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Una azafata me indica que pase, me pide la tarjeta de embarque y al teclear mis datos, me confirma que tengo acceso total a todos los servicios sin coste alguno. Me entrega un pequeño folleto con todos los detalles.
Cinco mil ochocientos metros cuadrados. Salones por todas partes, un bufé de desayunos y otro de comidas y cenas, cafetería y bar.
La sala ofrece un entorno multimedia con pantallas, gafas RV, y para los analógicos una surtida biblioteca.
Para los que hagan viajes eternos o tengan que hacer escalas muy largas, hay mini suites con duchas.
Al fondo, como colofón, una impresionante terraza con servicio de bebidas.
¿Por dónde empezar? Tengo cerca de dos horas para disfrutar.
No he andado ni dos metros cuando alguien me llama al alto.
Me giro. Una mujer con traje se acerca acompañada de un agente de policía; este último, con la barbilla elevada y las manos apoyadas sobre un cinturón lleno de cachivaches, se coloca tras ella, bloqueando cualquier vía de escape.
La mujer me pide el pasaporte y la tarjeta de embarque.
Los revisa y, sin devolvérmelos, saca su placa.
Se identifica. La azafata que hace veinte segundos me había regalado una cordial sonrisa, ahora me mira con desconfianza.
—Acompáñenos, por favor, si es tan amable —dice la mujer.
Después de unos diez minutos andando, llegamos hasta las oficinas del departamento de inmigración.
Atravesamos dos puertas; la segunda da acceso a un cuartucho de no más de cuatro metros cuadrados, amueblado con dos sillas, una mesa rectangular blanca y otra supletoria metálica muy pequeña de color negro.
—Pase, por favor, siéntese y espere.
—Mi documentación, por favor —protesto.
—Enseguida, no se preocupe. Será un trámite rutinario, no se alarme.
«No me fastidies, ¿de verdad?, ahora debería estar disfrutando de un buen cóctel en la terraza de la sala VIP»
Cierran la puerta y empiezo a ser consciente de que dentro hace un calor insoportable.
Mira por dónde, en una de las paredes, entre otras cosas, hay un reloj digital que marca la temperatura: 40 °C.
Sobre la mesa, un botellín de agua. Pasan veinte minutos y allí no viene nadie.
Me estoy asando. Abro el botellín y le doy un buen trago, dejo la botella por la mitad.
Por instinto y casi sin darme cuenta, coloco la mochila entre las piernas, la maleta de mano pegada a mí como si fuese una extensión de mi cuerpo.
Se abre la puerta. Entran dos agentes. Sobre la mesa dejan el pasaporte y la tarjeta de embarque, que no me entregan.
—Sentimos el calor —se disculpa uno de ellos—, el aire acondicionado está estropeado. Si necesita más agua, dígalo. —Bebo otro trago—. Su vuelo sale en unos noventa minutos, intentaremos ir rápido, ¿de acuerdo? —Asiento—. ¿Cuál ha sido el motivo de su visita a Los Ángeles?
—Trabajo. Todos mis papeles están en regla, pueden comprobarlo en el E. S. T. A. Soy periodista, trabajo para un periódico de tirada nacional en España. El director, Ricardo Roy, está al tanto de mi viaje y, por supuesto, de mi regreso en estos precisos instantes —argumento lo mejor que puedo.
—¿Qué noticia ha venido a cubrir?
—Creo que eso no es de su incumbencia.
—Puede que sí, puede que no —responde. Mira el reloj de la pared para incomodarme. Me intenta poner nerviosa. Lo consigue un poco.
—La ley me ampara, no tengo por qué revelar mi trabajo.
—Quizá eso sea en su país, aquí tenemos otras leyes.
—Perdone que le replique, pero conozco sus leyes, estuve viviendo aquí durante el último año de carrera. La Primera Enmienda ampara a los periodistas a no revelar sus fuentes.
—Abra su mochila, por favor.
La abro. «Maldigo para mis adentros»
—Son mis instrumentos de trabajo. Mi grabadora —la muestro y la vuelvo a guardar—, la cámara —hago lo mismo—, el trípode y los micros —sentencio.
—Encienda la cámara, por favor.
No puede negarse, son motivos de seguridad.
Tiene razón, las leyes me obligan a llevar cualquier aparato electrónico con la batería cargada por si me piden encenderlo.
Pienso con la mayor rapidez que puedo.
—He venido a Los Ángeles para realizar un reportaje sobre cómo viven las personas con alto poder adquisitivo en Malibú.
He entrevistado a varios propietarios por la zona.
—Enciendo la cámara y selecciono el vídeo en el que Emily aparece en la piscina, con el vestido de flores.
Como la imagen no tiene sonido, puede dar el pego.
No me preguntan por la grabadora. Vamos bien.
Ven el vídeo durante unos segundos, y seleccionan otro.
—Ey, mira —le dice a su compañero—. Un buen sitio para una entrevista, el muelle de Santa Mónica. —Me devuelve la cámara—. Puede dejar la mochila sobre la mesa negra, por favor.
Así lo hago. De pronto la mesa emite un zumbido y la mochila vibra durante unos segundos.
—Suba la maleta y ábrala, por favor.
Lo hago. Ella se pone en pie, se pone unos guantes negros de látex y revuelve entre la ropa.
Mete la mano hasta el fondo y saca la carpeta con toda la información que me dio Emily.
Para no llamar mucho la atención, dejé la funda de piel en la mansión de Malibú, y decoré la carpeta con flores de colores, planetas y cohetes.
Empiezo a pensar que es una pésima idea, que me van a dar por todos los lados, que me van a requisar la documentación y me van a detener, pero tengo que seguir con el plan.
—¿Y esto? —pregunta al tiempo que abre la carpeta.
—Uf —resoplo—. Una pesada que está escribiendo una novela.
En una de las mansiones que he visitado, la dueña no ha parado de hablar de lo bien que escribe y no ha parado de quejarse de que nadie le quiere publicar sus relatos.
Y aprovechando que soy periodista, se ha empeñado en que me lleve el texto con toda la investigación para que intente movérselo por las editoriales españolas.
Demasiados aires de grandeza. El dinero no proporciona el talento, ¿no creen?
No me contesta. Lee el primer párrafo, pasa algunas páginas y revisa otras sin sentido aparente.
«Vamos, vamos, fue hace más de veinte años, son jóvenes como yo, no sabrán de qué va todo esto»
Cierra la carpeta. Me fulmina con la mirada y me dice:
—Bébase lo que le queda de agua que se me va a deshidratar. Recoja sus cosas y regrese a su país. Sentimos las molestias.
No me lo puedo creer. Ha funcionado. No digo ni mu.
A lo que me quiero dar cuenta, estoy montada en el avión. He hecho uso del embarque prioritario, quiero salir de aquí enseguida. Estoy nerviosa; sin embargo, mi corazón late tranquilo. Qué mal lo he pasado. He sentido miedo, por un momento me he visto detenida.
Tengo para mí solita un cubículo extraordinario: un sofá cama con mesa y pantalla de televisión.
No habrá más de diez o doce asientos como el mío; y además voy sola, nadie más ha reservado en primera.
No me encuentro bien, se me ha revuelto el estómago y estoy algo mareada.
¡Maldita policía norteamericana y su manía por tocarnos las narices al resto de los ciudadanos del mundo!
Aun así, estoy tan emocionada que, aunque deseo extender el sofá, cerrar los ojos y no volver a abrirlos hasta Madrid, opto por abrir mi portátil y, aprovechando la wifi del avión, buscar vídeos y noticias sobre los atentados y los días posteriores a la tragedia.