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—Es entonces cuando pulsa el botón.
—Tres misiles. El mundo entero conoce la historia. Lanzados desde submarinos atómicos ubicados en el Pacífico Norte, cerca de Hawái. Dos de ellos fueron interceptados en el aire; por fortuna, no alcanzaron su destino. ¿Se imagina lo que eso habría significado?
—Supongo que, entre otras cosas, usted y yo no estaríamos aquí.
—El primero iba directo a San Petersburgo; el segundo, a Shanghái.
Las distancias eran tan grandes que hubo tiempo de interceptarlos.
La comunidad internacional actuó y consiguió detener la locura de Turner.
El tercero…, madre mía. Salió defectuoso, falló la propulsión y cambió bruscamente de rumbo.
¡Explotó a tan solo ochenta kilómetros de San Francisco, mar adentro!
Un par de minutos más, y el misil habría impactado en algún lugar entre San Francisco y San José, borrando de la faz de la tierra a miles de personas y, a fecha de hoy, seguiríamos pagando las secuelas de la radiactividad.
—Fueron momentos convulsos para todo el planeta.
—Como era de esperar, el mundo entero se puso en alerta.
Al mismo tiempo, millones de muestras de solidaridad nos llegaban desde todos los rincones del globo.
Sin embargo, pasaban los días y nadie, absolutamente nadie, reivindicaba los atentados.
Ningún posible enemigo potencial de nuestra nación se hizo responsable de la autoría de los atentados.
Turner, por supuesto, lo tenía todo planeado.
Ahora era incluso más poderoso: era el presidente, ¡pero también era la víctima!
La cabeza visible de toda una nación golpeada.
Disponía de todos los recursos que le otorgaba el poder.
Así que volvió a jugar sucio: comenzó a falsificar pruebas y a aportar datos falsos.
De repente, aparecieron los supuestos autores de al menos cuatro de los atentados.
Pero… se pasó de rosca. Esto no era ni de lejos como nuestro intento de atentado.
Aquí había miles de víctimas mortales y la onda expansiva, las repercusiones, fueron inabarcables para Turner.
Demasiados frentes que cubrir. Las prisas jugaron en su contra.
La rapidez con la que aseguró estar siendo atacados, sumada con la precipitación a la hora de soltar los misiles, terminaron por volverse en su contra.
Todo empezó a oscurecerse para Terry Turner.
Familiares y amigos de los fallecidos exigieron justicia y transparencia.
Se abrieron centenares de investigaciones privadas.
La prensa internacional fue demoledora con él.
La falta de avances en la investigación oficial dejaba mucho que desear y el entorpecimiento impuesto a los medios era tal, que Turner acabó por zancadillearse a sí mismo.
—El castillo de naipes que se desmorona poco a poco, ¿no es así?
—La primera demanda no tardó en llegar. Y tras esta, aparecieron decenas más.
Turner iba a caer. Estaba claro que no conseguiría un segundo mandato.
Se aferró al cargo de presidente y para salir airoso, tiró de su inmunidad presidencial frente a acciones civiles.
Sin embargo, tenía los días contados. Todo apuntaba en su contra.
Mientras fuese presidente, no podría ser juzgado, pero sí investigado.
Y en cuanto dejase de ser presidente, el peso de la ley caería sobre él.
Pasaban las semanas y las versiones oficiales dadas desde el gobierno eran cada vez más endebles.
El nerviosismo dentro del entorno del presidente empezó a ser más que palpable.
Numerosos cargos del gobierno y gente cercana a Turner temían por sus carreras.
Al igual que el presidente, muchos de ellos se veían en prisión.
Las acusaciones directas al presidente dieron paso a las destituciones, que, a su vez, generaron más acusaciones.
Hubo incluso alguna que otra muerte repentina como la de la congresista Clarence Thompson.
Muerte que más tarde sería investigada. Pasados unos meses, se anunció el juicio contra Turner.
La nación contra el presidente Turner , acusado de provocar los atentados del 1999.