La última entrevista de Emily Watson 26
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—SeñoraWatson, ya le hice esta pregunta ayer y se la voy a volver a repetir porque la respuesta que me dio fue escalofriante —«con la primera bomba»—. ¿Cuándo se tuerce todo?

—¿Cuándo se tuerce todo?… —repite Emily—.

Las políticas de Turner… —Se para en seco.

Se lo piensa dos veces—. Bueno, no pretendo convertir esto en un monólogo sobre lo buen o mal político que fue Turner.

No me considero una experta en política y no me corresponde a mí hacer aquí un análisis político sobre cómo fueron aquellos años.

Pero sí te animaré a que hables con colegas tuyos.

Periodistas que ronden los sesenta, que viviesen aquellos años estando en el mejor momento de sus carreras.

Incluso, si puedes, habla con los corresponsales aquí en los Estados Unidos.

Seguro que ya te rondan algunos nombres por la cabeza.

—Si le soy sincera. No.Aquí tengo algunos contactos, pero son compañeros de mi misma generación, no sé si ellos podrán ayudarme. De los de aquella época… tendré que indagar. Necesitaré algo de tiempo.

—En cualquier caso, ellos te aportarán la información que necesites de manera más rigurosa que yo.

Seguro que ya has investigado un poco, y estoy segura de que más adelante lo harás de forma más concienzuda.

Pero, sobre todo, no dudes en hablar con quién lo vivió en primera persona.

Encuentra testimonios, directos y vitales.

Te será de gran ayuda para comprenderlo todo mejor.

—Lo haré, se lo aseguro. Pero no está de más que usted me aporte su punto de vista, a fin de cuentas, es el que a mí más me interesa.

—Terry Turner era un inepto. Un pésimo político que llegó a presidir este país porque tiró de patriotismo a más no poder.

Su ineptitud no tardó en aparecer. A los tres años de legislatura, una vez más, las encuestas lo dejaban fuera de la presidencia y todo indicaba que no repetiría mandato.

Nada de lo que nos prometió se cumplió. Nada.

La vida del norteamericano medio no mejoró en absoluto.

La economía se estancó y el país apuntaba a una recesión inminente.

Sé que es un resumen simplista, pero como te digo, no soy analista política.

Solo tienes que darle un repaso a la prensa especializada de la época.

Su política exterior fue… no sé si decir nula o nefasta o quizás ambas cosas.

Si pretendes ser la primera potencia mundial, no debes olvidar que tienes todo un planeta con el que convivir.

Y él solo sabía exigir. ¿Qué sucedió? Pues que el resto de la humanidad no se iba a quedar cruzada de brazos.

Por ejemplo, la industria del automóvil se vino abajo.

Ryan era mecánico, ¿recuerdas? Hablaba constantemente de ello.

Nadie fuera de nuestras fronteras compraba coches americanos.

En cambio, aquí todos querían tener un coche europeo.

Otras industrias donde éramos fuertes, como la tecnológica, comenzaron a fabricar fuera para ahorrar costes y abaratar el producto.

¿Cómo lo ves? Los abanderados del capitalismo fabricando sus productos fuera de nuestras fronteras.

Era de locos. En resumen: paro y recesión.

—Me lo comentó ayer. Me acuerdo.

—El país se estanca y, ¿qué se le ocurre al señor Turner para salir del agujero?

Pues tirar de la única industria en la que siempre habíamos sido los números uno.

La única que siempre nos ha funcionado: la armamentística.

Pero, ¿qué sucedía? Que el mundo estaba más o menos en armonía.

No había grandes conflictos. Así que, ¿cómo dar salida a la venta de armas?

Haciendo algo que ya hicimos en el pasado y que Julio Verne relata muy bien en su libro Viaje a la luna , ¿te lo has leído?

—No he tenido el placer.

—Creo que Turner sí lo leyó. En Viaje a la luna pasa algo similar.

El país está en recesión y los protagonistas dicen: «O nos inventamos unas cuantas guerras, o el país se va a pique».

Por suerte y para el disfrute de todos los lectores, la novela vira por derroteros más entretenidos y los personajes, en vez de ponerse a pegar tiros, deciden construir un cañón para mandar a unos cuantos humanos a la luna.

Turner no fue tan creativo. La opción de poner un pie en Marte no fue prioritaria, pero sí se quedó con la idea de guerrear.

Turner fue un cizañero. Visitaba un país, hablaba de lo bien que se llevaban y de sus históricas buenas relaciones mantenidas desde tiempos inmemoriales y antes de marcharse les hablaba mal del vecino: «Me dicen mis servicios secretos que se están preparando para tocaros las pelotas en cuanto os despistéis».

Lo que fuera con tal de intentar vender armas o seguridad.

A los presidentes norteamericanos siempre les ha encantado desplegar nuestras tropas por cualquier rincón del mundo.

Al tiempo, hacía lo mismo con el país vecino y les decía que los otros andaban buscando gresca.

Así consiguió reavivar el fuego de unos cuantos conflictos bélicos que andaban dormidos como volcanes en vías de extinción.

—Turner tenía el poder de las armas…

—Exacto. Qué si pongo una base militar aquí, qué si yo voy a acabar esta guerra en cuarenta y ocho horas allá… ¿Cuál era la mejor manera de salir de la recesión?

Con las armas. ¿Y cuál es la mejor manera para que el vecino no te ataque? Teniéndolo entretenido con otro vecino. Que se peguen entre ellos. Pero que me compren las armas a mí.

—Pero no funcionó —añado al relato.

—Funcionar, funcionó. Pero a medias. Éramos el único país que tenía un ejército profesional de verdad.

Vendimos armas como rosquillas y extendimos nuestras tropas por medio mundo.

Pero faltaba algo más. La industria armamentística no era suficiente para levantar la economía.

¿Qué faltaba? Una política exterior real: comercio, exportaciones e importaciones, relaciones bilaterales.

De todo eso, de diplomacia y de buenas artes, Turner carecía.

No es tan difícil de entender, ¿no crees?

No todo es economía. El dinero es el fin, eso está claro, pero antes y para conseguirlo, tienes que compartir con tus vecinos o aliados tus intereses, gustos y aficiones: historia, cultura, deportes.

Y Turner en este campo era un cero a la izquierda.

No consiguió lo que buscaba, y entonces… se le fue la cabeza.

—Ahora viene lo peor.

—Ya conoces la historia.

—Sí. Pero me la va a contar usted, señoraWatson.

—Turner hizo la siguiente reflexión: Quizás no pueda ser la primera potencia mundial, ni siquiera la segunda .

Recuerda, Carmen, que China ya andaba muy a la par nuestra, y Europa, tras formar la Unión Europea, prometía ser punta de lanza en progreso, desarrollo, derechos sociales y libertades. En pocos años nos superaríais.

—¿Y Rusia?

—Rusia… no me olvido de ellos. Siempre dormida, pero siempre ahí.

Lejos del sistema democrático, sí, pero controladora de la mayor parte de las materias primas: gas, petróleo…

y, por supuesto, armada hasta los dientes.

Ellos también se llevaban un gran trozo de la tarta.

Así que Turner pensó: No puedo superaros, pero quizás sí que pueda haceros caer hasta que estéis por debajo de mí .

No era cuestión de que Estados Unidos progresase.

No.Todo pasaba por hacer caer a los otros.

—Entiendo. Yo no puedo ascender más, pero sí que puedo hacer que tú caigas.

—La primera bomba fue donde más duele: en el metro de Nueva York; la arteria principal de la ciudad. La segunda voló el túnel Lincoln. La tercera, el puente de San Francisco. Las siguientes estallaron en Boston, Chicago, Filadelfia y la última…

Quiere que sea yo quien lo diga. Quiere hacerme partícipe de la tragedia. Le daré el gusto.

—En la mismísima Casa Blanca.

—Eso es. Fue la semana más trágica y abominable que jamás haya vivido este país.

Murieron decenas de miles de norteamericanos.

Turner asesinó a miles de compatriotas como parte de un plan para dominar el mundo, para recuperar la hegemonía de tiempos pasados.

La nación estaba en shock , al igual que la comunidad internacional.

Un shock tan brutal, que nadie pudo imaginar que fue el propio presidente quien se atacó a sí mismo.

Y Turner lo sabía. Quizás no fuera tan estúpido.

No dejó pasar ni unas horas para decir en televisión que nos estaban atacando, que el mundo entero estaba en nuestra contra y que había que contraatacar.

—Y es entonces cuando… Dígalo usted, por favor.