La última entrevista de Emily Watson 28
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—Sin embargo, Turner nunca fue a juicio —concluye Emily.

—Eso es. Como todos sabemos, Turner no terminó su mandato.

—Exacto. Muere de un infarto al corazón, trece días antes de abandonar la Casa Blanca. Los demócratas habían ganado las elecciones de forma rotunda y Turner ya debía de tener las maletas hechas. Pero nunca llegó a ser juzgado.

Sí lo fueron las personas de su entorno. Y creo recordar que fueron cuarenta y ocho las personas que acabaron en prisión.

—Pero si se reconoció a Turner como el máximo artífice de la matanza provocada por los atentados, ¿no es así?

—Sí. Aunque ya fallecido, fue desposeído de todos los honores como expresidente y pasó a convertirse en una de las personas más odiadas de la historia de nuestra nación. Y sí. Aunque no pudo ser sentenciado, se le atribuyó la autoría de los atentados.

—¿La realidad supera a la ficción?

—Tengo la sensación de que el relato termina. Ahora tengo que centrarme en Emily. Hacer aflorar sus emociones.

—La realidad supera a la realidad —apunta.

—¿Qué quiere decir?

—Que la realidad nos habla de personas que van a comprar el pan todos los días, de gente que trabaja ocho o diez horas jornada tras jornada para sacar sus vidas adelante.

La realidad es ir al cine, a un partido de baloncesto o hacer el amor con tu pareja.

La realidad es… ir a votar sin pensar que tu candidato está organizando el mayor crimen de la historia de esta nación.

La realidad es pagar los impuestos que te corresponden.

Superar el límite de velocidad de vez en cuando.

Beber alcohol a los dieciséis o fumarte un porro a escondidas.

La realidad no es estar cautiva en una mansión con un millón de dólares en el banco.

La realidad es ir en bicicleta, caerte y volver a levantarte.

La realidad: ¡No es pensar que tu presidente va a matar a miles de compatriotas como parte de un plan para permanecer en el poder!

—Entiendo. Su vida se aleja bastante de la de un ciudadano normal. Es como si hubiese vivido dentro de una película.

—De terror. Una pesadilla.

No digo nada. Hagamos otro silencio. Veamos si se vuelve incómodo o no. Treinta segundos, los he visualizado en mi cabeza uno tras otro. Emily se enciende un cigarrillo. Es momento de disparar la siguiente pregunta.

—¿Cómo se siente ahora?

—Disculpa un segundo. —Se levanta, sale del balcón y, desde el teléfono que tiene sobre la mesa, hace una llamada.

Vuelve. Fuma y, antes de expulsar el humo, gira la cabeza en dirección contraria para no molestarme.

Me mira. Le aguanto la mirada y esto provoca una sutil sonrisa de agradecimiento.

No hace falta que me lo diga, pero resulta evidente que se ha quitado de encima el peso de un universo—.

Eso es todo. No tengo nada más que contarte. ¡Por fin!

—¿Siente alivio?

—Creo que sí. Alivio… y pena. Por supuesto, mi vida va a estar llena de remordimientos, de culpa y arrepentimiento. Eso nunca podré quitármelo de encima. Pero si te soy sincera… quiero vivir con ello. Debo cargar con la parte de la responsabilidad que me corresponde.

—¿Y hasta dónde llega esa responsabilidad, esa culpa?

—¿Hasta dónde llega la culpa de un padre que le deja las llaves del coche a su hijo, que acaba de sacarse la licencia de conducir y borracho va y se mata?

—No comprendo qué es lo que me quiere decir.

—Las personas somos como somos. Cada una es un universo particular y cada una actuamos a nuestra manera.

Yo moriré cargada de culpa y remordimientos porque creo que lo merezco; sin embargo, otras personas en mi situación, ni se inmutarían.

Buscarían su propia justificación, la que les hiciese sentir bien. ¿Sabe quién fue Thomas Ferebee?

—No.

—La persona que lanzó a Little Boy desde el Enola Gay.

—¿Soy muy joven para saber quién o qué son Enola Gay y Little Boy o estoy quedando como una auténtica cretina?

—No, no eres una cretina. Little Boy fue la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima.

Esto no me cabe duda de que lo sabes. Enola Gay fue el nombre del avión que la transportó y Mr.Ferebee quien la lanzó.

¿Sabes qué dijo Ferebee para justificarse?

Dijo que: «Era un trabajo que había que hacer». Nunca expresó arrepentimiento alguno.

—Creo que usted, señoraWatson, está muy lejos de parecerse a ese hombre, ¿no cree?

Él era militar, usted una ciudadana más.

Los militares están entrenados para obedecer órdenes sin cuestionar absolutamente nada.

Su respuesta me parece lógica: Era algo que había que hacer.

No estoy diciendo que la comparta, pero desde su profesión…

—Murieron cerca de cien mil personas en cuestión de segundos —me recrimina—. Por muy militar que seas…

—Sigo pensando que no se puede comparar con Ferebee.

—Sé que yo no maté a esos miles de personas.

Sé que no soy culpable de la muerte de Fitzpatrick y, ojalá hubiese evitado a mi madre el saber que su hija había fallecido.

Pero Ryan y yo fuimos una pieza más dentro de este engranaje que sirvió para que Turner fuera presidente.

Y eso no me lo podré quitar de encima nunca.

Nuestras intenciones nunca fueron malas.

Nuestro objetivo era que Turner ganase las elecciones y punto.

Que llevase a cabo un mandato como el de cualquier otro presidente, pero no fue así.

Y no me digas que, si no lo hubiésemos hecho nosotros, otros lo habrían hecho porque no es excusa.

Nos llevamos por delante la vida de muchas personas y eso no tiene justificación alguna.

—SeñoraWatson, creo que estamos acabando. Sin embargo, no me gustaría dar por concluida esta entrevista sin antes hacerle una última pregunta: Una que ya le hice ayer, al empezar la entrevista.

—Adelante, por favor —responde con seguridad.

—¿Por qué ahora? ¿Qué pretende conseguir sacando esto a la luz?

«Vamos, Emily, dame una respuesta distinta a la de ayer, sé que lo vas a hacer»

—Dar a conocer la verdad. Quiero que todo esto se sepa, que el mundo entero conozca que el intento de asesinato del 96 fue un teatro, un engaño, una artimaña de dimensiones descomunales para alimentar el ego de un psicópata cuyo único objetivo era hacerse con el control del mundo, sin importar el precio que la sociedad tendría que pagar por ello.

Quiero que todo salga a la luz y si en algún momento yo tengo que pagar la parte que me corresponde, con mucho gusto lo haré.

—¿Se sentaría en el banquillo para ser juzgada?

—No lo dudaría ni un instante.

—Señora Watson. Gracias.

«Mil millones de gracias, Emily Watson, me has dado algo enorme».

—A ti.