La última esposa
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Prólogo
E l odio es una entidad viva que respira.
Se encona, a veces durante años, y, si se le permite, puede cobrar vida propia.
Al menos, eso es lo que creo que ocurrió. Dejé que mi odio adquiriera proporciones monstruosas, hasta que perdí el control sobre él.
Y aquí estoy ahora. En el punto de no retorno, mientras la observo caminar hacia mí, sin tener la más remota idea de nada.
No quiero hacerle daño. Pero tengo que hacerlo.
Me gusta pensar que soy una persona de mente abierta. Generosa, incluso. Veo lo bueno que hay en la gente, hasta que lo malo acaba inevitablemente saliendo a la superficie y lo arrasa todo.
Todos somos iguales, mentirosos en el fondo. Llevamos máscaras. Proferimos falsedades. Fingimos ser alguien que no somos.
Ella me ve. Vacila un instante, como si dudara. Después acelera el paso cuando la llamo, imprimiendo a mi voz la dosis justa de urgencia.
No me ve sonreír.
A lo largo de los años he ocultado muchas cosas tras esa sonrisa.
Rabia. Celos. Desprecio. Odio.
Mi sonrisa se ensancha. Esto no tiene que ver con la venganza, ni con el deseo de hacer daño, ni con el odio. Tiene que ver con una sola cosa.
La única que me importa.
La familia.