Capítulo 2
Capítulo Dos
RIA
S helby avanza a grandes zancadas por delante de mí mientras entramos en los elaborados jardines de la impresionante casa de May en Toorak.
La sigo a paso tranquilo, aspirando las relajantes fragancias del jazmín, el torvisco y la fresia, y admirando las exuberantes hortensias moradas, las rosas carmesí y los vibrantes lirios orientales fucsias.
Cada vez que pongo un pie en estos cuidados jardines me entra una pequeña punzada de envidia.
No envidio la riqueza de May, pero constituye un doloroso recordatorio del enorme abismo que nos separa.
Nunca ha aludido a mi pasado ni me ha tratado con condescendencia, pero no puedo evitar sentirme inferior cuando entro en su mansión de veinte millones de dólares.
Se alza en la parte alta de una calle en forma de media luna, flanqueada por mansiones parecidas valoradas en varios millones.
Toorak es uno de los barrios más caros de Melbourne y es famoso por sus coches llamativos, sus caserones y sus familias de la élite, cuyos orígenes se remontan a la fundación de la ciudad.
Procuro no quedarme embobada ante los jardines impecables, las amplias pistas de tenis y las piscinas enormes que atisbo al entrar en esta calle, pero incluso ahora, tras formar parte de esta familia durante más de una década, sé que no encajo.
Aborrezco la autocompasión, sobre todo teniendo en cuenta lo lejos que he llegado desde mis humildes orígenes, y me animo cuando Shelby, que me espera más adelante, me saluda con la mano.
El jardinero ha limpiado las losas de arenisca con agua a presión. Relucen bajo el sol del final de la tarde mientras camino hacia la entrada y me dejo envolver por la serenidad del jardín. La necesitaré si la reunión de hoy se parece en algo a las juergas habituales de los Parker.
Las ornamentadas puertas dobles de la entrada se abren y las hijas de Ashlin salen corriendo. Saludan a Shelby y casi se caen por los escalones de mármol tallado, saltándoselos de dos en dos. Shelby ansía el afecto tanto como yo, así que corre hacia sus primas y las abraza.
Ashlin sale al porche y mi alegría al presenciar el efusivo saludo de las niñas se desvanece.
Aún no me ha visto y agradezco la tregua, plenamente consciente de que mi paciencia se pondrá a prueba varias veces durante la tarde.
Soy tolerante y comprensiva con casi todo el mundo, pero Ashlin me saca de mis casillas.
Shelby suelta a las niñas y ve a Ashlin.
El amor sincero que siente por su familia me llena de orgullo mientras sube trotando los escalones para abrazar a su tía con los brazos abiertos.
Ashlin se echa atrás, recorriendo a Shelby de pies a cabeza con una mirada altiva, antes de dedicarle un desganado gesto con la mano, darle la espalda y entrar en la casa.
El impacto me deja helada. Ordeno a mis pies que se muevan, pero no responden; estoy clavada en el sitio. Shelby mira por encima del hombro, hacia sus primas.
Su expresión desconcertada me parte el corazón.
Desesperada por consolar a mi hija, por fin doy un paso adelante, pero por suerte es una niña fuerte —eso lo ha heredado de mí— y olvida el desaire deliberado de su tía mientras se coge del brazo de las niñas y entra en la casa.
Yo no lo olvidaré.
La ira es una emoción inútil, al igual que el rencor y el arrepentimiento. Debería saberlo bien. Tuve que lidiar con las tres mientras crecía: deseaba que mi madre no hubiera muerto al darme a luz, que mi padre se hubiera quedado, no ir dando tumbos de casa en casa sintiéndome estorbo e indeseada.
Pero cuando Ashlin ha mirado a mi preciosa y bondadosa hija como si fuera algo asqueroso que hubiera pisado, he sentido una oleada de furia tan intensa que sería capaz de cruzarle la cara.
Necesito una copa. Sigo el sendero empedrado que rodea el lateral de la mansión hasta la parte trasera.
Oigo conversaciones amortiguadas, el tintineo de las copas y un cuarteto de cuerda.
Probablemente sea música grabada, pero con los Parker nunca se sabe.
Su fortuna hace que la flor y nata de Melbourne parezca de clase media.
Llego al invernadero acristalado que da a una terraza enlosada en piedra, deseando tener más ganas de afrontar esto. Una tarde en familia, atiborrada de aperitivos exquisitos y alcohol caro, debería ser motivo de celebración. No lo es, y lo aprendí a bastagazos.
En cuanto distingo a Christine cerca del bar improvisado, a Shamira colgada de Trent, a Justin conversando animadamente con su madre y a Ashlin posando en una tumbona como una modelo de trajes de baño, me veo transportada directamente a la primera fiesta de los Parker a la que asistí.
Por aquel entonces era una ingenua optimista.
Me había gastado el sueldo de un mes en un vestido largo precioso, había alquilado un bolso de firma y había encontrado unos taconazos en una tienda de segunda mano del barrio.
Me habían maquillado en el mostrador de unos grandes almacenes y había pagado para que me hicieran un alisado impecable en una peluquería de esas baratas.
La primera vez que vi esta casa, doce años atrás, me intimidó con su imponente fachada de estilo provincial francés y sus jardines interminables.
Parecía sacada de una revista, pero disimulé mi falta de mundo y fingí visitar mansiones a diario.
Ayudaba que Grayson nunca me hiciera sentir menos y, con su brazo rodeándome la cintura, reprimí mis inseguridades habituales mientras entraba con pisada firme en la fiesta, dispuesta a encandilar a mi futura familia.
Fracasé estrepitosamente.
May me recibió con una cortesía distante.
Christine, la única hija de May, se mostró reservada y de una educación forzada.
Shamira y Trent estuvieron tímidos pero amables.
Justin estuvo efusivo en exceso y su esposa, Ashlin, me miró por encima del hombro y me hizo sentir vulgar e insignificante, a pesar del esfuerzo y el dinero que me había gastado para ponerme guapa y causar buena impresión.
Después de aquello empecé a ponerme lo que me daba la gana, decidida a ser yo misma, les gustase o no.
Y mantengo siempre la educación, para dejar claro que jamás me rebajaría a su nivel.
Me comporto con cordialidad cada vez que los veo, pero me entristece que, de mis tres cuñadas, solo tenga una relación estrecha con Shamira.
Intentamos quedar de vez en cuando para tomar café e invito a Ashlin con la eterna esperanza de que me acepte como una más, pero siempre tiene alguna excusa.
Shamira y yo hasta lo agradecemos. Christine vive demasiado lejos para incluirla. Creo que lo prefiere así.
Me planto una sonrisa en la cara, doy los últimos pasos hasta el jardín y hago un saludo general con la mano. Ya iré hablando con todos, pero primero tengo que felicitar a May por su cumpleaños.
Christine me dedica una sonrisa falsa, Shamira y Trent me saludan y Ashlin me ignora. Otra reunión familiar típica con los Parker.
Decidida a no dejar que me amarguen, subo los escalones de la terraza. Justin sonríe radiante mientras me hace señas para que me acerque y se me corta el aliento. Es guapísimo, con una melena oscura y ondulada y un bronceado natural que resaltan su polo azul claro y sus vaqueros de marca.
Le devuelvo la sonrisa y noto encima la perspicaz mirada de May. Inquieta por su escrutinio, cruzo rápidamente la terraza y la abrazo.
—Feliz cumpleaños, May. En mis brazos se siente extrañamente frágil, como si hubiera adelgazado. —Shelby quiere darte el regalo más tarde.
—Gracias, cariño. Se zafa de mi abrazo y me da unas palmaditas en la mejilla. —Tu encantadora hija ya me ha soltado unas cuantas pistas.
Me río. —Pero si llevamos aquí ni cinco minutos.
—Ya sabes cómo son los niños, no saben guardar un secreto —dice Justin mientras da un paso adelante para estrecharme en un abrazo que dura un segundo de más—. ¿Cómo estás?
—Bien, ¿y tú?
Sé lo que va a pasar cuando me aparto y, aunque giro ligeramente la cara hacia la derecha, consigue encajar el beso en la comisura de los labios. Es rápido y discreto, así que nadie se da cuenta, pero me incomoda igual.
—Con un volumen de trabajo brutal. Horas y horas. Ya sabes cómo va esto.
Su sonrisa cálida carece de malicia y la molestia por su saludo fuera de lugar se disipa. Agradezco que Justin valore que trabajo para ganarme la vida y que se interese por mí.
—Cada vez me organizo mejor. Finjo encogerme de hombros con modestia. —La ventaja de ser autónoma es que manejo mis propios horarios.
May agita un dedo. —Se acabó hablar de trabajo, vosotros dos. Vamos a alternar un poco.
Justin pone cara de circunstancias a espaldas de su madre y yo reprimo una sonrisa.
Siempre hemos tenido química, una facilidad natural para entendernos.
Reconforta saber que le importo de verdad a alguien, sabiendo que estoy a punto de encajar las puyas e impertinencias de su mujer y de su hermana.
Hoy me va a costar más que nunca aguantarlas, sabiendo lo que sé sin que ellas sospechen nada.
Tengo que descubrir quién le tiene ganas a una de las familias más influyentes de Melbourne, porque la bomba que me han mandado al correo podría hacer saltar a esta familia por los aires.
Acepto una copa de vino del camarero que May ha contratado para una reunión familiar —un poco exagerado, ¿no?— justo cuando Ashlin se acerca a mí.
—Vaya, Ria, no te veía desde la última fiesta obligatoria de los Parker, hace tres semanas.
Es ruidosa, avasalladora, de las que acaparan cualquier habitación.
Me pone enferma porque envidio su seguridad.
La introvertida que llevo dentro desearía esa clase de aplomo, que se fijen en mí en vez de mimetizarme con el fondo como he hecho siempre.
De pequeña me vino bien ser invisible: para esquivar las miradas babosas de algún padre de acogida, para guindarle un dulce al tendero o para eludir castigos injustos de alguna madre tutelar a la que le importaba un pimiento.
Me he partido el lomo para ganarme el respeto a lo largo de los años y hacerme un hueco en esta familia, pero no logro sacudirme el estigma de no dar la talla.
Ni me molesto en forzar una sonrisa. —He estado liada.
Porque hay gente que trabaja para ganarse las lentejas.
Aunque si fuera por May no tendría que mover un dedo.
Mi suegra insiste en darme asignaciones.
Dinero para calmar su conciencia porque su hijo pequeño nos dejó tiradas cuando Shelby cumplió cinco años.
Acepto sus generosos cheques y los meto directamente en una cuenta a nombre de Shelby, pero May se las apapa para facilitarme la vida por otros lados.
Me envía a su limpiadora. Le paga los uniformes del colegio a Shelby.
Se encarga de que su empresa de catering nos traiga comida una vez a la semana tras pasar por su casa.
No soy capaz de rechazarla siempre. May es la matriarca de los Parker y me aprecia, así que no quiero hacerle un feo. Necesito tener a alguien de mi parte.
Aunque eso no sea del todo cierto. A Justin también le caigo bien. Le caigo demasiado bien para ser mi cuñado; pensarlo tambalea la poca templanza que me queda mientras intercambio banalidades con su mujer.
—¿No te aburres tirada delante del ordenador todo el santo día? Ashlin arruga la nariz, todo un logro dada la trilla de pinchazos que lleva encima. —A mí me daría un brote.
—Me chifla mi trabajo. Doy un buen trago de chardonnay y miro de reojo hacia la barra. Para variar, Ashlin va a poner a prueba mi promesa de no pasarme de dos copas. —Además, hago bastantes investigaciones sobre el terreno, así que no me tirado el día pegada a la pantalla.
Sueno pedante y remilgada, pero me da exactamente igual. A esta pija no le interesa lo más mínimo cómo funciona el periodismo. Jamás me ha preguntado por mi profesión salvo para dar a entender que debo de ser una indocumentada sin escrúpulos que vive de cortar y pegar chismes de internet.
—Investigaciones sobre el terreno. Se ríe con sorna y me escudriña con falsa curiosidad. —¿Por eso te largó Grayson? ¿Por meter las narices donde no te llamaban?
Busca picarme, como siempre que lleva un par de copas de más.
Le chifla ponerme a prueba para que pierda los papeles delante de todos.
Se comporta como una arpía a propósito para que, si salto, quede yo como la histérica.
Sus puyas suben de tono cuando bebe champán y, por el brillo de hiena que le veo en los ojos, hoy ha venido a dar caza.
Puedo hacer lo de siempre: encajar el golpe con indiferencia. O puedo ponerla en su sitio de una vez, como he deseado un millón de veces.
Llevo muy mal las humillaciones; tragué demasiadas de cría. Por norma general me hago la sueca cuando se pone así, pero tras presenciar el desprecio absoluto con el que acaba de tratar a Shelby, se me acaba la paciencia.
—Por lo que ha llegado a mis oídos últimamente, no soy yo a la que están investigando.
Me inclino hacia ella, procurando que la conversación no pase de nosotras.
No quiero destapar nada hasta tener claro a qué me enfrento con esos correos incriminatorios.
Pero hoy ha cruzado la línea y necesito bajarle los humos, que sienta en carne propia el veneno que escupe.
—Es lo que tiene la era digital, Ash. Nunca sabes dónde va a ir a parar tu rastro.
A la cara le sube un tono morado ridículo y se me queda mirando con la boca abierta, incapaz de digerir el dardo que le acabo de soltar y el hecho de que, por primera vez, le haya parado los pies.
Se aclara la garganta produciendo un carraspeo patético, como si se hubiera atragantado con una de las abejas que May cría al fondo de la finca.
Me regalo una sonrisa lenta de pura satisfacción. Sobran las palabras.
Su cara lo confirma.
Ashlin le pone los cuernos a Justin.
Se acuesta con uno de sus rivales directos en los negocios. Y no es la primera vez.
Siento una decepción profunda. Me gustaría creer que esta familia tiene algo especial, que se merece estar en el pedestal donde la pone todo el mundo.
A los Parker los invitan a todo lo que se cuece en Melbourne y más allá: desde inauguraciones exclusivas a regatas selectas en Portsea, pases VIP en el Abierto de Australia o previas privadas de cine.
No tienen ni idea de hasta qué punto los venera la alta sociedad de esta ciudad.
Así que lo que he descubierto hoy puede traer cola.
Para todos.
Quizá se me ha ido la lengua, así que me doy la vuelta para marcharme, no sin antes oír a Ashlin mascullar: —No sé de qué me estás hablando.
Me freno en seco y la miro por encima del hombro, enarcando una ceja con sorna. —¿Ah, no?