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—Pero si te soy sincera, poco o nada me apetece hablarte de Miami —continúa aburrida.
—¿Y eso? No entiendo, juraría que van a ser unos años agradables.
—Perdone, señoraWatson, pero discrepo. Estoy convencida de que será capaz de encontrar unas cuantas vivencias que merezcan ser relatadas.
—Está bien, te contaré solo una. Hicimos una fiesta en nuestra casa. Nos reunimos con cuatro parejas más. Conocidos que fuimos haciendo con el tiempo…
—¿Tiene contactos con esas personas en estos momentos? —la interrumpo.
—No.En absoluto. Esa es una de las razones por las que nos trasladan de un sitio a otro. Para que no cojamos confianza con nadie. No estrechar lazos. Nada de vínculos afectivos. Nos íbamos de las casas sin hacer ruido, de la noche a la mañana, sin avisar a nadie.
—A fecha de hoy, ¿se relaciona con alguien?
—Negativo.
—Debe ser complicado, mantener la cabeza en su sitio cuando uno está solo…
—Creo que esa afirmación no necesita réplica. Ya me has visto en acción. Si me permites, continúo con el relato.
—Sí, claro.
—Tras la cena, la sobremesa se alargó hasta altas horas de la madrugada. Todo fue normal. Fue una gran velada. Al día siguiente, temprano por la mañana, sonó el timbre. Era Holloway.
—¿Holloway?
—Perdona, no te he hablado de él todavía.
Holloway fue desde el primer día que pisamos el hangar, nuestro asistente, nuestro coordinador personal.
Un auténtico bastardo que nos exprimió al máximo para obtener lo mejor de nosotros.
Nos hizo trabajar muy duro para que la operación fuese un éxito y para garantizar nuestro futuro.
También fue nuestro ángel de la guarda. Un tipo con mil recursos, capaz de sacarte de cualquier embrollo.
Se desenvolvía a las mil maravillas en situaciones de presión.
Siempre encontraba una salida. Ese tipo de personas que siempre es mejor tener de tu parte.
No te gustaría tenerlo como enemigo, te lo aseguro.
—¿A qué se debió la visita?
—Nos sacó de la cama, rompió nuestro descanso e impidió que la resaca se evaporase mientras dormíamos.
Nos sentó en el salón, puso un maletín sobre la mesa del que extrajo un reproductor de vídeo portátil y le dio a reproducir.
Éramos nosotros en la cena de la noche anterior.
Nos puso dos vídeos. Los vimos con detenimiento una sola vez.
No hizo falta más. Te puedo asegurar que a la primera comprendimos lo que estaba pasando.
—Chicos —nos dijo Holloway con cara seria—, habéis estado a punto de meter la pata, pero bien. Tenéis que tener mucho cuidado con las conversaciones que tenéis. Da igual con quien estéis. No se os puede ir la lengua.
—Tenía razón. Sin duda, fue el exceso de alcohol lo que hizo que en un par de ocasiones Ryan hablase demasiado sobre el fallido atentado a Turner.
Daba la impresión de que sabíamos demasiado.
En aquel instante, nuestras caras de vergüenza lo dijeron todo.
Se nos fue la resaca de golpe. Pedimos perdón.
Holloway no nos amenazó, pero sí nos advirtió: todo esto se podía acabar de la noche a la mañana si la fastidiábamos.
—¿Os grababan las conversaciones? —pregunto con cierta sorpresa.
De esto todavía no he hablado con Emily, a pesar de que me lo ha comentado, e incluso me lo advirtió paseando por Santa Mónica.
—Eso quisimos saber. Así que le preguntamos.
Nos dijo que por supuesto. Que la casa estaba llena de micrófonos y cámaras.
Que formaba parte del trato. Cosa que no era cierta.
Nunca nos dijeron que, si nosotros en algún momento queríamos hacer el amor encima de la mesa del salón, íbamos a ser grabados.
Letra pequeña. A pesar de todo, y aunque no estábamos de acuerdo, sobre todo por aquello de la intimidad, lo entendimos.
Asumimos nuestro error. A partir de este momento, su presencia se hizo más patente.
Ir a Disney World con un séquito de agentes infiltrados es de lo más gracioso. Ni te lo imaginas.
Consigue que esboce una sonrisa.
—Creo que es un relato digno de formar parte de todo lo que me ha narrado hasta ahora.
—No hay mucho más, te lo aseguro. Holloway lo dejó bien claro.
Solo te diré que, desde aquel día, vivíamos con la sensación de tener dos ojos vigilantes en la nuca, las veinticuatro horas del día.
Al final te acostumbras y te olvidas de las cámaras y los micrófonos.
Y, bien pensado, creo que cumplen con su misión disuasoria: evitan que hables de ciertas cosas.
—Sin embargo, señoraWatson, a usted ahora, juraría que es algo que le da igual.
—Ya ves que sí —responde despreocupada.
—Quiero decir que ni se plantea si su casa está llena de cámaras.
¿Se ha parado a pensar que todo lo que hemos hablado ha podido ser recogido por alguien más que yo?
¿Ha mirado detrás de los cuadros en busca de micros ocultos?
—pregunto con cierto aire de broma. Aunque el asunto es muy serio.
Me cuesta dejar de pensar que todo es muy de película. Lo confieso.
—Sí, claro, pero ya ves que poco o nada me importa —añade, algo cansada—. Hablemos de Turner, por favor.
Y hagámoslo en casa, o este sitio dejará de traerme buenos recuerdos cada vez que vuelva.
Esta vez no es Félix quien nos lleva de vuelta a casa, así que la conversación durante el trayecto pasa de colectiva a individual.
El taxista, un chico joven de rasgos asiáticos, con el pelo negro como el carbón y tez oscura, considera más importante pasar la mayor parte del viaje toqueteando el móvil —que lleva anclado al salpicadero— que charlar con nosotras.
Sinceramente, lo agradezco y creo que Emily también.
El viaje, aunque breve, resulta agradable.
Comentamos lo deliciosos que estaban los tacos y la singular visita a la armería.
Emily me confiesa que no sabe muy bien qué hacer si finalmente le conceden el arma, y yo, entre frase y frase, y a medida que nos vamos acercando a la casa, no paro de pensar que, muy posiblemente, vayamos a ser observadas y grabadas mientras hablamos.
Espero que no sea así. Ya en el vestíbulo y antes de comenzar, me excuso a mi habitación para cambiar baterías y tarjetas de memoria.
Aprovecho el momento y le envío un mail a Ricardo. Nada de WhatsApp, no vaya a ser que lo lea y me conteste o, lo que es peor, que me llame.
Señor Roy:
Buenas tardes, buenas noches en España. Le molesto un minuto para decirle que tenemos algo importante entre manos.
Su instinto no le ha fallado. En dos o tres días máximo estaré de vuelta por el periódico.
Le contaré entonces. Tan solo le adelantaré que Cindy Collins existe, y que el material que me está reportando va a traer cola.
Gracias por haber confiado en mí. Espero que le guste mi trabajo.
P. D.: Me llevé la cámara de vídeo, lo tengo todo en audio y vídeo.
Antes de enviarlo, lo leo, lo vuelvo a leer y a releer. Creo que está bien. Espero que no se note que le estoy haciendo un poco la pelota al añadir lo de «su instinto no le ha fallado».
Lo envío.