La última entrevista de Emily Watson 29
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Apago la grabadora y la cámara de vídeo. Ambas nos levantamos al mismo tiempo y nos damos un abrazo sincero. Justo en ese momento, María y Valentina hacen acto de presencia en la biblioteca. Empujan un pequeño carrito con una botella de champán dentro de una cubitera y cuatro copas.

—¿Brindamos? —pregunta Emily sosteniendo una de las copas.

—Es lo que más me apetece en estos momentos —respondo entusiasmada. Mi intuición me dice que he hecho un buen trabajo—. ¿Cuatro copas?

—Sí, cuatro. Hoy nos saltaremos el protocolo.

Emily, en un gesto cariñoso, llena las copas. Valentina y María, al principio, rechazan el ofrecimiento, pero Emily insiste.

—Es una orden —dice con seriedad—. No encuentro palabras para agradeceros todo lo que hacéis por mí. Este es un momento especial y quiero compartirlo con las tres. Permitid que me tome esta pequeña licencia.

Dos minutos más tarde, María y Valentina abandonan la biblioteca. —Apenas se han humedecido los labios con el champán—. Emily y yo nos quedamos a solas de pie en el balcón. En silencio. Mirando al horizonte.

Ninguna lo dice, pero las dos estamos exultantes.

Emily lo ha vomitado todo. Ha vertido sobre mi grabadora y mi cámara hasta el último gramo de aquello que hacía años la venía bloqueando, anulándola como persona, impidiéndole avanzar.

Me pregunto qué será de ella dentro de unas semanas o unos meses.

Dentro de mí, algo me pide a gritos que, por favor, esta mujer viva.

Que sea dueña de cada uno de sus actos y de los próximos capítulos de su vida.

Ahora que ya conozco su historia, mi primera reflexión sobre Emily es que, a pesar del millón de euros, las mansiones y el lujo que la ha rodeado estos años, yo no me cambiaba por ella.

No me gustaría estar en su pellejo. Su vida ha sido una tortura.

Qué razón tiene cuando habla sobre la realidad: La realidad es…

ir a votar sin pensar que tu candidato está organizando el mayor crimen de la historia de esta nación .

Fue engañada desde el principio, utilizada.

Sin tener que volver a preguntarle, ahora sé que su ruina económica la provocaron desde el partido para que no tuviese opción.

Que, en las primeras interpretaciones, Emily y Ryan fueron espectadores manipulados.

Estoy segura. A lo largo de toda la entrevista, ha relatado eventos tan inverosímiles, que este es uno más.

El primero de todos, el que echaba todo a rodar.

Los forzaron y obligaron sin que fuesen conscientes de ello a participar en esta tragedia.

Y quizá a otros les hubiese dado igual. Otros habrían sabido dejar a un lado las consecuencias de la tragedia, los daños colaterales y podrían haber vivido en la abundancia como si nada.

Es curioso, en estos precisos instantes estoy poniendo en mi boca sus propias palabras. La entiendo.

De pronto soy consciente de que ha dejado de mirar al frente. Ahora es a mí a quien dedica su mirada.

—Carmen.

—Dime, Emily.

—Solo te he mentido en una ocasión en todas estas horas que hemos pasado hablando.

«Venga, no me jodas, Emily. No me digas que me vas a tirar por tierra las más de ocho horas que hemos estado grabando; que ahora me vas a dar un dato que resquebraje y ponga en entredicho todo lo que me has contado. No, por favor, no me hagas esto», pienso desde lo más profundo de mi ser.

—Seguro que es una mentirijilla —respondo cruzando mentalmente mis veinte dedos.

—Al principio te dije que no podría aportarte pruebas físicas. ¿Recuerdas?

—Claro. No es lo mismo publicar un reportaje con pruebas que sin ellas. Pero, en este caso, entiendo que no las tengas.

Vuelve al interior de la biblioteca y una vez más abre el cajón de la mesa, que más que un cajón parece un almacén, un sombrero de mago, un pozo sin fondo repleto de sorpresas. Saca una cartera de piel y me la tiende.

—Quizás debas sentarte —añade.

Tomo asiento. Sin pensarlo dos veces, pulso el broche dorado de apertura y levanto la solapa. Introduzco la mano y saco una gruesa carpeta con gomas. En la portada puedo leer: Expediente Marte .

—Emily… ¿esto es lo que creo que es? —pregunto ilusionada. Ella sonríe y asiente.

—Aseguré no tener pruebas, porque no te conocía.

No sabía si serías la persona que estaba buscando; sin embargo, creo que has sido profesional.

Me has hecho las preguntas correctas, has sabido conducir la entrevista a la perfección incluso sin saber a qué te estabas enfrentando.

Has soportado mis idas y venidas, me has dejado respirar cuando lo necesitaba y has sabido apretarme las tuercas cuando era necesario.

Me has demostrado con creces que has sido la persona adecuada.

He de reconocer que no me he entrevistado con más periodistas, tú has sido la única.

—Quizás a partir de aquí, cuando esto se publique, te lluevan las ofertas para ser entrevistada.

—No sé si me apetecerá volver a revivirlo todo una vez tras otra —añade con sinceridad.

—Para mí sería todo un logro. Haber sido la única persona que ha entrevistado a Emily Watson: «La única entrevista de Emily Watson». ¡Eh! Podría ser un buen título para una novela.

—Tiene gancho, pero dale una vuelta, ¿vale?

Abro la carpeta. Es impresionante. Nombres, fechas, fotografías y documentos… cientos de documentos que prueban que todo lo relatado por esta increíble mujer es cierto.

—Sé que, si te llevas esto, harás un buen uso de ello. Es todo tuyo, Carmen.

—Emily, esto es fabuloso. No sé si decir que me acaba de tocar la lotería o que acaba de venir Santa Claus. ¿Pero cómo? ¿Cómo te haces con esto? Resultaría de estúpidos pensar que os hicieron una copia del expediente a cada uno… —Me interrumpe.

—La segunda casa a la que nos llevaron estaba en el estado de Vermont, en lo más profundo del Green Mountain National Forest. Una casa espectacular.

No eran buenos tiempos para el partido republicano, pero la rueda gira y el partido nunca desaparecerá.

Unos se van, otros nuevos llegan y el tiempo va curando las heridas.

Ellos sabían que allí, perdidos entre miles de hectáreas de bosques, no seríamos un estorbo.

A los pocos días de instalarnos, encontramos esta carpeta en la sala de cine, dentro de una de las cajas donde estaban almacenadas las películas.

Antes de despedirse de nosotros en Miami, Holloway hizo mucho hincapié en que hiciéramos uso de la sala de cine.

Insistió en lo aburrida que podía ser la vida en Green Mountains sin cine. Así que… voilà .

—¿Crees que fue él?

—Mira. —Me quita la carpeta de las manos. Me cuesta un poquito soltarla. Echa a un lado los papeles y me muestra, justo en el medio del pliegue que dobla la carpeta, una «J» y una «H». —No puede ser otro. James Holloway.

—¿Tienes copia de esto?

—Tengo copia, no te preocupes. En papel y en digital. Y tú, por ahí dentro, en algún guardafolios, tienes también una copia en una tarjeta de memoria.

—Gracias, Emily. No sé qué decir.

—No tienes que decir nada. Hicimos un trato. Tú cumples con tu parte y yo con la mía.

—Emily, con esto, tu relato se multiplica por mil. Puede ser la noticia del año.

—No me importa… bueno, un poco sí. Ojalá me crean, ojalá remates el trabajo, se publique y tenga la repercusión que se merece. Pero para mí, el trabajo ya está más que terminado. Estoy más que satisfecha.

—¿Crees que le podría afectar al partido si ahora sale a la luz?

—De aquellos que gobernaron en el 96 no queda ni rastro, y los que están ahora ya se encargaron de limpiar la mierda a conciencia.

—Hace una breve pausa—. De lo que sí que queda rastro es del dolor de los familiares de las víctimas.

Te puedo asegurar que ellos no olvidan y si todo esto se publica, lo más lógico será pensar que estas personas nunca voten republicano.

Aunque quién sabe… Estados Unidos es un país de locos.

—Emily. Haré todo lo que esté en mi mano para publicar todo esto, te lo prometo.

—Sé que lo harás.

—¿Puedo decirte una cosa más?

—Por supuesto.

—Creo que Ryan estaría muy orgulloso de ti.