30
Saboreamos una copa más de champán y decidimos irnos a descansar un rato, para reunirnos unas horas más tarde para cenar. Emily reconoce estar agotada y yo no veo el momento de llegar a mi habitación y revisar la documentación que me acaba de entregar.
Ya en la habitación, siento algo de ansiedad.
¿Y si me encuentran esto en la aduana? ¿Y si la policía aeroportuaria me requisa todo?
Emily me ha dicho que tenía copias, pero poder adjuntar los originales al reportaje vale su peso en oro.
Además, seguro que podría tener serios problemas si me encuentran con esta carpeta.
De pronto, creo tener una idea brillante. Más que brillante. Espero…
Llamo al servicio.
—María o Valentina, no sé quién eres.
—María.
—Ok, María. Tengo una pregunta: ¿tenéis impresora en la casa?
—Sí, señorita. Tenemos impresora en color y escáner.
—Con la impresora será más que suficiente. Gracias. Asegúrese de que tenga papel y tinta. No necesitaré nada más.
Cuelgo.
Cojo el móvil y abro la IA y pulso el micrófono.
—Por favor. —Con la IA siempre es mejor ser amable y llevarse bien—.
¿Puedes hacerme un relato de unas diez mil palabras en inglés americano, que sea mitad ciencia ficción, mitad película de suspense, que hable sobre una posible misión a Marte que se trunca por el asesinato del presidente del gobierno, quien era el más interesado en que la misión saliese adelante?
La historia tiene que incluir, suplantación de identidades, mansiones de lujo y alguna que otra muerte.
—Claro —responde al segundo la IA—. Aquí tienes un relato en el que incluye todo lo que me pides y bla, bla, bla.
«Algún día dominarán el mundo. Mientras tanto: Esto es maravilloso», pienso.
Paso el texto a PDF y, con ayuda de Valentina, en unos pocos minutos lo tengo impreso. Diez mil palabras en tamaño doce a doble espacio son cerca de treinta páginas. Me da por leer la primera hoja y me engancha desde el comienzo.
«Es increíble. Qué más da quien lo escriba, si te entretiene. Carmen, no deberías pensar algo así. Tú te dedicas a escribir y por tu mente pasa la idea de escribir un libro con la información que te ha reportado Emily».
Quizá sea una estupidez, pero debo intentar tenerlo todo bajo control en el aeropuerto.
Una salida, una posible escapatoria. A veces lo más estúpido puede ser lo más resolutivo.
Meto el texto dentro de la carpeta y en la tapa, debajo de Expediente Marte , escribo a boli: By Cindy Collins.
—Por un momento estoy a punto de escribir Emily Watson.
Me siento tan plena que antes de cenar, decido bajar a darme un baño. En la puerta de acceso a la piscina me topo con Emily.
—No podía descansar —admite—. Debo tener la adrenalina por las nubes.
El baño y la cena resultan de lo más reconfortantes. Emily me trata como a una reina y por un momento deseo poder quedarme aquí durante unos días. Emily me lee el pensamiento.
—Carmen, quería pedirte una cosa. Esta experiencia me ha reportado un sinfín de sensaciones y sentimientos extraordinarios.
Has despertado en mí, en tan solo dos días, las ganas de vivir que perdí, no sé dónde.
No sé si a ti te ha pasado lo mismo, pero siento que entre las dos se ha creado un vínculo que va más allá de lo profesional…
Y por eso quería pedirte, si es posible…
que te quedes unos días conmigo. Yo correré con todos los gastos, saldremos a pasear y descubriremos juntas la zona. ¿Qué te parece?
—¿Me lees la mente?
—¿Eso es un sí? —pregunta con una ilusión desbordante.
—Dos noches más me podré quedar —le aseguro.
Puede resultar extraño: vuelas desde Madrid para entrevistar a una persona que no conoces de nada y, cuarenta y ocho horas después, te encuentras pasando un par de noches en su casa como si nos conociésemos de toda la vida.
Tengo habitación pagada en un hotel a quince minutos en coche.
Me pregunto si estoy actuando de manera correcta, o si me estoy extralimitando, si Ricardo lo aprobará, si es profesional quedarse como invitada en casa de la persona a la que estás entrevistando (aunque se supone que ya hemos terminado).
Me pregunto si no he estado condicionada, si le hice las preguntas correctas —Emily me ha dicho que sí. Claro ¿ella qué va a decir?
Yo y mis dudas… otra vez.
El caso es que me siento a gusto. Y reafirmo el argumento de Emily cuando me dice que entre nosotras se ha creado un vínculo. ¿Amistad? No sabría decirlo.
Los tres días pasan muy rápido, Emily me agasaja en exceso; a veces siento que no me dejará marchar.
Percibo la soledad acumulada en toda su existencia, como si fuese un náufrago olvidado en una isla desierta que de pronto recibe una visita.
También noto una renovada jovialidad, que surge espontánea entre sonrisas y gestos de alegría.
Es como si su cerebro hubiese vuelto a conectar los cables adecuados.
Pasamos los días de un lado para otro y yo, sin grabadora ni cámara, consigo exprimir su relato un poco más.
Me cuenta cosas que luego, en la habitación, puedo contrastar con la documentación que me entregó.
Pero todo lo bueno se acaba y llega el momento de despedirse.
—Emily, gracias por todo. Lo he pasado muy bien, has sido muy amable en estos tres días. Seguiremos en contacto, ¿vale?
—Gracias a ti, Carmen. Escucha, he mandado facturar dos maletas.
No te he dicho nada porque pensé que quizá me dirías que no.
Todos los trámites de aduana están pagados.
Una de las maletas es una caja de botellas de vino.
Sé que no te gusta mucho el vino, pero yo aquí apenas le doy uso.
Ábrelas en ocasiones especiales y seguro que triunfas.
En la otra maleta van cerca de veinte kilos en ropa.
Toda de grandes marcas. En muchos casos verás que incluso llevan la etiqueta puesta.
Tenemos la misma estatura y complexión, así que te valdrán.
—Gracias, no deberías haberlo hecho —exclamo abrumada.
—Yo no los uso. Hazlo tú por mí y, si no te gusta, véndela —añade—. No quiero sonar pedante, pero llevarás más de veinticinco mil dólares en ropa de mujer —concluye susurrando.
De pronto aparece Valentina sujetando el teléfono móvil de Emily, ese que nunca usa porque nadie sabe que existe —quizá eso esté a punto de cambiar—. Valentina le tiende el teléfono. Número desconocido. Se sorprende. Descuelga.
—¿Sí?
—Mrs. Collins, soy Arthur, de Barny’s Armery. Ya tenemos la respuesta del FBI.
—¡Vaya, qué rapidez! —contesta mientras me dice en voz baja, tapando el auricular—. Es de la armería.
—A veces tardan un día, a veces tardan semanas. No puedo decirle más.
—Y la respuesta ha sido…
—Bueno, una de dos: o está usted como una cabra, si se me permite la expresión, o contestó mal las preguntas a propósito para que no le concedieran la licencia de armas, cosa que me parece más probable.
—No sabría qué decirle. —Se hace la despistada.
—Yo creo que sí. Y por eso y una vez más me gustaría aventurarme a proponerle una cita para poder revisar el test juntos. No sé si lo sabe, pero podrá volver a solicitar su licencia pasado un tiempo.
—Bueno, Arthur, ahora no puedo atenderle. Me pilla en un mal momento. Gracias por la información. Si le necesito, le llamaré.
Corta la llamada.
—De la armería —dice confusa—. Creo que me ha llamado más para pedirme una cita que para decirme que no me conceden la licencia.
—¿Otra vez te ha pedido una cita? ¡Dile que sí! Era muy atractivo.
—Vas muy rápido, Carmen… Tengo muchas cosas en la cabeza, y una relación no está entre mis prioridades.
—Lo sé. Escucha, yo no tengo nada para regalarte —cambio de tema.
—No quiero que me regales nada. Yo aún no he acabado. —Me tiende una bolsa de papel. La abro y dentro me encuentro la camiseta de Axl Rose.
—¡¿De verdad?! ¡Muchas gracias! —le digo. Emily sonríe al ver mi cara de felicidad.
Ahora sí, nos despedimos. Félix me espera en la puerta. La distancia al aeropuerto no es muy grande, si el tráfico no lo impide, en media hora debería estar allí. Tengo ganas de subir al avión, cerrar los ojos y despertar en Madrid. Obviar el jet lag e ir a reunirme con Ricardo.
No he conseguido hacer la facturación en línea, no tengo la tarjeta de embarque, así que paso por el mostrador de la compañía aérea. Lo que sucede a continuación me deja con la boca abierta: Emily me ha reservado una última sorpresa. Ha cambiado mi asiento en turista por uno en primera clase.
—Estas cosas no suelen pasar muy a menudo —me dice el empleado al entregarme la tarjeta de embarque—. Puede pasar a la sala VIP cuando lo desee. Que tenga un buen vuelo —concluye con una sonrisa de oreja a oreja.
—Solo por curiosidad. —Le corto la conversación—. ¿Qué vale este billete?
—Permítame un segundo que lo consulte…
—Claro.
—Siete mil ochocientos noventa dólares.
—¡Joder, Emily! —exclamo. El dependiente se echa a reír.
—Parece ser que tiene alguien que le quiere mucho —añade—. Que tenga un buen día.
—Lo mismo digo.
De inmediato, le mando un wasap a Emily para darle las gracias. Me responde que no sabe de qué estoy hablando, que habrá sido un overbooking y me habrán pasado a una clase superior por reubicación.
«Ya claro, Emily Watson, no sabes nada»