La última esposa Capítulo 1
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Capítulo 1

Capítulo Uno

RIA

L a adrenalina me hace temblar los dedos mientras abro la pantalla para enviar mi tercer artículo del día.

No hay nada comparable a la emoción de ver mi firma en el Melbourne Daily News .

Trabajo muchísimas horas para asegurarme de que mi nombre destaque en uno de los medios digitales más importantes de la ciudad.

No me cabe duda de que aceptarán y publicarán este artículo, como todos los demás.

Soy buena en lo mío, una de las mejores periodistas independientes de la ciudad, y cobro más que la media.

El dinero mantiene a raya las dudas cuando me desvelo de noche en mi casa adosada y reformada de Brunswick —un barrio de moda en los límites del centro—, preguntándome cómo ha podido acabar así mi vida.

Hubo un tiempo en que lo tenía todo planeado. Casarme con el hombre perfecto, criar a los dos hijos modélicos de rigor, llevar una vida idílica.

Lástima que Grayson Parker, mi exmarido, no se enterara del plan.

—Concéntrate —murmuro, molesta conmigo misma por despistarme. Pensar en Grayson y en cómo me abandonó hace cinco años no ayuda precisamente a trabajar bien.

Ya lo he superado. Casi.

Mis dedos vuelan sobre el teclado mientras abro otro artículo en el que estoy trabajando, sobre cortafuegos endebles, para darle el repasillo final.

El dueño de una gran agencia de investigación privada se mostró más que dispuesto a responder a mis preguntas, considerando la cantidad de información confidencial de sus clientes que almacenan.

Sorprendentemente, su ciberseguridad era lamentable.

No soy ninguna experta en informática, así que pagué a uno de los técnicos del periódico para ver si podía vulnerarla.

No le costó nada piratear la base de datos de los clientes, y mi artículo pondrá en evidencia las brechas de empresas como esa.

Me encanta escribir piezas que destapen fallos digitales; me satisface usar mi trabajo para concienciar a la gente.

Casi he terminado de revisarlo, así que tengo tiempo de sobra para cruzar la ciudad en coche y asistir esta tarde al cumpleaños de mi suegra.

May insiste en reunir a la familia con frecuencia y no puedo negarme, pese a mi absoluta falta de entusiasmo.

Pasar la tarde con la Peña Parker no es precisamente mi idea de un buen plan.

Satisfecha de que todo lo que he escrito esté libre de erratas, guardo el artículo, lo adjunto y pulso enviar. Cierro la sesión del periódico y estoy a punto de apagar el ordenador cuando suena la notificación de un correo.

Debería ignorarlo, pero podría ser un chivatazo sobre algún tema interesante y no me resisto a echar un vistazo.

Entonces lo veo. El nombre del remitente.

Me quedo helada. Un escalofrío me recorre el cuerpo y me froto los brazos desnudos. Parpadeo y vuelvo a fijar la vista, pero sigue ahí. Burlándose de mí. Atormentándome.

Solo he visto ese nombre una vez y me puso la vida patas arriba.

El asunto, LOS PARKER, me revuelve el estómago de pura angustia. Hace cinco años, el asunto decía GRAYSON, y la foto adjunta convirtió la pena por el abandono de mi marido en un profundo asco.

Mantengo el dedo suspendido sobre la tecla de borrar. Traiga lo que traiga este correo, no presagia nada bueno, aunque Parker es un apellido bastante común en Australia. Podría no ser nada.

Pero el instinto me dice lo contrario y desplazo la pantalla; la mirada se me va directa a las impactantes imágenes. Tres fotos de mis cuñadas en situaciones comprometidas. Me llevo una mano al estómago para calmar la náusea.

Crecí en hogares de acogida y no tengo hermanos, así que me había hecho ilusiones cuando Grayson me habló por primera vez de su numerosa familia.

Me había imaginado momentos entrañables de complicidad con mis nuevas cuñadas, Ashlin, Shamira y Christine: noches de chicas, días de spa, comidas largas y turnos para cuidar de los niños.

La realidad no tardó en imponerse.

En el fondo soy introvertida, pero me encanta relacionarme y hacer amigos, probablemente porque mi trabajo es solitario.

Acercarme a las chicas me había parecido lo más natural, ya que pronto formaría parte de la familia.

Sin embargo, salvo Shamira, se mostraron distantes, reacias a hacer nada más que cruzar cuatro palabras cuando no les quedaba más remedio que tenerme cerca; mis fantasías de ser una familia feliz se esfumaron junto con mi autoestima.

En mi infancia ya había probado ese regusto amargo de sentirse siempre un plato de segunda mesa, cuando, a los tres años, me abandonó un padre al que apenas conocía y entré en el sistema de acogida.

Ir dando tumbos de casa en casa no ayudaba a fraguar vínculos estrechos, y yo ansiaba sentirme unida a alguien.

Grayson me había dado eso. Su familia, no.

Salvo mi suegra May, que me aceptó pese a saber la verdad sobre mi pasado. Por eso la quiero.

Shamira es un amor y me recibió con los brazos abiertos, pero Ashlin y Christine se mostraron condescendientes y me excluían adrede hablando de torneos de polo, regatas de vela y galas repletas de famosos, a sabiendas de que yo no podía aportar nada a la conversación.

Ashlin fue la peor. Aquella rubia despampanante y esbelta me echó un vistazo y juraría que torció el labio con desprecio.

Conocía bien esa mirada. La había visto mil veces al llegar a un nuevo hogar de acogida y sentir cómo los hijos biológicos de la familia me miraban como a una intrusa.

Los mayores querían dejar claro quién mandaba haciéndome el vacío, y los pequeños sentían que les robaba atención; lo detestaba.

Mi origen no ayudó a que le cayera en gracia a Ashlin, que pertenece a una familia de la alta sociedad tradicional de Melbourne. Me observaba como si esperara que me marchase llevándome la cubertería de plata de los Parker, y desde entonces no ha dejado de tratarme con el mismo desprecio.

Nunca le he dado el gusto de ver que me afecta.

Vuelvo a fijar la mirada en las fotos. ¿Quién querría manchar la reputación de estas mujeres y por qué? ¿Y por qué mandarme este correo a mí?

Hace cinco años intenté descubrir quién estaba detrás del mensaje que me destrozó la vida. Recurrí a mis contactos del periódico, expertos capaces de rastrear a cualquiera. No tuvieron suerte y jamás averigué quién había enviado aquella foto incriminatoria de mi marido.

Me obsesioné durante meses, cuando no pensaba en otra cosa que en obtener respuestas.

Incluso ahora, una pequeña parte de mí se pregunta dónde estará Grayson, qué estará haciendo, por qué no me quiso lo suficiente como para darme una explicación.

Estoy orgullosa de mi independencia y de la vida estable que he construido para nuestra hija Shelby, pero, aunque detesto a Grayson por lo que nos hizo, no puedo evitar querer saber por qué.

Quienquiera que enviase aquella dichosa foto de mi marido acaba de mandar esto. Puede que no me lleve con mis cuñadas tan bien como me gustaría, pero si alguien las ha puesto en la diana… necesito saber a qué me enfrento.

Entra otro correo del mismo remitente. El asunto es ASHLIN.

No quiero mirar. No debería. Entonces me vienen a la cabeza todas las barbaridades que me ha soltado a lo largo de los años y, peor aún, cómo trata a mi hija.

Cuando sus hijas eran pequeñas, Ashlin me dejó clarísimo que no quería mis regalos de pacotilla —elegidos por mí con todo el cariño del mundo— ni para sus cumpleaños ni para Navidad.

Quería dinero. Y yo se lo mandaba religiosamente —a pesar de la rabia que me daba su evidente desprecio por mi falta de gusto—, con billetes dentro de tarjetas enviadas por correo postal, a la antigua usanza.

Pese a lo exigente que es con lo que debo regalar a sus hijas, siempre se olvida del cumpleaños de Shelby y tengo que recordárselo. Todos los años. Hasta la semana pasada, cuando mi niña cumplió diez años y, una vez más, no llegó nada. Ni dinero. Ni tarjeta. Nada.

Se acabó.

Así que me pongo a leer.

La primera captura de pantalla detalla desde sus tratamientos estéticos hasta su personal shopper favorita, pasando por dónde le gusta tomar sus cafés con leche desnatada y su predilección por el vino bajo en carbohidratos.

Y hay más; información suficiente para destruirla.

Parpadeo y me froto los ojos con los nudillos, pero, al abrirlos, la revelación sigue ahí. Debería sentirme resarcida al comprobar que es tan ruin como siempre sospeché. En cambio, me siento vacía, apenada por sus hijas. Y por Justin.

Se me da un vuelco el corazón, como siempre que pienso en mi cuñado. Por eso evito hacerlo.

Puede que tenga mis diferencias con Ashlin, pero esto podría destruirla a ella y también a Justin.

Y, si alguien conoce sus secretos, puede que conozca los de los demás.

Reprimiendo el mal presagio de que esto sea el comienzo de una turbia vendetta contra los Parker, guardo los correos y apago el ordenador. Me muero por averiguar quién está detrás de esto, pero si me pongo a investigar ahora llegaré tarde a la fiesta de May.

Cumpliré el expediente un rato, haciendo de buena esbirra de los Parker, y después me pondré a averiguar quién conoce los secretos de mi familia y qué pretende conseguir.