La última esposa Capítulo 4
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Capítulo 4

Capítulo Cuatro

MAY

— A buela, ¿cómo llamas a una seta en una fiesta?

Me doy dos toquecitos en el labio inferior, haciendo como que me lo pienso. —¿Cómo, Jessie?

—Un fungi. ¿Lo pillas? Un fun guy, un tío divertido —se mete Ellen, radiante por haberse adelantado a su hermana, que le saca la lengua mientras le mete un pellizco por debajo de la mesa.

—¡Ay! —grita Ellen, y le suelta un puñetazo a Jessie en el brazo; a la hermana se le llenan los ojos de lágrimas al instante. Sé que son lágrimas de cocodrilo por la miradita furtiva que echa al jardín para comprobar si alguien la está mirando.

Como su madre, Ashlin, son un par de teatreras de cuidado.

—Niñas, seguro que tenéis chistes mejores que ese. —Frunzo el ceño, pero surte el mismo efecto que surtía con mis hijos hace mil años: ninguno en absoluto.

Tuve a mis cuatro hijos casi seguidos, con la esperanza de que crecieran unidos.

Sin embargo, desde pequeños fueron por libre, tan distintos entre sí como era posible.

Incluso ahora, sus diferencias resultan abismales.

Justin pone toda la distancia que puede entre Ashlin y él, mientras que Trent babea por su mujer como un perrito faldero agradecido por cualquier migaja de cariño.

Christine anda merodeando cerca de la barra, llenándose la copa a cada rato y disfrutando del tren de vida al que está acostumbrada; de Grayson no tengo la menor idea de dónde para desde que dejó tirada a su familia hace cinco años.

No me gusta nada ver a mis hijos tan desligados. Siempre quise una familia unida, pero mi hija se marchó a otro estado para poner tierra de por medio. Y de mis tres nueras, la única que vale la pena es Ria.

Shamira puede ser muy maja, pero día a día ablanda más a Trent.

Debería haber seguido los pasos de Justin y haberse metido en el negocio familiar; en vez de eso, le dio por enseñar música.

En cuanto a Ashlin, la única razón por la que tragué con que Justin se casara con ella fueron las relaciones de su familia.

Los Garner gozan de tanto prestigio en el sector financiero como los Parker, y aquello era un pacto de conveniencia para ambas partes.

Pero la fachada impecable de Ashlin esconde a una mujer arpía y hueca; la verdad es que me agota la paciencia.

Lo que nos deja con Ria. La pobre Ria, despreciada y abandonada por el bala perdida de mi hijo menor, pero que, a pesar de todo, se mantiene firme y con la cabeza bien alta.

A diferencia de donde se crio, Ria rezuma clase, con una elegancia innata que no se compra con dinero.

Me cae bien y sé que el sentimiento es mutuo.

Ria se deslomaba a trabajar, está criando divinamente a Shelby y sigue al pie del cañón en la familia Parker a pesar de que algunos intenten hacerle el vacío.

Y por eso mismo lo que me toca hacer se me hace aún más cuesta arriba.

—¿Y tú, Shelby? —Ellen le da un codazo a su prima—. ¿No tienes ningún chiste para la abuela?

Shelby, tan reservada como su madre, niega con la cabeza. —Los únicos chistes que me sé son muy tontos.

—¿Por qué no me cuentas uno de todos modos?

—Le pongo una mano sobre el hombro a Shelby y me da un vuelco el corazón al notar lo huesuda que está bajo el vestido de algodón.

Con diez años, Shelby está justo en esa edad crítica en que la presión de las amigas puede arrastrar a las niñas a un trastorno alimentario. Luego hablaré con Ria.

Shelby tuerce el gesto de una forma que me recuerda tanto a Grayson a su edad que me entra una punzada de melancolía impropia de mí, mientras las otras niñas la animan.

—Venga, Shelby. Seguro que te sabes alguno. —Ellen le hinca un dedo en las costillas y Shelby le aparta la mano de un manotazo.

—Vale. Este es bueno. —Shelby pasea la mirada por la mesa para asegurarse de que la escuchamos antes de seguir—. Toc, toc.

—¿Quién es? —Ellen se inclina hacia delante con los ojos como platos. Le chiflan los chistes de «toc, toc»; cuanto más malos, mejor.

—Una vaca que. —dice Shelby.

—¿Una vaca que quién? —Ellen entorna los ojos, intentando adivinar el chiste.

—No. Una vaca que dice «muuu» —responde Shelby muy seria, antes de soltar una risita que me abriga el corazón. Mi niña no se ríe a menudo, pero cuando lo hace, me disipa toda la tensión acumulada en este cuerpo viejo.

Detesto a mi hijo menor por renegar de su familia y eludir sus obligaciones. Siempre fue un culo inquieto, de crío también: caminaba sonámbulo, se escapaba solo a explorar el barrio, se perdía en los centros comerciales.

Confiaba en que Ria fuera una buena influencia para él y que sentara la cabeza al casarse.

Y cuando nació Shelby, vi cómo se convertía en un padre volcado.

Aquello duró cinco años, hasta que se dio a la fuga.

Podría haber contratado a un detective privado para dar con él, pero el día que abandonó a su familia murió para mí.

La familia es lo primero y no tolero que un hijo mío se lave las manos con sus responsabilidades.

Desde entonces, me he volcado en asegurarme de que a Ria y a Shelby no les falte de nada. Aunque Ria no se deja ayudar fácilmente. Tiene su orgullo y lo respeto. Admiro su independencia. Pero me condenaré antes que dejarlas tiradas como hizo Grayson.

—No está mal, Shel. —Jessie, que le saca un año a su prima, puede ser igual de víbora que su madre en un segundo y un encanto al siguiente—. Tengo uno para ti. Toc, toc.

Shelby tiene a su prima mayor en un altar y se inclina hacia ella. —¿Quién es?

—Una viejecita.

Ellen, que claramente se lo sabe, pone los ojos en blanco, y Jessie le clava una mirada asesina heredada directamente de Ashlin.

—¿Una viejecita quién? —pregunta Shelby.

—No sabía que cantaras jota. —Jessie sonríe y tardo un segundo en pillarselo.

Las niñas se parten de risa y, en ese breve instante, me siento más dichosa de lo que me he sentido en años.

Esto es lo que necesito. No una fiesta para celebrar que me hago vieja, ni un recordatorio de lo desquiciada que está mi familia, ni otro sarao lleno de tensiones soterradas y falsas sonrisas, sino esto: mis nietas y su inocencia, intacta todavía a pesar de las mentiras y los secretos que pudren al resto de la familia.

Le echo la culpa a Percy de las tara que tiene esta familia.

Mi marido murió hace cinco años, pero se encargó de enseñar a nuestros hijos a ser tan manipuladores, retorcidos y solapados como era él.

Puede que al casarnos blindáramos la fortuna familiar para generaciones, pero no pasa un solo día sin que me pregunte si no me equivoqué al aceptar ser su mujer hace tantos años.

Ellen se acurruca contra mí. —¿Y tú, abuela? ¿No nos cuentas uno?

—Venga, os cuento uno y nos vamos a por la tarta.

Las niñas dan palmas y sigo. —¿Qué le dice una pared a otra pared?

Me miran con los ojos abiertos de par en par.

—Nos vemos en la esquina. —Aguanto la risa.

Las niñas sueltan un gemido de decepción y yo me río para mis adentros, dejándome querer mientras me hacen cosquillas.

Esto es lo que hace que todo valga la pena.

Cada paso en falso, cada maniobra entre bambalinas que hago para mantener a raya a mi familia, lo hago por esto. Por mis nietas.

Por su futuro.