La última entrevista de Emily Watson 24
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—SeñoraWatson, ¿nos vamos a Miami?

—No.Falta poco, pero aún nos queda un pequeño episodio por desvelar antes de ir a Miami.

—Está bien. Si no recuerdo mal, Ryan y usted viajan dentro de una ambulancia de camino al anonimato. ¿Puede ser?

—Eso es. Nos llevan al hangar donde ensayamos durante tantos días.

Nos vino justo para ducharnos… Yo me hice un recogido en el pelo, pero Ryan se rapó la cabeza al uno y, por supuesto, se afeitó.

Nos vistieron con trajes elegantes como si fuésemos uno más de ellos; nos dieron identificaciones falsas y, de allí al aeropuerto de Owensboro-Daviess, que estaba a no más de treinta y cinco minutos en coche.

Subimos a un avión y nos llevaron directos a Alaska.

—¿Alaska?

—Alaska. Y más en concreto al archipiélago Alexander, un conjunto formado por cerca de mil cien islas donde la única forma de llegar es en pequeñas embarcaciones o en hidroavión.

Islas donde la población máxima es de unos ocho mil habitantes, pero donde también te encuentras otras con tan solo diez o quince habitantes…

—¿El objetivo era esconderos?

—Sí, y no. Quiero decir, que había un doble objetivo. El primero, como bien dices, el de borrarnos del mapa, y para tal fin, ese era el lugar idóneo. El segundo… el de la transformación —concluye y, de manera deliberada, da paso al silencio. Deja un halo de misterio. Quiere que le pregunte.

—¿La transformación?

—Eso es. ¿Sabes esos programas de televisión en los que una señora o un hombre de aspecto más que humilde, mal vestido, mal peinado, andrajoso, incluso me atrevería a decir feos, desaparecen por una puerta y luego reaparecen y te quedas: ¡guau!

¿Es esa la misma persona? Si hasta daba apuro mirarle y ahora parece el hermano pequeño de Brad Pitt. Pues eso hicieron con nosotros.

Nosotros nos movíamos por las clases sociales bajas. Nuestro fondo de armario no era digno de enseñar y en asuntos de peluquería y eso… pues muy de vez en cuando.

—Ahora está estupenda.

—No te puedes ni imaginar lo que se puede conseguir con dos meses de tratamientos faciales, peeling , manicura y pedicura, peluquería, maquillaje, aceites, lociones, cremas y ungüentos y todo tipo de tratamientos termales.

—Por lo que veo, lo pasaron bien.

—Ya lo creo. Fue toda una experiencia, que agradecimos enormemente. Toda esa zona está repleta de hoteles-balneario. Nosotros estuvimos en uno muy chiquitito que parecía reservado para nosotros solos. No seríamos más de una docena de personas.

—¿Dice que pasaron allí dos meses?

—Quizás un poco más. Desde el día D, las encuestas comenzaron a dar un vuelco espectacular y, para alegría de todos, Turner ganó las elecciones.

Una semana después, nos trasladaron a Miami.

Fueron dos meses maravillosos para Ryan y para mí.

Nuestro cambio físico y estético fue apoteósico.

En pocas palabras: nos enseñaron a cuidarnos.

Si ahora íbamos a vivir en un nivel de vida muy superior, deberíamos estar a la altura.

Comenzamos a vestir ropas caras, nos enseñaron a combinar prendas, a distinguir lo que estaba de moda y lo que no.

¡Nos enseñaron a comer! A llevar una dieta equilibrada.

Dejamos atrás las grasas saturadas, los fritos y los azúcares.

Me enseñaron a maquillarme, a hacerme bonitos recogidos o peinados y nos enseñaron modales.

Aprendimos a comportarnos. No es que fuéramos mal educados, no me malinterpretes.

Lo que quiero decir es que personas como nosotros no sabríamos cómo actuar en determinados escenarios.

Creo que ya me entiendes. Siempre se ha dicho que la educación no tiene por qué ir de la mano del dinero, que uno puede ser educado, aunque no tenga ni un centavo.

Lo que quiero decir es que unas personas como nosotros antes de todo esto no tendrían por qué conocer, por ejemplo, los protocolos ante un evento importante.

—Es decir, que no solo fue la casa y la cuenta con el millón de dólares. El paquete incluía una puesta en escena mágica.

—Se portaron con nosotros de maravilla. He de reconocerlo. Sabían el esfuerzo que habíamos realizado, sobre todo Ryan, y nos quisieron compensar. Ryan desapareció de este planeta. Decidió dejar de ser Ryan y convertirse en Roger.

—Usted también dejó lo suyo. Pasó a ser Cindy Collins.

—Sí, pero el papel de Ryan con respecto al mío fue mucho más determinante y ellos lo sabían.

Así que cualquier cosa que pudiesen hacer por él, lo hacían.

Por ejemplo: llevarle el coche de casa en casa.

La primera noche en Alaska, al ver las noticias, Ryan se acordó de su coche y pidió que se lo guardasen.

Nada más llegar a Miami, ya lo estaba reclamando y, a pesar de los intentos por convencerlo de que no merecía la pena… Él quiso su coche sí o sí.

—¿Nos vamos a Miami?

—Ahora sí.