que aquí hay tomate más allá del compromiso familiar, y como solo pasa muy de vez en cuando, siempre me he preguntado si me lo inventaba yo.

Pero Justin acaba de verbalizar exactamente el motivo por el que sospecho que Ashlin me odia, y yo no puedo hacer absolutamente nada.

También ha dicho bien claro que le gusto.

Por un segundo siento una chispa de subidón — sí que hay química entre los dos —, hasta que la realidad me pega un bofetón y el castillo de naipes se derrumba.

Las crisis matrimoniales de Justin y Ashlin no van conmigo.

Él sigue siendo terreno vedado y lo será siempre.

Lo sé. Lo he sabido siempre. Pero es más fácil alimentar fantasías cuando la otra persona no te reconoce abiertamente que se muere por ti.

—No podemos seguir por aquí. —Me aparto, marcando una distancia más que necesaria y verbalizando lo que alguien tenía que decir—. Esto no está bien.

—Ya, lo sé. —Se me queda mirando a los ojos desde el otro lado de la cocina, y entre nosotros salta una chispa inexplicable y adictiva. Tengo el cuerpo en tensión, alerta y encendido al milímetro—. Pero no sabes cómo desearía que fuera de otra forma.

Con el corazón a mil por hora en el pecho y el cuerpo encendido, me piro de la cocina a pasos agigantados. Que se apañe él con la tarta y con su vida.

Yo no me voy a meter en ese fregado, por mucho que en el fondo me muera de ganas.

Demasiado me ha costado llegar hasta aquí como para mandar mi vida a tomar por saco ahora.