Capítulo 3
Capítulo Tres
ASHLIN
—¿ Q ué coño sabrá Ria? Menuda zorra entrometida.
Quiero gritarlo a los cuatro vientos para que lo oiga todo el jardín. En vez de eso, me conformo con desahogarme con Christine, mi cuñada mayor, que tampoco ha terminado nunca de fiarse de ella.
—Tampoco te pases. —Christine me rellena la copa de champán y le echa una fresa dentro.
—Sí, tienes razón. —Contengo la rabia justo antes de largar más de la cuenta, como qué coño sabrá Ria de que estoy haciendo saltar mi matrimonio por los aires.
Me modero un poco: —La zorra soy yo, pero hay algo en esa tía que siempre consigue sacarme de quicio. Va por la vida como si fuera superior a los demás.
—No te dejes provocar. —Christine entrechoca su copa con la mía—. Si mamá no fuera tan blanda, no tendríamos ni que verle la cara.
—Ya, tu madre es un santo.
Una trola como una catedral, porque May Parker me parece una vieja bruja autoritaria y metomentodo, y detesto a mi suegra casi tanto como desprecio a Ria.
Pero Justin adora a su mamita, hace todo lo que le ordena esa arpía y, mientras siga viva y mangonee la fortuna de los Parker, me toca tragar y hacer como que nos llevamos a las mil maravillas.
—Es que no lo entiendo. —Christine da un trago de champán—. Grayson la dejó tirada hace cinco años, así que ¿a qué viene tanta culpa? Que mi hermano, el imbécil ese, dejara a su mujer no tiene nada que ver con ella.
—Porque Ria le está sacando las tripas. —Abro mucho los ojos, imitando a Ria de forma bastante acertada—. Va de mosquita muerta para engañar a todo el mundo, mientras se descojona a nuestras espaldas de lo primos que somos.
—¿Tú crees? —Christine echa una mirada hacia donde Ria charla con Justin, sonriéndole como si fuera el tío más gracioso del planeta.
Esa es otra cosa que detesto: cómo la mira mi marido. Se cree que no me doy cuenta, pero vaya si me entero, desde el día en que Grayson la presentó en familia.
A Justin le chirriaron los ojos… como si hubiera descubierto un caramelito mejor que yo. Por eso guardo las distancias con Ria. No es culpa suya que mi matrimonio se esté yendo a la mierda, pero no me apetece tener delante la prueba de que mi marido le echa el ojo a otra cuando a mí apenas me mira.
Si algún día se entera de lo que estado haciendo para devolvérsela… lo que Ria me ha soltado hace un momento se acerca demasiado a la verdad.
Y haré lo que haga falta para asegurarme de que Ria no tire de la manta.
—Es una bicha. Y capaz de cualquier cosa.
Podría estar hablando de mí misma y las dos lo sabemos, porque Christine me echa una mirada rara pero se calla la boca.
Christine me cae bien, pero apenas coincidimos fuera de estos saraos familiares que May organiza una vez al mes.
Vive en Sídney, hablamos de guindas a brevas por teléfono, pero tampoco es que tengamos mucho en común.
Ella es una Parker de purasangre; yo solo soy una arrimada, exactamente igual que Ria y Shamira.
Tampoco es que Shamira y yo seamos uña y carne.
Bastante tiene con preparar menjunjes de aceites esenciales, contorsionarse en posturas de yoga imposibles o venerar a Trent como para preocuparse por el resto del mundo.
Además, es demasiado de hierba de trigo, brotes de soja, amor libre y paz interior para mi gusto.
—¿Qué tal te va con mi hermano mayor?
Le lanzo una mirada rápida a Christine, preguntándome si Ria le habrá ido con el cuento de algo, pero sigue con cara de no romper un plato.
—Justin es un encanto. Le echa mil horas a la empresa, pero ¿qué hay de nuevo? Ya era un adicto al trabajo cuando lo conocí y me admira lo centrado que está.
Otra trola, pero Christine es igualita a su hermano: demasiado narcisista para calarme las mentiras.
En esta familia están todos mirándose el ombligo, algo que pasé por alto encantada cuando me casé con el de los billetes.
Justin lleva la firma de gestión patrimonial de la familia, fundada hace una eternidad por su padre y su abuelo. Dinero rancio.
A sus cuarenta y cinco años, Justin es de los tíos más podridos de dinero de Melbourne y yo exprimo los privilegios. Mis hijas van al colegio privado más exclusivo, vivimos en South Yarra en una mole moderna diseñada por el arquitecto más cotizado de la ciudad y yo no tengo que mover un dedo.
Por eso me sobra tiempo para darle vueltas a mi vida vacía de fachada impecable y pensar en cómo llenarla. A base de imprudencias que me pueden explotar en la cara si no ando con ojo y que, vista la puñalada que me ha clavado Ria hace un rato, podrían saltar por los aires más pronto que tarde.
Solo le veo el pelo a Ria una vez al mes, porque May se empeña en reunir al clan periódicamente, y hoy ha sido la primera vez que me planta cara cuando la busco.
Es de mala baba, lo sé, pero lo hago porque en el fondo me da envidia.
Tiene su mérito que alguien que se crio sin un duro en el sistema de acogida tenga un título universitario de Periodismo y se gane la vida por libre, publicando reportajes con su propia firma.
Tiene coco, y entiendo perfectamente por qué a Justin se le cae la baba cuando habla de ella.
Esa es la verdadera razón por la que le tengo tirria. Me reconcomen los celos. Y no por el atontamiento ridículo de Justin, sino porque le noto miradas de lástima, como si no entendiera que yo no necesite dar un palo al agua, como si me tuviera por una frívola y una hueca.
—Justin siempre pone a la familia por delante —dice Christine, alzando la copa para brindar—.
Aunque yo no me confiaría si fuera tú, Ash.
Porque Ria también es de la familia y, viendo cómo se pone a su lado, hecho un perrito faldero esperando a que le caiga una caricia…
—Deja la frase colgada con una sonrisa maliciosa, sabiendo que me ha dado donde duele.
Intento poner cara de póquer, pero se me termina cayendo un chorretón de champán en la pechera del vestido veraniego de palabra de honor, de un verde chartreuse chillón.
—¿Qué estás insinuando?
Preferiría no entrar en los típicos juegos pasivo-agresivos de Christine, pero ¿y si sabe algo que a mí se me escapa?
El dardo de Ria de antes ya me ha dejado con la mosca detrás de la oreja y no puedo permitirme pasar por alto la insinuación con la que Christine suelta que pudiera haber algo entre Justin y esa tía.
—Los tíos son tontos del culo y no ven venir a una damisela en apuros.
—Mueve el champán en la copa con un leve fruncimiento de cejas—.
Ria se metió en esta familia engatusando a Grayson, y ahora que él ha puesto pies en polvorosa y ella ha rehecho su vida…
—Señala a Justin—. ¿Igual le ha dado por aspirar a más?
Se me clava un pellizco de pánico en el pecho. A ver si he medido mal todo esto por tomar a Justin por tonto. Si llega a descubrir lo que he liado…
¿Y si Ria sabe algo? Tiene contactos hasta en el infierno y me parece mentira no haber caído en la cuenta antes. Tengo que cortar ya con el tajito.
—A esa no le hace falta el dinero. —Suelto una risita con desprecio, haciendo como que lo que dice Christine me la resbala, aunque llevo el susto en el cuerpo—. Le cayó una buena tajada con el divorcio y gana un pastizal, según Justin.
A Christine se le ilumina la cara con una sonrisa astuta. —¿Es que habla de ella?
Se me agota la paciencia. —Es de la familia. Claro que la nombra. —Hago una pausa para darle dramatismo al asunto—. Hablamos de todos vosotros.
Se le cruza un destello parecido al miedo en los ojos antes de pestañear, y me pregunto si me lo habré imaginado. —Viéndolas venir con lo que sueltas de Ria, no quiero ni pensar lo que dirás del resto.
Me doy dos toquecitos en el labio inferior, haciendo como que me lo pienso.
—A ver. Trent es un eunuco porque Shamira le lleva los huevos bien guardados en el bolso de macramé.
Ella es una hippy de pacotilla que se esfuerza demasiado y que va morada de inhalar los vapores de los potingues que prepara.
Y tú… —Dejo la frase en el aire adrede para ver cómo se remueve incómoda.
Le sale una fina capa de sudor en la frente y un goterón le chorrea por la sien.
—¿Qué pasa conmigo?
Estiro la tensión antes de soltar una carcajada tan brutal que la hace dar un respingo.
—Eres un libro abierto, mi querida Chrissie.
Tienes el trabajo más aburrido del mundo, te pasas de lista para casarte y te has ido a vivir a mil kilómetros de esta tropa.
—Le doy unas palmaditas en el brazo cargadas de condescendencia—. Casi me das envidia.
Su desconcierto se palpa en el aire. No sabe si estoy de guasa o soltándole una puñalada de las mías.
—Llevar un patrimonio inmobiliario no tiene nada de aburrido. —Se pone tiesa—. Sobre todo cuando soy la dueña de todos los edificios que gestiono.
Suelto un bufido. —Sabes que le puedes pagar a alguien para que te haga el trabajo sucio, ¿no?
—Yo no soy un florero vago.
Eso ha sido un tiro directo y me planteo seguir el juego y devolvérsela bien dada. Pero no merece la pena. Tengo marrones más gordos que resolver, para empezar averiguar qué coño sabe Ria exactamente.
—Toda la razón. —Finjo un bostezo y me desperezo—. No cualquiera puede tirarse el día entero a la sopa boba y conservar este tipazo. Es un arte que requiere años de entrenamiento.
Se le escapa una carcajada, justo lo que buscaba, y la tensión entre las dos se esfuma. Siempre pasa igual: un pulso a ver quién suelta el golpe más fuerte hasta que una de las dos recoge cable. Odio dar el brazo a torcer porque a mí me gusta ganar siempre. Es lo mío.
A mí no me pisa nadie.
Jamás.